sábado, 25 de junio de 2016

ECOS

Me encontré contigo sin esperarte. En tus cartas, en tu olor en cualquier esquina, en los últimos abrazos con sabor agridulce. En tu "en línea" y ***sin estado***... qué mal se me dio siempre leer las señales de humo. En mis lágrimas echándote de menos mientras me pregunto los veintinueve porqués y alguno más que guardas. Te encontré sin buscarte en mi cabeza, que vuela a ti deseándote y suplicándote que hagas algo, que nos salves. Te veo al salir de trabajar y en las terrazas de Madrid tomándonos unas cuantas cervezas heladas. Y cuando quiero invocar tu mirada, donde tantas veces descansé, se me escapa el recuerdo más puro que puedo tener de ti.

Yo no tengo tu reloj de arena con el que el tiempo corre más que los demás, pero tengo paciencia para no perder la razón, porque es razón lo que venimos a buscar. Tener las cosas que nunca hemos tenido. Cosas simples, pequeñas, básicas, normales, sinceras, bonitas. Cosas que nos hagan vibrar las veinticuatro horas del día, que brillen no sólo cuando nos tenemos delante; aquellas cosas que nos hagan dormir tranquilas y soñar libres.

Perdona si a veces me aturullo entre ficción y realidad y no sepa distinguir. A veces creo volverme loca saltando de un lugar a otro, de un momento a otro, de un beso a otro buscando pistas que me den luz. Pero me resisto a encontrar más indicios, quiero que seas tú la luz que me oriente y me alumbre con la claridad de tu valentía. Perdóname si a veces soy torpe y no acierto en palabras, que me conoces más por los hechos, y hechos quiero ofrecerte. Quiero nuestro ser entero puesto en este lapso, que hagamos equipo calladas, que respiremos y vomitemos, que trabajemos el alma y apacigüemos la mente. Quiero que nos conozcamos de cero homenajeando a la madrugada de febrero, que nos reconozcamos con las luces y las sombras que ya sabemos, que nos comprendamos, nos cuidemos y nos ocupemos sin preocuparnos más. Y aunque no sabemos qué pasará después, que nadie diga que no lo intentamos hasta el final.

Tienes la suerte de saber que, aún siendo invisible, te pienso y pregunto por ti en mis sueños. Cómo estarás, qué harás, dónde reposan tus pensamientos, si todo está en orden, el de arriba y la de abajo. Si tú también te vas ordenando. Y perdonándote. Es tan difícil, ¿verdad? Pero mira, el tiempo nos concede esta tregua para pelear contra los miedos hasta matarlos, y salir ilesas de cualquier desastre. Hazte el favor de no dejar de luchar, mi niña mimada.

"Hazme sentir que lo bueno está por llegar, que esto también pasará...".




martes, 24 de mayo de 2016

APRENDIZ

Si la vida me diera una sola oportunidad para marcar mis huellas a tu paso, que no te diera tiempo a mirar atrás para buscarme porque yo me encontrara a medio metro de tu risa. Si tuviera la oportunidad de volar contigo al mismo son, de conocer paisajes que nadie nunca antes descubrió, de compartir desayunos y sofá. Si pudiera sortear las olas contrariadas y volver a dibujar un mar en calma. Si la vida me diera segundos multiplicados por infinito y palabras mágicas para romper los silencios. Si al abrir la puerta de casa, estuvieras tú...

Entonces, solo entonces, la distancia sería un dulce paseo que disfrutaríamos en soledad sin más necesidad que la de sentirnos a kilómetros. Porque nos sabemos ahí, tan lejos que te rozo y tan cerca que te toco. Y, sin embargo, las embestidas vienen fuertes y crueles, y sin cesar, ahí donde más nos duele, capaces de arrebatarnos los minutos que tenemos, malgastándolos en miradas perdidas, letras sin fuego, encuentros inacabados y lágrimas de impotencia. Y, cuando a ni a ti ni a mí nos quedan armas ni escudos para seguir luchando, convergemos en la nada, allí donde los versos pierden el sentido y los abrazos se rompen una y otra vez.

Y luego me pregunto si eres capaz de aceptarme con mis defectos, los mismos que latidos. Me pregunto si eres capaz de quererme con mis torpezas y nervios, con mi rigidez y agobios. Y, sobre todo, me pregunto si eres capaz de enseñarme, de darme lecciones de aquello que ignoro, si quisieras ser mi maestra de vida de las asignaturas que aún suspendo. Y no quiero suficientes, como poco sobresalientes. Enséñame sobre lo que yo no sé, no vine programada a esta guerra y si no me corriges (con cariño, por favor) jamás podré progresar. Ofréceme tu mano y deja que te acompañe a la comprensión, a todas aquellas materias que tú superaste con matrículas de honor. Dame la oportunidad de equivocarme, de esforzarme, de caerme y levantarme, y de reforzar contigo mis puntos débiles. Ayúdame a aprender de ti. Que así el vuelo será más liviano y el paisaje más bello. Que así los enfados te durará dos minutos en vez de dos días. Que así no habrá bombas ni restos de metralla. Que así sí podremos.

martes, 3 de mayo de 2016

Y TÚ A LO TUYO Y YO A LO MÍO

Hay días en los que te desarmas hasta las entrañas y lo de siempre quema como nunca. Que las tiritas se despegan a jirones de la piel y no hay remedio efectivo para recuperar la respiración. Quieres abandonar y, sin embargo, la cabeza escupe recuerdos de los bonitos, de los que no se olvidan y escuecen cuando tratas de enterrarlos o, al menos, dormirlos. No hay conversación que te alivie ni abrazo que te reconforte, no hay borrachera que ahogue las penas, no hay mares ni montañas en los que encontrarte, ni besos en los que mecerte. Cuando te desgarran el alma es como si el mundo se hubiera convertido entero en infierno y no hay fe por escapar ni huellas que seguir.

Y es que te miro y tardas un segundo en perderme de vista. Y vuelvo a lo mío y no me buscas, ni me rozas ni me coges de la mano. Vuelvo a lo mío y tú a lo tuyo, como si nunca hubiéramos sido una. Me enfadas tanto que te pongo frente a un espejo y te cuento más rápido que lento lo que pueden estar percibiendo tus sentidos. Te miras y sales corriendo, y entonces entiendo que te has visto fea, con lo preciosa que siempre te vi yo. Pero te vas tanto de mí, que la música sigue sonando y creo que las letras son para otra, que te abrazo por detrás porque me das la espalda. Y es que te miro y estás a años luz de lo que fuimos.

lunes, 15 de febrero de 2016

15 DE FEBRERO

En cada esquina de tu cuerpo encuentro los más bellos tesoros escondidos: las emociones que callan de día y que, de noche, asoman valientes sedientas de calor; el aire que inspiras y que osas a compartir conmigo, en un intento por fundir nuestras respiraciones en una sola, a veces agitada, otras cálida y serena; tu voz entrecortada y firme a la vez clamando paz en tiempos de guerra; tus conversaciones más fáciles; tu paisaje hermoso; tu mirada tranquila buscando la mía; tu piel suave y caliente preparada para entregarse.

No pudimos frenar un enero cargado de silencios y ausencias. Pero estas cosas pasan. Esta jodida parte de la vida que nos ha tocado afrontar juntas, en la que a veces luchamos sin tregua contra el mundo y otras luchamos una contra otra, parece apagarse pero nunca oscurecerse del todo. Siempre buscamos la manera de encontrar una salida entre calles cortadas y laberintos imposibles. Siempre aguarda la luz tenue al final del túnel, que se torna en fuego a medida que avanzamos.

Es posible que nadie pueda empatizar, a no ser que lo haya vivido, con este amor loco que enloquecería a cualquiera. Es la lección más incomprendida de resiliencia que pueda existir, entendida como la capacidad de la persona para asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Aunque pudiera sonar hasta patológico en el campo de las relaciones complicadas, creo que es precisamente en esa dificultad donde pueden llegar a aflorar otras habilidades de adaptación o ajuste que no conocíamos a circunstancias adversas, pero que estaban latentes en nuestro inconsciente. Y los que confunden las relaciones delicadas y complejas con las tóxicas, ya se pueden ir yendo a la mierda.

Tú y yo somos doctoras honoris causa en resiliencia. Y este título nos ha llevado hasta aquí, después de meses y meses y meses y más meses de desastres, ahogándonos en las mismas aguas pero flotando al final sorteando olas criminales y nadando sin cesar hasta llegar a la orilla en calma. La resiliencia, pero también el amor. La fórmula sólo funciona si los dos elementos se hacen uno.

Y no porque esté en un pico de euforia digo esto y lo dibujo bonito. Precisamente estoy en un momento de incertidumbre donde cada día es un reto para aprender a gestionar los tiempos, el respeto por las circunstancias difíciles y mi propia protección. Cada día intento liberarme del dolor que me persigue, del pensamiento negativo, del no puedo más. No quiero enterrarme si te quedas muda o no me das respuestas, no quiero anclarme en la desesperación si me dices que no puedes dar un paso más, no quiero perderme entre la gente cada vez que te alejes de mí. Aunque, confieso, tus buenos días se han convertido en necesidad y, si no los tengo, voy varada hacia la noche.

Lo nuestro es de otro planeta porque ni la mayor de las revoluciones se explica qué hacemos todavía en pie. La lluvia podrá calarnos, el sol incluso quemarnos, el silencio destrozarnos, los dardos lastimarnos, el hermetismo atormentarnos, los miedos devorarnos. Pero cuando brota la emoción y no el brote, cuando asoma una sonrisa no hay pasado sino hoy, no hay pena sino esperanza, no hay llanto sino carcajadas. Apenas hay nada más que tú y yo paseando de la mano por el mundo, quizás una música de fondo, una niña que se apresura a adelantarnos, una playa desierta con un mar infinito, como el sentimiento que no somos capaces de alterar, de cambiar, de darle otro forma, otro color, otro espacio en otro tiempo, porque permanece intacto con el paso de las debacles y los vientos, porque pase el tiempo que pase, pase el desastre y el dolor que pase, siempre nos encontramos en el punto de partida, en el kilómetro cero de la pureza de nuestro amor.

Y sé, sé a ciencia cierta que nos moveremos otra vez del único lugar donde pasamos las horas tranquilas riéndonos y construyendo planes. Sé que saldrás corriendo muerta de miedo y negándote la realidad, huyendo de un futuro juntas, rota y culpable de hacerme daño por tonterías que sólo están en tu cabeza. Sé que no querrás estar conmigo, que llorarás a escondidas, que te mostrarás indiferente, que evitarás mis resistencias y cabezonería. Todo esto pasará, pero sé también que pasará y que volveremos a encontrarnos en ese rincón de la galaxia donde nos esperaremos nerviosas e impacientes para mirarnos sedientas de lo nuestro.

Y aunque a veces no sepa cómo se hace una vida contigo, tampoco sé cómo hablarle al amor sin ti. Sólo sé sentirte y vivirte cuando tengo la ocasión de estar frente a ti, cuando sabes escuchar mis silencios llenos de palabras y refugiarte en mis abrazos que sólo entienden de calidez y protección, las que me muero por darte cuando caminas entre nubes grises y suelos movedizos. Y te espero siempre porque sé que hay atajos sencillos sin precipicios, porque creo en la solución a tus rompecabezas y porque adivino luz en tus contrariedades. Pero salta, pega un salto y sal de ahí, mira un poco más allá y saca tu ser, no dejes pasar un segundo más sin fluir y hacer caso a tu corazón... sólo así hallarás tu ansiada tranquilidad. Quizás sea tiempo de obras en tu cabeza, de juntar dudas y miedos para darles una patada y quitártelos de encima. En cada paso que des, en cada instante, mis brazos estarán listos para recibirte. Sé libre y vuela, como cuando perdemos la noción del tiempo o hacemos el amor, como cuando nos damos cuenta de todo lo que nos hemos echado de menos y descubrimos por millonésima vez que no podemos dejar que nuestras vidas tomen caminos paralelos. Duerme y respira en paz conmigo, pero haz los deberes para respirar y dormir en paz también cuando nos separe un abismo y la inmensidad nos pierda de vista. Sé fuerte, sé valiente, mis manos son tuyas, mi piel espera a tu piel, mis besos se mueren si no alcanzan tu boca. No te vayas, pero si te vas, vuelve pronto, que juntas renaceremos de las cenizas otra vez, las veces que hagan falta, los meses y los siglos que hagan falta. Búscame aun cuando creas que no estaré, búscame hasta el final, porque hasta que no encuentre una sola pega a esta historia, no me moveré.

No es este amor intacto, es esta parte de la vida la que nos daña. Las circunstancias, la suerte vestida de negro, el desgaste de las frenadas. Pero al final, siempre quedamos nosotras, desnudas, enteras, íntegras, auténticas, mágicas, cómplices. Y aunque en las batallas nos rindamos al tiempo, jamás podremos dejar de rendirnos al sentimiento.

Por un billón de 15 más.
Te quiero.


martes, 14 de julio de 2015

COSAS QUE ALGUNA VEZ SOÑÉ...

Fui a tu encuentro sin apenas expectativas. Aquella primera discusión nos apagó las ganas pero no la emoción, y supimos tirar de ella para suavizar los ánimos. Recuerdo perfectamente el primer segundo como si lo hubiera vivido hace un momento. Todo lo primero es especial: la primera mirada, la primera cerveza, el primer roce, el primer olor. Y el primer amanecer acompañado del primer beso, tímido, breve, sencillo, sin adornos. ¿Te acuerdas? Casi nos dieron las siete de la tarde del día siguiente porque ninguna de las dos se atrevía a lanzarse.

Después vinieron más cervezas. Y la confianza. Los besos se hacían caricias y terminaban en abrazos interminables. Tu voz al otro lado del teléfono se me hacía tan cálida que empezaba a echarla de menos cuando no estabas. Conociste todos los colores de mis sábanas. Nos mandábamos callar para que no nos echaran de los hoteles mientras las paredes de las habitaciones por las que pasábamos se rendían a nuestra pasión.

Sin saber por qué, o tal vez sí, nos encontramos embarcadas en una aventura. Un viaje a veces atropellado y herido de tanta ola y vaivén. Un camino en el que yo te empujaba con fuerza para delante y tú te resistías a avanzar. Nos quedábamos en alta mar, a veces con la paz por bandera y otras a la deriva luchando por no ahogarnos. "No me salves"- me decías una y otra vez. Y yo no hacía más que tragar agua por intentar salvarte, hasta que llegábamos a tierra, aún muy vivas, pero arrastrando los restos del naufragio y con ellos, los primeros síntomas de cansancio. Nada que no pudiera solucionarse, porque nuestro amor eran tan fuerte, tan de verdad, que la derrota siempre tenía que coger su camino de vuelta.

Siempre estuvieron ahí las dificultades, pero la lucha era infinitiva. Hasta nos dimos un tiempo de espera para ordenar los muebles; infernal al principio, alentador al final. Recuerdo cómo contaba los días para verte y lo feliz que era sin tenerte porque sabía que te tendría. Me inquietaba el silencio, pero me podía la ilusión de una vida contigo. Y así, fui tachando las horas y los minutos, deseando que llegara ese final de diciembre que nos llevó a nuestra casita con chimenea perdida en mitad de la montaña, donde no paramos de olernos, de tocarnos, de besarnos, de reírnos, de sentirnos, de devolvernos la sonrisa y la vida.

Recuerdo nuestros viajes, al norte, al sur, al centro y al infinito. Cogidas de la mano, paseando por las calles, disfrutando paisajes, haciendo fotos preciosas, durmiendo pegadas. ¿Te acuerdas cuando te asfixiaba de lo cogida que te tenía? No nos gustaba separarnos, éramos adictas al contacto físico. En todo aquel tiempo, no pasamos ni una sola noche sin hacernos el amor. Y alargando por la mañana. Nos quedó pendiente aprender a salir de los hoteles a las 12 sin que nos lo recordara un timbrazo de teléfono.

Ni tú ni yo necesitábamos hablar nada para decirnos todo. Nos volvía locas el lenguaje no verbal, nos volvíamos locas entre nosotras. Nos leíamos con una mirada y nos callábamos ante la fuerza de nuestros besos. Los más sinceros que di nunca. Nuestra entrega cogía forma en cada abrazo. Nos divertía cualquier tontería, por mínima que fuera. Disfrutábamos de los pequeños placeres de la vida a golpe de carcajadas. Nos contábamos batallas, hablábamos de cualquier cosa, nos dábamos consejos. Nos completábamos y encajábamos a la perfección como las piezas de un puzzle bien acabado. Saltábamos vallas sin cesar, a veces agotadas, pero siempre terminábamos encontrándonos en la meta. Si caíamos, nos levantábamos con más fuerza. Si me echabas de tu espacio me agarraba al clavo más ardiente mientras me sentaba a esperar paciente, pues tenía claro que sólo quería respirar de ti y que, más tarde o más temprano, nuestras miradas nos reinventarían, y harían el resto.

No puedo dejar de recordar los abrazos que nos dábamos. Como si la paz realmente existiera. Nos protegíamos de los fantasmas, tú limpiabas mis alas manteniendo intacto el polvo de mariposas y yo cuidaba las tuyas con obsesiva delicadeza para que pudieras volar por aires más sanos hacia otro rumbo. Cuando flaqueábamos siempre nos topábamos con una medio sonrisa nada más vernos que nos hacía olvidarnos de todo lo demás. Nuestro código era implacable. Porque nosotras teníamos nuestro propio mundo, lo nuestro era de otro planeta. El que construimos con tanta paciencia y a trocitos, con tanto mimo que no había fuerza sobrenatural que pudiera destruirlo con el paso del tiempo.

Una de las cosas más fascinantes que recuerdo es lo que aprendíamos juntas. Tú me enseñabas mucho más que yo a ti, que para eso eras la lista (y la guapa). Nos alimentábamos a base de risas y conocimientos, de inquietudes. Teníamos muchas cosas en común. Tus pasatiempos coincidían con los míos, nuestras aficiones preferidas eran frenar enero y hacer música, música que quita el sentido, de la que eriza la piel. ¿Te acuerdas lo que me decías siempre de la piel? 

Hablábamos mucho. Nos gustaba conversar. Nos encantaba confesarnos con dos cervezas de más. Yo, defensora acérrima de la expresión verbal, aprovechaba para tirarte de la lengua y te dejaras caer con cuatro palabras bonitas. "Dime algo"- era una de mis frases favoritas. A veces colaba. Es tan necesario decir, comunicar y expresar lo que sientes a la persona amada...

En ocasiones, sueño que hablas en presente. Que hablas para decirme que me quieres y que te quedas conmigo. Hablas para explicarme las razones por las que deseas que me quede a tu lado y te viva con la intensidad de los recién enamorados. Hablas para contarme que Pablito no sale de tu cabeza y que sólo concibes un futuro conmigo. Alguna vez me he visto ahí, en tu terraza, apurando un cigarro y disfrutando de tus vistas. Con una maletita que entra y sale de tu casa cargada de poca ropa, mucha vida y apenas distancia. Siempre me imaginé corriendo detrás de tu hija, las dos muertas de risa, tú regañándonos y yo maleducándola, burlándonos de ti sin que tú pudieras evitar sonreír después de cagarte en nosotras. O aquellas tres entradas sin usar para el parque de atracciones. Pero a veces se me olvida que esto no es presente. Hoy no, hoy no se me olvida.

Vuelvo atrás y casi te huelo como aquella noche de febrero. ¿Recuerdas? El famoso "hueles bien, tía" fue mi primer ataque a tu piel. Después de aquello, me moría por que me tocaras la cara. Casi puedo llegar a respirarte si pienso en nuestros besos. Casi me calmo si recuerdo tu abrazo. Casi tiemblo si te miro a los ojos desde la oscuridad de los míos. Casi te rozo... pero te me escapaste.

Y si ya no puedo rozarte, yo me pido vida.

viernes, 22 de mayo de 2015

ÉRASE UNA VEZ ESTE MALDITO CUENTO

Entonces llega un momento en el que luchas por inercia porque es lo que has aprendido a hacer últimamente, aunque sepas que ya no tiene sentido. Y sigues al pie del cañón pero con la cabeza baja y la mirada perdida, buscando otros parajes en los que refugiarte. Porque el cañón disparará la última munición con tanta fuerza como desidia. Ya no coges la espada que te hacía invencible sino cualquiera que tengas a mano, el preludio de una derrota anunciada, las ganas rotas, la esperanza incierta. Y esperas tranquilamente a que el monstruo se te abalance y te arranque el corazón, el único que te sostuvo en los momentos más duros, el que te mantuvo en pie mientras caías y te saciaba cuando morías de sed. Ese corazón que te devolvía la cordura en los desvaríos y te curaba las heridas hasta olvidarlas.

Luchas pero tampoco te resistes a perder. Esperas con ansia desplomarte mientras te sigues enamorando. Entiendes que darte cabezazos contra un muro será el revulsivo que te ayude a escapar. Y que las palizas mentales te despertarán de la nube en la que estás. Tienes más ganas de marcharte que de quedarte. Pero exprimes las de quedarte para luego irte bien, segura y sin media duda. Amas hasta el final ya serena, con la conciencia en paz. Aguantas los últimos golpes pero más entera. Deseas que acabe ya, que te empujen al otro lado, allá donde se respira. Donde te podrás cuidar, donde te podrás querer y también hasta te querrán otra vez.

Entonces llega ese momento en que peleas sin fe, que la miras sin ilusión y la besas con dolor. Y presientes, y hasta sientes, que el siguiente abrazo será el último, el siguiente encuentro una despedida, aunque haya más. Que hagas lo que hagas, divino y humano, nada cambiará. Que a medida que sumas días restas dolor en tu vida. Y la vida no es dicotómica, no es todo o nada, 0 o 10, blanco o negro. No es hoy te he visto y mañana no me acuerdo ni hoy te hago el amor y mañana ya nos vamos. Porque los fuegos se apagan muy lentamente, las guerras no se pierden de repente, los olores tardan en olvidarse. Todo es gradual. También lo es dejar de quererte.

Me siento a esperar tan paciente como impaciente.

miércoles, 15 de abril de 2015

SIEMPRE A VECES

Parece que a veces murieras de amor y viera en tus ojos un reflejo de felicidad infinita. Parece que desearas con todas tus fuerzas que el mundo se congelara y que no quisieras que la realidad rozara el instante en el que nos encontramos con la mirada. Las horas vuelan, la gente pasa y la vida no pesa estando juntas. Somos fieles admiradoras de nuestras conversaciones, que nos atrapan y elevan. Somos fans de recorrer las calles cogidas de la mano, de brindarnos en cada cerveza y entregarnos en cada beso nuestro.

Parece que a veces estuvieras enamorada de mí, cuando desatas la garganta y salen palabras que suelen callarse para no comprometerte. También a veces parece que quisieras quedarte a respirar en mis brazos con una tranquilidad pasmosa y sin intención de escapar. Como si por fin hubieras tomando la decisión de quedarte.

Parece que a veces me incluyeras en tu vida con total firmeza. Como si quisieras seguir mis pasos, ni delante ni detrás, a mi lado, y estuvieras dispuesta a embarcarte en una aventura infinita en el tiempo. Como si despertar conmigo te hiciera feliz y al separarnos notaras el vacío de mi ausencia y las ganas locas de volver a sentirnos.

Es tremendamente bonito. 

A veces hemos paseado por los cielos, saltando nubes desde las que hemos divisado océanos enteros y valles en calma. Cuántas veces soñamos despiertas, dormidas y abrazadas, y despertamos en mares de besos y sonrisas que iluminaban nuestra mirada y nos invitaban a hacernos el amor con la pasión y el mimo de una primera vez, con tanto deseo como amor.

Qué bien se está en la estrella más alta del firmamento. Es maravilloso estar a tu lado. A veces.

La parte fea es que sólo ocurre a veces. Y a veces nunca es suficiente para alguien que no entiende de a veces sino de siempres.

Aquí abajo, en cambio, está la realidad. La que nos acecha constantemente y nos aleja. La realidad que va minando las fuerzas para seguir resistiendo a los golpes de la incertidumbre maldita. Aquí sólo fluye el desconsuelo y las heridas tardan cada vez más en cicatrizar. Aquí la vida sí pesa, las ausencias se vuelven insoportables, el aire no corre limpio y las ganas se pierden en cualquier lugar. Aquí no te huelo, no te intuyo, no te puedo respirar y no te puedo abrazar. Las horas también pasan, los días, la vida, y yo siempre me quedo paralizada en el andén, justo antes de subir a mi tren. Pero me vuelvo a quedar en territorio hostil por si volvieras, aunque fuera a veces.

Yo también tengo mis a veces. A veces te suelto sin venir a cuento que te echo de menos, que te quiero. Pero no te das ni cuenta. Precisamente porque no viene a cuento no reparas en que son los te quiero más sentidos, los que nacen cuando intuyo que todo está perdido, los que se pronuncian por si fueran los últimos y ya es absurdo callarlos. Pero tú me sigues hablando del tiempo. Y yo vuelvo a desgarrarme porque no tengo muchas más palabras bonitas guardadas, porque sé que pronto sólo te podré ofrecer silencio sin siquiera nuestra banda sonora sonando de fondo, amada y desterrada.

Soy consciente de todo lo que está pasando y por eso he comenzado mi duelo. Hay gente que se tira una vida para cerrar una historia y por eso no puede abrir ni vivir otra. Yo no voy a esperar a que muramos para echarte en falta o soltar la rabia. Sufro mi duelo, aun estando contigo, para levantarme un día envuelta por fin en tranquilidad sin que tú estés. Me lo he negado una y otra vez, no quise ver, no quise escuchar, no quise saber, me aislé. Me he quedado sin lágrimas de tanto llorarte. He intentado adaptarme a ti, pactar ritmos y necesidades, treguas, tiempos de espera. He perdido las formas de tanta ira y frustración. Me he sentido culpable. He seguido llorando. Pero ahora sé que sólo me queda asumirlo, interiorizarlo. Y aquí estoy parada, en la puerta de la aceptación, de la distancia, lejos del dolor. Sólo tengo que dar un paso y atravesarla sin mirar atrás. Sólo así, de repente un día, sin esperarlo, cuando despierte ya no te echaré de menos, ya no te necesitaré, me habré esfumado de tu vida, y entonces, sólo entonces, puede que te des cuenta de que me has perdido.

Yo sabía que tenía que encontrarte y estar contigo. Sabía que tenía que vivirte al máximo y quererte. Has entrado en mí porque así debía ser. Pero tal vez, como tú a veces me dices, sea tiempo de recogida. Me has vuelto loca de amor, pero también me he vuelto loca de tristeza y frustración. Me sigues demostrando que no quepo en tu vida ni en tus planes. Que no hay sitio para mí en tu casa, en tu rutina, en tu ocio. Cuánto duele sentir que alguien es nuestro centro del universo y que tú para ese alguien no eres más que un espectro que aparece y desaparece porque así se lo mandan. Cuánto duele escuchar que ese alguien te dice por activa y por pasiva que quiere estar contigo y al día siguiente se marcha. Cuántas veces. Tantas que dejas de creerte el cuento. Y aún así sigues cayendo en lo mismo y cayendo en la cuenta de que cada vez eres más mierda por maltratarte así. Y que también eres mierda pinchada en un palo para ese alguien, porque si no, te habría acogido con los brazos abiertos, con heridas e infinidad de temores, pero te habría acogido con decisión y esperanza.

No quiero ser más tu sombra, no quiero andar detrás de ti, no quiero minutos sueltos, no quiero restos ni migajas, no quiero más silencios, más incertidumbre, más impotencia. Quiero un plan contigo, a corto, medio o largo plazo, sin etiquetas, qué más da. Pero no quiero más recesos, más jarros de agua fría, no quiero más hoy sí, mañana no. No quiero irme de viaje contigo y a la vuelta sólo aciertes a contestar con monosílabos. No quiero más a veces. Quiero mi lugar en tu vida, mi hueco, pequeñito aunque sea, juntas lo haríamos haciendo grande. No quiero que vayas a lo tuyo, que me tomes por cualquier cosa menos por tu compañera de equipo. No quiero suplicarte ni un solo más de los te quiero que antes me gritabas y repetías sin cesar. Quiero que compartas tus cosas conmigo, que te abras a mí, que te comuniques conmigo sin miedo porque te apoyo incondicionalmente. No quiero más hermetismo, más ausencias. Quiero amainar el dolor de tus desastres, quiero comprender lo incomprensible y cuidar tus dolores y tus dudas. Creo que aunque nuestras necesidades fueran distintas, nunca te pedí demasiado, siempre bailé a tu son, conformándome con lo que podías darme. Pero, a estas alturas, ya no puedo hacer nada más, todo, absolutamente todo lo que he podido hacer, hecho está. Aunque removiera cielo y tierra, nada cambiaría a menos que quisieras cambiarlo tú.

Por eso me resigno y me voy despidiendo de ti, poco a poco. Volveremos a vernos y a sentirnos, volveremos a exprimirnos. O no. Pero la fuerza del corazón también se agota y entonces no tendré donde sostenerme y ya no habrá más, y los restos de la hoguera se apagarán sin más, y con ellos mis sentimientos.

Y desde aquí abajo, desde la calma podré decirte que no me tomes a mal, corazón, si te abrazo, te beso y me voy.

Tú eres a veces.
Yo soy siempre.
Así nunca seremos.

15 de abril de 2015
(14, 434)

domingo, 5 de abril de 2015

IMPERFECCIONES DEL AMOR

Parece que sólo servimos para enamorarnos de las cosas que nos gustan de la persona que queremos y no estamos hechos para adaptarnos a sus defectos o carencias. Entonces, ¿dónde está el amor? ¿Qué es lo que nos lleva a sentirnos poderosamente atraídos por alguien si no somos capaces de aceptar y convivir con sus imperfecciones? Me da la impresión de que no explotamos suficiente los grandes momentos y, en cambio, intensificamos el azote de los malos. Siempre he creído que la pasión por la vida se construye a base de compensaciones. Que detrás de lo malo hay algo bueno que le sigue, y que sólo hay que ser un poco paciente para alcanzar las mieles del triunfo, las que se consiguen tras superar los obstáculos que pueden interponerse entre dos personas que supuestamente se aman.

A veces, las relaciones no son fáciles aun cuando hay amor. Se dan discrepancias, malos entendidos, discusiones, perspectivas y necesidades diferentes. Hay baches que obligan a darse la media vuelta para respirar un rato. Hay choques frontales que invaden de silencio la inmensidad y la pureza del sentimiento. Inquietud por la incertidumbre y el miedo a perder a la persona amada. Palabras fuera de lugar, mal pronunciadas o sin pronunciar a tiempo. Resquicios de dolor que van encallándose tras un enfrentamiento. También pasa que, en ocasiones, la comunicación no es fluida o no se comparte, se traga. Se traga hasta tener un nudo en la garganta que se desata a través de la ira o el orgullo, porque no se hizo bien en su momento. Aparece el hermetismo, los nervios, la frialdad y los reproches, porque la secuencia no ha seguido su curso natural y la gestión es pésima cuando llega tarde. Y hasta parece tan irrevocable que antes de cambiar de estrategia, prefieres mandarlo todo a la mierda. Como si no hubieras trabajado duro para llegar donde estás, como si nada importara. Prefieres cerrar la puerta porque es el alivio a corto plazo. Y entonces no recuerdas los esfuerzos y cada gota de sudor que derramaste apostando por alguien que tantas veces te hizo feliz.

Pero para qué sirve ser feliz si a continuación te sientes desgraciado. Si siempre habrá algo que enturbie la paz y te arranque de cuajo de un cielo que ha costado la vida elevar y seguir elevando.

Me parece que somos muy poco expertos en relativizar el dolor, y que ni siquiera hacemos el intento de ser aprendices. En concreto, creo que nos hundimos demasiado ante las adversidades que se entrometen en una relación. Que no miramos más allá sino que, muchas veces, nos regodeamos en la amargura que nos genera la persona de la que estamos enamorados. Y de repente se nos olvidan los motivos por los que queremos estar con ella y viajar a los confines del universo. Es como si el mundo se nos cayera encima y la piedra que nos golpea la cabeza nos lapidara hasta dejarnos sin fuerzas para ver la luz y seguir avanzando.

Parece que nos rindiéramos a la primera de cambio en vez de afrontar las dificultades con una inteligencia emocional que nos permitiera mantener el equilibrio aun caminando sobre un finísimo hilo. Parece que nos cerráramos en banda y nos aisláramos de nuestra propia pareja, sintiéndola como extraña y ajena a nosotros.

A veces pasa que pesan las dudas y los miedos más que el propio amor. Y salimos corriendo sin sentido cuando lo que necesitamos realmente es refugiarnos bajo los brazos y la mirada tranquila de quien nos hace sentir la persona más especial de la tierra.

Yo puedo enamorarme de tu inteligencia, de tu conversación o de tu calor. Tú puedes enamorarte de mi sonrisa, de mi sensibilidad o de mi sentido del humor. Pero yo no puedo enamorarme de esa frialdad que desprendes a veces. Y tú no puedes enamorarte de mi forma de expresar el dolor. Y aquí empiezan los problemas. Porque, por más que nos queramos, si no somos capaces de aceptarnos completamente, con lo bueno y lo malo, si sólo nos vamos a enamorar de las cosas que nos llenan y no de las que nos roban la energía, no podremos funcionar. Porque cuando nos enamoramos debemos enamorarnos de la persona entera, de los pies a la cabeza, de sus cualidades y manías, de sus formas, de sus mierdas y de sus grandezas. Y si llegan los choques y las incompatibilidades, habrá que sentarse, ceder, acercar posturas y acercarse, comunicarse, pactar, llegar a acuerdos, fijar metas, tomar decisiones y ejecutarlas, hacer por mejorar, por adaptarnos mutuamente e integrar en nuestra vida a la persona que hemos elegido tal como es, como un todo, en vez de coger exclusivamente las piezas del puzzle que más nos encajan.

Por eso, cuando después de pasar unos días mágicos con la persona con la que quiero estar, se produce un silencio abrupto como consecuencia de una discusión que tiene la fuerza como para echar por tierra todo el camino andado y me hace sentirla como una completa extraña, me surgen todas estas dudas. ¿Lo malo siempre gana a lo bueno? ¿Por qué a veces no somos capaces de reconducir determinadas situaciones minimizando el dolor y maximizando la pura esencia del sentimiento? ¿Dónde se encuentra el amor cuando sentimos que algo se rompe en nuestro corazón?

Hay días que no entiendo nada. Y hoy es uno de ellos.

lunes, 19 de enero de 2015

TE QUISE COMO SI NO ME FUERAS A ROMPER EL CORAZÓN

Lo odio.
Odio tu fantasma.

El que te impide ser y estar, el que no te deja ver, vivir ni sentir.
El que te agarra del cuello y no te deja escapar para que reconstruyas tu camino.
El que te recuerda a cada tanto que sigue ahí, que no se irá, del que no podrás desprenderte.
El que te suplica con tanto egoísmo, reteniéndote, removiéndote, frenándote.
El que te condena a estar encadenada a tu pasado, robándote el presente.
El que daña y te hiere sin cesar. El que te revuelve las tripas y te hace mirar atrás.
El que te mira con desprecio, te chantajea, te llora y te sonríe.
Ese fantasma que nos separa constantemente, que nos asfixia las fuerzas para volver a volver. Que va minando la magia, que va destrozando el amor, que va quebrando las almas y esparciendo los restos por la galaxia entera para que no podamos volver a unirlos. Ni a unirnos.
El fantasma que estrangula sueños y planes, que los ahoga sin piedad, sin un ápice de brisa ni mar que respirar.
El que parte en un millón de pedazos las ilusiones y los proyectos.
El que nunca se marcha ni puedes esquivar. El que aparece de la nada apoderándose de todo.
El que tiñe de gris nuestros mejores días, el que arrasa con los mejores recuerdos, descuartizándolos.
El fantasma que desgarra canciones y desbarata futuras melodías dejándolas a la mitad. El que destripa cada acorde de la música de nuestra vida.
El que te hace desaparecer, correr, huir, escaparte de mis brazos, desertar de esta misión, rendirte a los pies de nadie. Abandonarme.

El fantasma que te separa de mí.
El que te jode la vida.

Lo odio.
Odio tu fantasma.

El que no me deja escuchar nuestra banda sonora sin que haya lágrimas.
El que me hiela el corazón cada vez que me dices que no puedes más.
El que me hace gritar y brotarme, el que me enfada y me sume en un letargo infernal.
El que juega con mi salud y mi felicidad.
El que me consume la energía y me apedrea, e impone distancia infinita.
El que hace que desee despertarme una mañana habiéndote olvidado.
El fantasma que me empuja a la indiferencia y a desviarme de la meta. El que juega a borrarte de mi mente, a echarte de mi vida. El que me arrastra hasta un final. Porque yo tampoco puedo más.
El que me obliga a marcharme a mí también, porque ya no sueño, ya no suspiro, ya no confío, ya no espero, ya no quiero sentir más.
Ese puto fantasma que hace que odie el amor. Que me invade de dudas y me hace renegar de tus sentimientos, que ya son mentira.
El que te hace cómplice de romperme el corazón.

El fantasma que me separa de ti.
El que me jode la vida.

Lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas.
Pero es lo único que odio de ti.
Prefiero que me odies tú a que me quieras sin tenerte.

Voy a dejarlo morir, sin más.

viernes, 24 de octubre de 2014

BORRACHA

Me he bebido todo lo que quedaba nuestro, más unas cervezas que compré anticipando este caos que me arrastra hasta lo más profundo de mi inconsciente. Ahí donde todo se esconde y nada sale: los miedos reales, las angustias, los deseos, las ganas de ti y las ganas de nadie. Trato de acercarme a ti enviándote los mensajes más absurdos, porque sé que si te llamo me colgarás otra vez, y no me apetece mojar más mi almohada empapada. Y a cuentagotas escupes letras cada tantos minutos que ni te llevan ni me llevan a ninguna parte. Trato de acorralarte hasta abrazarte, pero no me lees, qué tontería, estamos hablando diferentes idiomas, o mejor dicho, no quieres hablar nuestro lenguaje. Te haces la tonta, la fuerte, la firme, la racional, la decidida a tirarlo todo por la borda, y pasas de largo que con esa actitud me pierdes, hasta que me pierdas del todo. Yo también te pierdo, pero no será porque no haya puesto mi ser en ti. Si te pierdo será porque me echaste, porque no dejaste que velara tus temores ni cuidara cada una de tus inquietudes. Yo también te pierdo, pero no será porque no hice todo por impedir que te marcharas de mi lado.

Yo no quiero recuerdos, porque los recuerdos son pasado y yo siempre quise presente y futuro contigo. No los quiero porque es pensar hacia atrás y es dolor que hoy no concibo. No quiero una mochila detrás de mí que me recuerde lo feliz que alguna vez fui contigo. Prefiero enterrarte, borrarte, eliminarte. Como si no hubieras existido. Hoy no.

Me rindo a lo que nos toque, a todo, a nada. Hablar con una pared que a veces no conoce de sentimientos y que lanza dardos envenenados. Y que otras veces dispara todo lo contrario. Balas de contradicciones que sufre mi móvil y que no muere de no ser por una funda rígida y paciente que aguanta los golpes más despiadados, los míos y los tuyos.

Yo no sé cuánto duran los segundos en tu mundo. En el mío son horas y cada minuto que pasa pierdo un soplo de esperanza. Te busco y no estás, te escribo y no contestas, me acerco y sales corriendo. Nunca fuimos capaces de seguir una misma dirección. Tal vez no soy suficientemente loquesea para ti. Tal vez haya frenos más considerables en los que nunca reparé y la historia sea mucho más simple. Tal vez, sencillamente, no te lleno. Algo que, hasta esta noche, jamás me había planteado.

Porque debe haber algún motivo. Debe haber algo que yo no alcanzo a ver y que sólo tú sabes y no me quieres decir... porque si no, no lo puedo entender. Y me iré sin haber entendido una sola frase de este penoso guión.

Me despido esta noche borracha, sobre todo, borracha de realidad. Borracha de amor, de tu amor, el que apenas rocé. De qué sirve mi entrega si no me haces el más mínimo hueco. Borracha de sueños rotos, de tu olor, de tu sabor, de tus besos y tus abrazos, los que tanto añoro y echo de menos. Para qué sirven las palabras que no me demuestras, las promesas que se alargan en el tiempo, los viajes de ensueño a todos los rincones de tu piel una vez cada mil años. De qué sirven mis ganas cuando tú no tienes ganas o no puedes tenerlas.

De qué me sirve que me quieras, si nada arriesgas...

domingo, 21 de septiembre de 2014

PRECIPICIO

No recuerdo haber sentido un miedo de esta magnitud. La calma no es más que un reflejo intermitente que se manifiesta cuando ella está a escasos centímetros de mi boca, pero se desvanece en cuanto la pierdo de vista. El camino nunca fue fácil, sufrimos lo indecible hasta llegar aquí. El destino hizo poco o nada por mantenernos y tuvimos que sacar nuestra propia garra para combatir las tempestades. Ha pasado el tiempo, ha crecido el amor pero también las dificultades. Y llega un momento en el que sientes que ya no puedes más, que la batería de fuerzas se agota y que el mundo empieza a tambalearse por todos lados.

Hoy desperté con una sensación de vacío y miedo voraces. Ayer nos sentimos de todas las maneras posibles y nos prometimos seguir luchando. Ella cree en el destino y yo no creo en los trenes que pasan dos veces. Creo que si tomas la decisión de bajar, no puedes subir más adelante, y si subes, lo harás con tantas heridas que nada volverá a ser como antes y no te quedará más remedio que tirarte a la desesperada. Creo que el camino se construye entre dos, con mucha paciencia, con esfuerzo y sacrificio y con generosidad, siempre y cuando tengas en mente un proyecto de futuro. También creo que los momentos más delicados hay que expresarlos y compartirlos en vez de sufrir el dolor cada uno por su lado. Porque eso aleja más. Y si el hermético se aleja, el perseverante se desespera y acaba estrellando la toalla de pura frustración.

¿Qué hacer cuando sobra amor pero ya no quedan fuerzas?

Llevo tiempo dándome cabezazos contra un muro, un muro que se ha ido levantando cada vez más, al que no puedo acceder por ningún lado. No hay huecos ni resquicios de aire. Por más entrega que haya sólo encuentro cerrazón. Ya no puedo empujar más, me siento sola en esta guerra, la vida me parece injusta y hasta desagradable, sólo sé vivir a ratos. Mi cuerpo me pide a gritos un descanso, mis lágrimas hablan de tristeza e impotencia, quiero desaparecer y volver cuando no quede dolor. Ni siquiera ya puedo impulsarme con la fuerza del corazón, la que me mantenía medio viva.

Tengo muchísimo miedo. Miedo a perderme y perderla. Miedo a que no ponga de su parte, a que se siga cerrando, a que no cubra mis necesidades básicas. Tengo miedo a dejar de confiar en mí definitivamente y rendirme. Se me apaga la idea de un final a su lado. Se me borran de la cabeza los planes pendientes y también los recuerdos. Necesito creer en ella. Necesito creer más que nunca en sus buenas intenciones y propósitos. Quiero saber que me dejará estar a su lado, que luchará, que hará lo imposible por no perderme. Me siento horriblemente vulnerable y sólo me queda poner las pocas expectativas que me quedan en sus manos. Necesito que me salve, que me eleve, que me empuje, que me suba, que me haga respirar. Tengo tan poca fuerza que ya no puedo hacerlo por mí misma. La necesito más que nunca porque ya no me basto conmigo. No la demando, sólo le pido que esté, que no se marche, que no se encierre, que me haga un sitio, que me busque, que me haga cambiar de opinión, que me dé una fuerza, una caricia de vez en cuando, un respiro, una palabra de calma, una sonrisa, una llamada, una esperanza... una esperanza.

Necesito más que nunca que me convenza de que, a pesar de todo y venga lo que tenga que venir, quiere con todas sus fuerzas que estemos juntas.

domingo, 7 de septiembre de 2014

SHOCK

Se pasó el día llorando de miedo. En ese instante comprendió que se había enamorado. Rebosaba de puro sentimiento y ya no podía hacer nada para frenar algo que se resistía a sentir con el paso del tiempo y que iba creciendo por minutos. Pero le plantó cara y lo acogió con fuerza, se lo metió tan dentro que sólo soñaba con entregárselo entero, tan rápido como despacio, sin media fisura y lleno de calma.

Vivió su amor con libertad y pasión. Apagó sus miedos, respiró tranquila, rió a la vida, creyó en su suerte y olvidó llorar. A pesar de las dificultades, era feliz.

Hasta que un día cualquiera, cuando ya sabía que querría pasar el resto de la vida a su lado, de repente enmudeció. Recogió sus cosas y quemó cada uno de los recuerdos que compartieron. Perdió la cordura y desapareció.

martes, 15 de julio de 2014

CINCO VECES 15

Nuuk:

Lo raro sería que no te sintieras así. Estás rota por dentro. Tanto arañazo escuece, y eso que tienes las agallas para curarte una y otra vez y empezar de cero como si nada. Te falta orgullo. Y algo de rencor te ayudaría a canalizar las emociones de otra manera, con una mezcla de rabia y amor propio. Pero tienes la suerte o la desgracia de olvidar el dolor en décimas de segundo. Como quien se despeña por los abismos y es capaz de agarrarse a la piedra más pequeña sosteniéndose hasta recobrar el sentido y el equilibrio, y vuelve a subir hasta lo más alto para continuar con lo que dejó a medias. Si pudieras cambiar cada lágrima por un puñetazo en la mesa, si pudieras cargar con la memoria para recordarte a ti misma las veces que has desesperado, si pudieras pensar más con la cabeza... Te hace admirable regenerarte tan rápido y tantas veces. Cualquiera se hubiera vuelto loco en tu lugar. Has ganado batallas invencibles a pesar de estar herida de muerte, y eso es lo que te lleva a seguir ahí, porque sabes que este dolor también pasará y resurgirás de tanta sinrazón.

Dices que la has cagado, que te has equivocado. Siempre has lamentado sentirte dominada por tus emociones en determinadas situaciones. Y que te pierdes y te desbordas y te descontrolas y no puedes ver más allá. Que todo está tranquilo y de repente te rebosa un sentimiento de inseguridad que te supera sin darte ni media tregua. Y es ahí cuando explotas. Es cierto que no está bien que vuelques tus dudas sobre ella, que busques una palabra cálida, un gesto que te devuelva la paz y que, si no lo encuentras, te desates y te desordenes a la enésima potencia. Ella no es la respuesta a tus preguntas en este momento y tú lo sabes. Tenemos que buscar otras maneras y recursos para hacer frente a estas tormentas que a veces te desquician. Tenemos que encontrar otra forma de amainar y suavizar el chaparrón sin que ella lo perciba, o al menos, sin que le afecte. Como has visto, tu cagada trae muy graves consecuencias, aunque no te las merezcas.

Arráncate de una vez la culpa. Permítete hacer las cosas regular. Perdónate. Todos nos equivocamos. ¿Ella no se ha equivocado nunca? ¿Por qué maximizas una carga que no es tuya? Dices que ella se aleja, que se marcha porque tus tropiezos no merecen comprensión y son imperdonables. No asumas más responsabilidad de la cuenta, si ella no perdona, si no digiere y asimila, si no es capaz de ver más allá de su rencor y apaciguarse para volver, ya no es tu problema. Tú sólo puedes llegar hasta donde alcanzas, no tienes el poder para meterte en su cabeza y guiarle. No puedes explicarle si hace oídos sordos. No puedes cambiar su visión de las cosas si está empeñada en cerrarse y no se abre lo más mínimo. Es imposible cambiar el pensamiento cuando las emociones aún están encendidas... Deja que las cenizas terminen de apagarse, tal vez entonces sea más consciente y entienda que no se puede ir así. Es un gran error tomar decisiones con la cabeza caliente y el corazón congelado.

Lo has hecho mal, ¿y qué? Deja ya de castigarte, maldita autoexigencia la tuya, cómo te destruyes. Te consumes más con el daño hacia ti misma que con el ajeno. No me gusta echar mano de comparativas ni situaciones pasadas, pero creo que ahora sí es necesario recordarte algunas cosas para que vuelvan a tu memoria de pez y las tengas bien presentes. Y te recuerdo, para que te arda un poco, el dolor que te genera esta relación una y otra vez. Te recuerdo la montaña rusa en la que a duras penas estás subida y bajada, la ola de incertidumbre perenne en la que te ahogas, los mareos en los que terminas vomitando, las veces que lloras a escondidas en los baños del trabajo, la tristeza que has sentido casi cada noche en la soledad de tu cama. Te recuerdo las taquicardias, los nervios, la ansiedad, los dolores de cabeza, los puñetazos al aire, la ira contenida, tantas ganas e ilusiones reventadas, la locura acumulada. Te recuerdo el daño que te provoca la dureza de sus palabras, la frialdad de su gesto. Te recuerdo que llevas así cinco meses. Y que lo sigues permitiendo. Te recuerdo las veces que la has perdonado, que has aguantado sus brotes y arrebatos, que la has recibido con las brazos abiertos después de acuchillarte el alma, que no has caído en mirar atrás sino hacia delante, que siempre olvidas sin aprender la lección. Te recuerdo que lo has intentado, que lo has peleado, que le has explicado, que te has desvivido, que te has entregado, que a veces has tirado tú sola, que te has esforzado por encontrarla hasta perderte tú misma. Te recuerdo que siempre estuviste ahí, siempre. Que no fallaste, que volcaste tu energía en hacerle feliz.

Sinceramente, es su problema si es incapaz de ver lo bueno que guardas y el sentimiento de verdad que cuidas dentro de ti con tanto cariño. Si se nubla y se aferra a su rencor no es cosa tuya. Si no vuelve a ti es que no te merece. Si no afloja después de las veces que has aflojado tú, que le den por culo. El amor suma, no resta. El amor es cosa de dos, es un baile en el que las dos partes organizan los pasos que van a darse, donde las dos tiran por igual, donde no hay marchas forzadas ni huellas descompasadas. Pero te veo como un pato mareado, bailando al son de una música tan hermosa como inquietante y hasta tenebrosa. Y así, lo único que consigues es quedarte al filo de la proa del barco deseando lanzarte al vacío dispuesta a desaparecer. Es una pena que en el último segundo decidas cambiar el desenlace de tu película quedándote ahí, inmóvil, contemplando el infinito, después de tanto capítulo frustrado.

¿Hasta cuándo Nuuk? ¿Hasta cuándo lo soportarás? ¿Hasta cuándo te dejarás? Ella no deja de marearte con sus historias, pero tú eliges si seguir ahí, y esa decisión sólo depende de ti. Basta ya de sufrir, basta ya. A estas alturas, tienes dos opciones: o te calmas y esperas a que sofoque su cóctel de emociones con toda la tranquilidad que pueda caber en este momento, o la mandas a la mierda. Ya sabes lo que te decimos la gente que te queremos, aunque te tapes los oídos constantemente. Saca toda esa rabia que tienes dentro, pero sácala para ponerte firme, para darte caña, para enfadarte y ponerte furiosa. Haz de la ira una emoción adaptativa, que te haga reaccionar, ponerte orden, exasperarte. Déjate de mariconadas y cabréate, indígnate, sácate de quicio y manda todo a tomar por culo. No pretendas aliviarla ni sosegarla, no es tu papel, déjala libre, que trabaje, que se mire por dentro, que distinga, que crezca, que aprenda, que valore. Como tú dices, ¿cuántas veces has tenido que resucitar para mantenerte en pie? Ahora, déjala marchar... quizás te eche de menos, o quizás no, quizás se muera por besarte o tal vez no, pero será la única manera de saber si realmente te quiere, o no.

Tú has hecho todo cuanto estuvo en tu mano. Ahora descansa, no te arrepientas de nada, acurrúcate en su lado de la cama y embriágate de su olor una vez más. No tengas miedo de volver a los sitios donde fuiste feliz con ella, ni a escuchar vuestras canciones ni a buscar la paz que te daba su mirada. Abrázala, bésala y hazle el amor en tu imaginación. Llora tranquila, llora despacio, sin prisa. Llora su ausencia y tus ganas desvalijadas. Permítete tener el corazón encogido y el nudo en la garganta. Llora y vacíate de tanta incertidumbre y llénate de ti, de la fuerza con la que siempre has sabido salir adelante. Siéntete orgullosa, valiente, generosa. Tú sí sabes lo que has sentido y eso es tuyo, jamás te lo podrán arrebatar. Que no te pese, lo has hecho bien, pero nunca olvides que el amor es cosa de dos y que no se puede rebasar muros que se alzan bien altos si no se baja el listón de la barrera. No te culpes ni la culpes. Sé sana. Deja que se marche el dolor. Te toca respirar, recuperar tu confianza, eliminar las dudas. Escúchate, quiérete y vuelve a tu ser. Tú sabes que de peores temporales has salido y sobre todo, que todo pasa. Aunque ahora te escueza el alma, esto también pasará.

Nuuk, quédate tranquila.

sábado, 5 de julio de 2014

NADA CLARO (OSCURIDAD)

Está claro que no estoy preparada para retirarme en calma. Que no soporto la idea de no volver a mirarte, que voy a olerte por todas partes menos en ti, que me cruzaré contigo en cada esquina y en cada rincón de mi cama cubierto de nostalgia.

Está claro que me comerán los nervios y te suplicaré en silencio que vuelvas, que no te vayas tan lejos donde no pueda abrazarte, que no me dejes una carta de despedida ni cierres la puerta con llave. Gritaré hasta quedarme sin voz, te pensaré hasta que te duelan los oídos, te buscaré sin que me intuyas.

Está claro que tengo que aceptar que necesitamos separarnos aunque se me parta el alma y me falte el aire. Quedarán suspiros rotos envueltos en largas noches de ausencia y dormiré soñándote y desayunando a tu lado. Haremos el amor en cada madrugada, en cada despertar y en cada tarde. Te haré el amor como nunca antes lo había hecho ni te lo habían hecho. Te entregaré lo mejor de mí, te regalaré mi esencia. Recordaré las cosas más bonitas que me has hecho sentir y lo que has conseguido hacer de mí. Porque nuestros encuentros han sido lo más puro que he tenido desde el día en que te vi. Porque contigo fluyo. Porque sentirse libre y ser uno mismo es el mayor regalo que podemos recibir.

Está claro que me aterra no verte más, que no tengo certeza alguna de que cualquier día asomarás la cabeza y me sonreirás, y me guiñarás el ojo como tanto me gusta. Que me vacía y me frustra el pensamiento de creer que volverás exclusivamente cuando los sapos bailen flamenco. Cómo creer, cómo confiar, cómo aceptar, cómo descansar. Cómo arañar una esperanza, un respiro, una probabilidad entre un millón. Cómo seguir adelante sin que me mate la impaciencia, sin derrochar energía en bucles inciertos, cómo esperar sin desesperar y cómo vivir sin desgaste y con las mismas ganas que cuando nos tenemos enfrente y nos hablamos sin mediar palabra.

Está claro que me gustas, que me encantas, que te deseo, que te quiero y algo o mucho más.

Está claro que necesito recuperar la seguridad en mí, y así creer en cada letra que escribes y en cada frase que pronuncias. Leer tu mirada y tatuármela para recordarla cada vez que me invadan los nervios y la angustia. Porque en tus ojos siempre encontré paz. Lástima que mi memoria de pez y mis pensamientos intrusivos y recurrentes vuelquen mi tranquilidad y la conviertan en desconfianza y temor. Necesito creerte más que nunca y mantener en mi cabeza la verdad que me transmites cuando estoy entre tus brazos.

Está claro que necesito enfadarme contigo, mandarte a la mierda en mi imaginación, sacar toda la rabia contenida, tapar la tristeza. Cabrearme con la situación, pensar en mí, pensar en mí y pensar en mí. Pero tampoco quiero forzar algo que no siento, no me sale utilizar estrategias baratas para que reacciones o para que te sientas mal. Ya no opongo resistencia, te escribo lo que siento, con toda la honestidad que me has enseñado a tener. Y lo que de verdad siento es mucha pena, como si me ahogara en un río de tristeza a contracorriente. Y yo sólo pienso en ese trocito de playa, en un mar en calma, en la luna y en nosotras abrazadas desnudas esquivando suaves olas y enamorándonos sin medida cada segundo de una vida juntas.

Está claro que entiendo tus miedos y fantasmas, pero no los acepto. Que me choco contra un muro cada vez que intentas explicármelo. Que me dura dos cafés la empatía y la comprensión, y enseguida me revelo otra vez contra lo que no puedo concebir: si tanto me quieres, ¿por qué no estás conmigo? Necesito comprender y respetar tus necesidades sin dramas, darte la oportunidad de ordenarte a solas porque en esta dinámica de idas y venidas es imposible encontrar el equilibrio. Necesito comprender para respetar, respetar para aceptar y aceptar para descansar. Pero hay un miedo insuperable a perderte que me impide ver las cosas desde la razón, y siempre tropiezo con la misma piedra, esa rigidez de esquemas con los que me castigo tanto y me alejan de entender que cada persona tiene sus propias necesidades y momentos. Mi talón de aquiles no es sino esa falta de plasticidad que no me deja aceptar y adaptarme a tus guiones y tus ritmos. Me asfixia la impaciencia.

Está claro que te voy a echar muchísimo de menos. Que me voy a morir por verte y respirarte. Que me quedo a la deriva aunque sin querer olvidarte. Que lloro de pena queriendo pensar que tal vez, más adelante, lloraremos de risa como siempre hemos hecho. Que quiero llevarme todos tus besos para sentirte algo más cerca y guardarte los míos por si volvieras. Echaré de menos esa forma de exprimir la vida tan similar que tenemos. Que compartas historias conmigo, que me cuentes tus cosas, que me mandes fotos. Que nunca había añorado tanto unos tercios. Ni una resaca, ni hacer kilómetros, ni ir sin dormir a trabajar. Echaré de menos tus manos en mi piel, tus caricias, despertar abrazada a tu olor. Te echaré de menos dentro de mí.

Está claro que tus besos son una de las mejores sensaciones que he tenido nunca. Que, aunque te empeñes en no creerme, no hay otros como los tuyos, como los nuestros. Porque, como siempre te he dicho, es una creación única y exclusiva y nadie puede llegar a alcanzar lo que sentimos nosotras al besarnos. Es una fusión marciana, de otro universo. Y eso jamás me lo van a poder quitar.

Está claro que hubiera apostado por ti. Que estaría a tu lado venciendo monstruos y enterrando terrores, temores, pavores, desconfianzas, aprensiones, recelos, sustos, dudas y todo tipo de escepticismo. Que te cuidaría tanto que te quedarías en mis brazos sin sobresaltos. Me hubiera gustado haber tenido la oportunidad de caminar de tu mano e ir soltando peso y aliviando tu carga. Te daría tanto, te mimaría tanto que creerías firmemente en esta relación, en este amor. Y ojalá algún día te des cuenta de que no tenemos tiempo que perder sino una vida juntas por ganar.

Está claro que nos faltaron un montón de viajes, compartir locuras nuevas, desayunos, caricias en la mesa y algún que otro concierto. Me faltó que me miraras y pedirme que volviera. Pero hay momentos en que tal vez no es el tiempo de arriesgar porque hay heridas que cerrar en tu interior. Tú, que alborotas mi espacio, que me vuelves loca. Yo, que sigo ahí, sin saber por qué. Si pudiera mirarte a los ojos y encontrarte sin más... Maravilla del mundo, lo siento si me atrevo a describir tu olor así... Sé que no te puedo retener, porque el momento de encontrarnos llegó en plena tormenta y aunque tus velas me buscaban tu dirección estaba quieta. Y ahora, mi corazón se queda aquí, tiritando de frío, aunque sigo insistiendo en que me vuelvas a buscar, porque tan pocos minutos no puede durar el amor. Pídeme más... Aunque será lo que tenga que ser si aún nos late la piel y soltamos las riendas, me empeño en arañar tu presencia otro poquito más, porque aún no te has ido y ya te echo de menos... Ven, corre y bésame...

martes, 13 de mayo de 2014

ESTUPIDECES

Cuando estás en lo más alto, cuando decides saltar el precipicio sin saber lo que te espera abajo, cuando te atreves a guardar los escudos y traspasar los límites que te habías marcado, te invade una sensación de plena libertad superior a cualquier freno que te impida parar lo que ya has empezado.

Pero también acecha el miedo. Porque cuando has roto las barreras se desbordan todas las emociones acumuladas. Y cuando la miras a los ojos ya no sientes lo de ayer, sientes más que ayer. Y te mueres de nervios y de ganas de decirle que se quede a tu lado. Y el corazón te bombea a velocidades inalcanzables y los besos que le das no tienen nada que ver a los que le diste, porque en cada uno de ellos dejas el alma y tu esencia, y un sentimiento que ya no deja de crecer. Y te asustas pero te da igual, te da igual porque estás con ella en ese momento, sin importarte qué pasará un rato después. Sólo vale ese instante y te desvives en él, el resto te sobra, no existe.

Y de repente, ella se aleja y sientes cómo te vas rompiendo por dentro. Sabías que podía pasar, estaba en tus planes, contabas con que ella también podía asustarse y dar un paso atrás, pero siempre se te olvida aprenderte el manual de instrucciones para saber qué hacer ante este tipo de imprevistos, aunque los hayas vivido cien millones de veces. Entonces optas por quedarte quieta, no tienes muy claro si esperándola o tomando impulso para desviarte por otro camino.

Sin hacer ruido, recoges tus palabras y tus recuerdos y sales corriendo donde nadie pueda encontrarte. A ratos te sientes ridícula, otras triste y otras medianamente tranquila porque diste cuanto pudiste y eso nunca puede pesar sino aliviar. Respiras y sueltas lo que hay dentro. Sientes frío y entonces recuerdas que te quedaste completamente desnuda y, apresuradamente, comienzas a vestirte con tus barreras, con tus miedos, con tu intranquilidad, con tus frenos y con tus escudos.

Respiras de nuevo pero ahora te cuesta y duele más. Y vuelves a empezar de cero.

lunes, 5 de mayo de 2014

QUÉDATE TRANQUILA

Te escribo desde la cama donde las horas vuelan. Aún puedo respirar tu olor entre las sábanas, encontrarte en tu mirada y escucharte reír mientras hacemos el amor. Me falta tiempo para recorrerte y me sobran ganas para volver a estar dentro de ti y aprenderme, beso a beso, cada rincón de tu piel. Jamás había estado tan nerviosa al verte, qué haces aquí, no te esperaba. Tu abrazo gana a mi inquietud y vuelvo a desarmarme, como cada vez que estoy contigo. Me miras y otra vez me regalas la calma que necesito cuando estás lejos. Me tocas y desaparecen los miedos. Me besas y ya me pierdo, y no sé qué hacer con tanta emoción. Me desbordo entre tanta nube y me tiro al precipicio porque sé que me esperas abajo dibujando una sonrisa, y me recibes con la ternura de siempre, sin filtros, sólo tú en esencia.

Necesito recordar y revivir estos momentos cuando te marches a años luz. Quiero hacer un hueco especial en mi memoria de tus horas conmigo. De tus carcajadas, de tu cuerpo sobre el mío hasta para quedarte dormida, de tu entrega, de tu sabor, de tus caricias, de tu respiración a todos los niveles y hasta de tus saltos y tus informaciones irrelevantes. Quiero llevarte muy dentro sin angustia y llena de paz, la que me das, la que me quitas, la que me vuelves a dar y hace que me quede a tu lado sin ninguna duda.

Necesito recordar porque recordando se me olvida todo. Porque sólo hay presente y es con lo que me quedo y lo que quiero vivir con la mayor de las intensidades. Ni me importa el pasado ni me adelanto al futuro. Tenerte delante me hace fuerte ante las desavenencias y la incertidumbre. Me falta ganar las batallas cuando te vas y dejas pocas pistas para encontrarte, pero tus inyecciones de verdad me ayudan a seguir firme. Necesito recordar casi cada palabra y muchos de tus gestos para caer rendida de sueño envuelta en un sosiego infinito y despertarme con la misma quietud aunque no respires cerca de mí.

Necesito recordar para sentirme libre y no tropezar insegura tras tus huellas ni atarme a expectativas que no llegan. Libre para hacerte sentir libre y que me busques sin súplicas ni suaves indirectas. Porque recordar me ayuda a volcar en ti una explosión de energía positiva y a mantener la complicidad que nos une una y otra vez, a pesar de nuestros choques frontales. Pero me cuesta agarrarme a cada toque de magia compartido, y a veces me nublo, y me entra la impaciencia, y te reclamo a voces. No me importa que pasen los días sin saber de ti, lo que realmente me importa y me asfixia es no tener la mínima certeza de saber si volveré a verte. Podría sentarme a esperarte tranquilamente mil días si tuviera la plena convicción de que el día mil y uno ibas a estar aquí para abrazarme.

Y no quiero otorgarme ningún derecho a pedirte nada. Porque sobran las demandas y el juego consiste en fluir, nada más. Pero sí me gustaría que de vez en cuando me miraras por dentro y atendieras lo que casi no me atrevo a repetirte: que no te alejes, que respires todo lo que tengas que respirar, pero que continúes ahí, en los alrededores de lo nuestro, que te des una vuelta y me mires así, como tú sabes hacerlo para calmar mis ansias, que me des un abrazo, que me hagas el amor hasta que nos cueste respirar y me dijeras que todo está bien, que me quede tranquila. Que te abrieras otro poco, que derribaras otro muro, que te entregaras otros minutos, que te acercaras y me inundaras de besos, esos de los que creo he empezado a enamorarme, porque son nuestros, porque nadie en este mundo sabe ni puede besar como nosotras lo hacemos.

Y porque cuando estás tan cerca me lleno de ti, y entonces te disfruto, y te vivo, y te sueño, y te quiero, y suelto todos los frenos para seguir queriéndote... hasta donde lleguen las emociones y los sentimientos... hasta el final.


martes, 22 de abril de 2014

VETE A LA MIERDA UN RATO

Todo está en su sitio y de repente, sin motivo y sin avisar, se descoloca y decolora nuestro mundo. Todo pasa en un segundo y nunca encuentro el porqué ni la causa de tanto naufragio. Estoy hundida. Tengo un nudo en la garganta permanente, ganas de llorar cada vez que pienso en ti, en lo que nos estamos convirtiendo, en lo difícil, lo casi imposible que es llevar esto hacia delante. Tengo un montón de emociones negativas, primero me sale la ira cuando siento que me atacas con la crudeza de tus palabras, después me repliego y nace el llanto de impotencia. Luego, luego qué mas da lo que haga, si me vas a colgar igual.

Y llega el momento en el que contundentemente dices querer terminar con esto, porque nos hacemos polvo, porque no nos aportamos, porque nos genera estrés, ansiedad, dolor, rabia, frustración. Porque te sientes una hija de puta conmigo y también víctima de mis actitudes y reacciones. Tú tienes tu versión que no tiene nada que ver con la mía. Tú dices blanco y yo negro. Pensamos lo mismo pero con los papeles invertidos. Según tú, debo ser yo la que se equivoca. Según yo, eres tú quien no lo hace bien del todo. Todo el rato así. Contradicciones por todas partes. Dolor en cada poro de mi piel. Hartazgo. Ansiedad. Ganas de mandarlo todo a la mierda.

No servimos para comunicarnos de otra forma que no sea mirándonos a los ojos. El teléfono y el whatsapp nos odian a muerte. Todo son discusiones, malas interpretaciones, tonos sin tono capaces de cambiar el humor, palabras sin voz que rompen la armonía. Pasamos de hacernos el amor al oído a los reproches en décimas de segundo. Y yo no entiendo nada. Se me escapa todo. No sé qué hago, qué digo, no sé qué te ofende tanto, qué te hiere, qué te saca de quicio para que me devuelvas la revancha con veneno en tu lenguaje y tus maneras. Entonces me matas y entramos en guerra, de la que siempre, casi con toda seguridad, salgo derrotada. Ahora que había aprendido a templarme y a presumir de autocontrol, ahora que estaba en paz conmigo misma, ahora que me sentía libre. Ahora llegas y me arrebatas mi calma y pierdo la cordura y el sentido. Y entonces es muy posible que los nervios me jueguen una mala pasada, porque entro en tus juegos, entro en tu bucle y tu en el mío, y así nos liamos, nos herimos y nos odiamos, hasta que pasamos a la fase de reconciliación y vuelta a empezar el ciclo.

¿Quién lleva la razón en tanta batalla sin tregua? No pretendo otorgarme el mérito de aguantar lo inaguantable, pero bien es cierto que aquí sólo puedo contar mi versión, que es mi verdad y de la que no puedo bajarme, no por cabezota, sino porque todavía estoy medio coherente y medio cuerda para ser consciente de todo lo que está pasando. Tal vez un día de estos pierda la lucidez y hasta crea que yo tenga la culpa de tanta mierda. Por eso me repito a mí misma una y otra vez que debo tener la conciencia bien tranquila, porque no he hecho sino cuidar con todo mi corazón a esta niña que ya se me va de las manos. He cometido errores, pero también sé que he dado lo mejor de mí, que me he entregado, que he intentado darle lo mejor y que siempre ha sido mi prioridad, incluso por encima de mí. Pero no atino a saber qué nos pasa, por qué se rompe la magia cuando estamos lejos, por qué nos partimos el alma y destrozamos día tras día una relación que podía llegar a ser preciosa si no fuera por la cantidad de gilipolleces y absurdeces que nos regalamos.

Mi teoría es que tenemos ritmos totalmente diferentes y no nos encontramos en el mismo momento. Ella sale de un infierno del que intuyo está un poco a años luz de levantar cabeza y yo voy con la fuerza y la pasión de una adolescente. Ella tiene poco que ofrecerme y un corazón partido que yo no puedo recomponer ni medio curar. Creo que es algo tan simple como eso. Lo único que yo siento es que cada día estoy más desanimada, más rota y más loca. Y me duele horrores no poder hacer absolutamente nada. Lo peor es que sé, a ciencia cierta, que debería poner distancia de por medio, dejarla respirar y respirar yo para evitar ahogarme más, centrarme en mis cosas y cerrar su puerta durante un tiempo. Pero de momento, he sido incapaz de dar ese paso, me mantengo en la insensatez de mantenerme ahí, firme, mojándome y empapándome en cada temporal y cada viento huracanado que me roban toda la razón.

Llevo cuatro días desconsolada, llorando, con cambios bruscos de humor, con mal carácter y pésimas reacciones hacia quienes menos se lo merecen. Tengo una taquicardia constante, prácticamente las 24 horas del día, apenas duermo y controlo menos. Ni ocho mil sesiones de terapia podrían darle una vuelta a esta impotencia. Estoy frustrada porque no sé, juro que no sé lo que está pasando, que no entiendo nada. Que cada cosa que hago o digo siento que es juzgada y mal interpretada. Que cada vez que me acerco a ella me doy la vuelta hecha polvo. Que cuando me relajo y vuelvo a intentarlo, termino peor de lo que estaba. Y soy una cobarde por no retirarme.

Estos días me he sentido muy mal, controlada, vapuleada, poco querida, condenada, censurada. Lo siento Rubia, lo siento mucho, no sé si te hablo desde el dolor o el sentido común, pero es tal cual me siento. Te he invitado a sentarnos juntas y unificar criterios, que en vez de gestionarlo cada una por su lado, lo hagamos las dos juntas. Pero estás en tus trece y ya no crees en nada. Y no quieres verme porque ya no hay nada de lo que hablar. Aún así, recojo mis restos y vuelvo a plantarme delante de ti con la esperanza de que puedas vencer a tu orgullo y ver un poquito más allá de tanta mierda y recapacites y quieras sentarte conmigo, por una vez, a analizar lo que nos está pasando, desde el principio hasta el final. De momento ganan tus huevos y no tu corazón, así que, como si no tuviera suficiente, me brindas una dosis de incertidumbre que me termina de desmontar y me hace claudicar hasta una nueva entrega de pasión y vía crucis, ahora que cerramos la semana santa.

ME QUIERO MARCHAR, pero no sé qué fuerza de la naturaleza me hace mantenerme en un barco del que no quiero saltar y que no encuentra más futuro que el de naufragar como sigamos por el mismo rumbo equivocado. Me quiero marchar pero aquí sigo, sintiéndome una gilipollas, callada porque no puedo gritar, tragando porque cualquier palabra que sale de mi boca es un ataque, una embestida, un combate de dardos envenenados que se disparan a matar. Nada más lejos de la realidad. La misma película vivida de manera completamente opuesta. La duda sobre el origen de los males. El caos emocional de la rubia. Su orgullo. Mi impaciencia. Mi mala gestión de emociones negativas. El no entender nada. Mis ganas de mandarlo todo a la mierda. La tristeza. La impotencia. No quiero más mierda en mi vida, no quiero sufrir más, ya no.

Pero, ¿qué hay de cuando estamos juntas? Somos dos personas diferentes, jamás hemos discutido, jamás nos hemos tirado un trasto a la cabeza. Sólo tenemos tiempo para querernos y devorarnos, para darnos cosas buenas, para protegernos y cuidarnos. Sólo queda tiempo para nosotras, para crecer y caminar juntas, para entregarnos. Entonces, ¿es la distancia la que nos llena de confusión? ¿Por qué cuando nos vemos todo es simplemente perfecto? ¿Por qué cuando nos separamos apenas nos aguantamos? ¿Merece la pena esta montaña rusa? ¿Cómo se gestiona algo así para salir adelante? ¿Por qué vamos de 0 a 10 y de 10 a 0?

¿Alguien sabría explicarme qué cojones está pasando?

lunes, 14 de abril de 2014

TRANQUILAMENTE NERVIOSA

Estoy tranquila y nerviosa. Tranquila porque me has llenado los bolsillos de un montón de miradas y palabras antes de irte para así mantenerme en calma. Nerviosa porque sólo pensar en ti me pone nerviosa, por las ganas que tengo ya de verte y porque al verte me muero. Porque después de no sé cuántos encuentros me sigo muriendo de nervios y de vergüenza, y miro a todas partes menos a tus ojos, que aguardan cálidos e impacientes a que en un arrebato de valentía me anime por fin a cruzarme contigo.

Nerviosa porque te miro y me gustas. Y porque te miro otra vez y me gustas más. Y así todo el rato. Y porque no me quito tu olor de mi cuello, que me traslada a ti casi temblando. Y porque adoro estas agujetas y este golpe en la rodilla que me recuerdan mi osadía para posar mis cinco sentidos dentro de ti. O tu sabor en mis manos, que no es sino el rastro que dejas cuando te pierdo de vista para volver a buscarte.

Tranquila porque sonrío y así sé que estás tranquila. Nerviosa porque imagino una ducha y una cama contigo para devorarnos sin horarios y perdernos sin más límite que la extenuación más absoluta.

Tranquilamente nerviosa te espero, con las ventanas abiertas para que corra un aire fresco que te cale el alma hasta embriagarte de paz. Con ganas, con paciencia, con pasión y toda la dulzura que soy capaz de darte. Para cogerte de la mano. Para soñarte. Para aliviar tus heridas. Para quererte.

sábado, 5 de abril de 2014

MENSAJE DE WHATSAPP


“No lo entiendo, es q no lo entiendo. Te comprendo, pero no puedo asimilar de un día para otro q todo esté bien y luego mal, q esté contenta y luego triste, q me levante rota y con unos nervios en el corazón q me ahogan.. No asimilo q después de todos estos días q tanto nos han unido, en los q hemos compartido tantas cosas, tantas emociones, se queden a cero. Sé q no pretendes hacerme daño, pero siento un dolor inmenso q no sé controlar ni calmar. No puedo gestionar tanto cambio de circunstancias ni de estados de ánimo, me cuesta horrores tener q alejarme así, con esta incertidumbre q me desorienta tanto, q me quema x dentro y q me impide ver nada claro. No sé pasar los días como si nada hubiera pasado, retomar mi vida con absoluta normalidad como si tuviera el poder para hacerlo, como si fuera tan fácil despojarme de recuerdos y sentimientos. No tengo un manual de instrucciones q me diga cuál es el siguiente paso, qué hacer, en qué pensar, cómo afrontarlo. No sé dónde enterrar nuestros planes ni olvidar tus miradas. No sé cómo hacer oídos sordos cuando me hablas en pasado y dejas entrever un silencio permanente. Nunca he soportado tus silencios, y ahora, ahora q te has metido bien dentro, se me hace inaguantable no saber de ti. No entiendo por q arriesgué sabiendo q podía pasar esto, pero no sé ser de otra manera, no me castigo por ello y no me planteo si podría haberlo evitado, pero ahora no encuentro herramientas para dejarlo pasar como si tal cosa. Me niego a pensar q fue bonito mientras duró y a quedarme con todo lo bueno, porq mi cabeza no puede asumir q te vas. Me pierdo entre tanto cambio y tanta inestabilidad, me doy cabezazos porq ya no sé qué creer, porq quiero creerte y ya dudo de todo y quiero todo y no quiero nada. El dolor me hace desconfiar y no ser objetiva. Quiero despertar y no recordar nada. Necesito estar tranquila y no sé cómo hacerlo. Necesito retener tus mensajes pero se diluyen por el camino. Necesito creer en ti pero me puede la rabia. Necesito encontrarme. Dormir tranquila. No echarte de menos. No pensar q volverás a buscarme. Pensar en mí, ser egoísta. Apartarte de mí si tú me apartas. No esperarte. Desaparecer. Llorar, descargar. Canalizar. Asimilar. Correr. Entender. Huir. Desplazar la mirada y el pensamiento. Subir la cabeza. No enfadarme conmigo. No olvidarme de quién soy.

No esperaba ser un revulsivo ni una profunda ilusión q te sacara de tu abismo. Ni salvarte. Ni siquiera he hecho un sólo esfuerzo por tratar de gustarte. No he intentado seducirte, ni sorprenderte ni deslumbrarte, lo cual me hace saber q he sido transparente y fiel a lo q soy al cien x cien. No me he disfrazado de algo q no soy ni he buscado tu admiración. Me alegra saber al menos q he sido pura esencia contigo. Es lo único q podría darme una mínima tranquilidad. Pero tal vez no ha sido suficiente el aire q has respirado conmigo, seguramente no te haya llegado tan dentro ni tocado el alma siendo como soy, y eso escuece mucho.

Si bien esto podría parecer otra entrada del blog, no son más q pensamientos en voz alta sin hilar y probablemente sin sentido. Además, en el blog siempre guardo una frase para terminar que sentencia todo lo anterior. Aquí, otra vez, me quedo sin palabras. No sé qué decirte, si sí, si no, si blanco o negro. No sé acabar porq entiendo q no quisiera acabar.. mejor así. Aunque nunca está de más decir lo siento, siento si mi dolor y mi rabia se expresaron por encima de mi corazón y te hice daño. Y gracias, gracias por mostrarme parte de la magia y la pureza de tu alma y compartirlas conmigo”.

Enviado desde mi iPhone

miércoles, 26 de marzo de 2014

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL LENGUAJE NO VERBAL

Deberían bastarme tus miradas y, sin embargo, me faltan las palabras. Las que no sirven ni ofrecen garantía de algo porque se las lleva el viento, las que caen al vacío y se pierden entre silencios que no demuestran nada. Necesito leer tus ojos, traducir tus besos y descifrar cada uno de tus abrazos para saber mucho más de lo que unas simples letras pueden expresar. Esa guerra continua entre la perfección de tu lenguaje no verbal y la carencia de tu lenguaje verbal.

Tú callas y me haces callar, porque si digo algo y tú no dices nada, mi voz quiere desaparecer o volver atrás para no volver a pronunciar alguna imprudencia de las nuestras, algo que ni por asomo hable de sentimientos. Porque ni tú ni yo queremos saber nada del amor, aunque se nos vaya la vida en ello. Y me callo mucho más de lo que te enseño para que no te asustes, lo justo para que leas que te cuido sin invadirte, te miro sin agobiarte y te espero sin desesperarme.

Dicen que el lenguaje no verbal expresa más del 80% de la información que transmitimos al receptor. Y yo me empeño en buscarte detrás de las pocas palabras que te animas a revelarme. Parece que olvidara todas las cosas que me cuentas cuando te quedas mirándome en silencio más minutos que segundos. Y eso que es inexplicable describir, también con palabras, lo que creo que sientes y me haces sentir. Vuelo y me pierdo en ti y contigo, suspiro porque percibo tu esencia que no engaña y me apuro al besarte por si se acabara el tiempo entre tus brazos.

Sigues robando mi tranquilidad cuando te dejo arropada cada noche y por la mañana te vas sin avisar. Te resistes a desayunar conmigo y tal vez apareces, rezagada, a tomarte un café rápido y sin liarte demasiado, por si acaso no puedes detener el impulso de quedarte. Queremos quedarnos y, sin embargo, salimos corriendo en direcciones opuestas cada vez que nos acercamos, cuando saltan las alarmas y nos recordamos que algo se está moviendo por dentro. Yo acelero más y tú pisas más el freno. Entonces es cuando te escapas y ahí te dejo libre, respirando, suspendida en un aire confuso que se va tornando más claro y seguro, y es entonces cuando decides volver. Hasta que llegue otra mañana en que te marches sin avisar.

Y entonces qué hago yo sin tus palabras, cómo grabar a fuego cada una de tus miradas para recordarlas cuando tenga miedo y me haga pequeña. Cómo sentir tu boca en la distancia y tus manos en mi cara si tú no estás. Cómo olerte, saborearte, recorrerte y no parar de desearte si mi café se queda frío esperándote. Cómo sentir que estás aquí conmigo, sin estarlo.