domingo, 19 de julio de 2009

LA OTRA

Todo empezó en una cena de trabajo. Se sentó a mi lado y no paró de tocarme la pierna, por debajo de la mesa, delante de mis jefes. La tensión sexual me obligó a darme al alcohol para suavizar los nervios. Una mezcla explosiva de licores varios que en dos asaltos me dejó fuera de combate. Tras echarlo todo en el baño, me sacó a rastras de un garito de famosillos casposos y pijos varios. Ya en la calle, me sentó en un banco, me echó una botella de agua por la cabeza y cargó con mi cuerpo, casi inerte, durante más de media hora, hasta llegar a su coche. Algo más consciente, nos sentamos en cualquier bordillo a comentar la jugada. Creo que hacía años que no me emborrachaba de aquella manera. Se estuvo riendo a mi costa durante un buen rato, recordándome tonterías que se suponía había dicho y hecho, confesándome lo payasa que soy cuando bebo (mucho más lo habitual). Después me abrazó y, tras quedarnos un rato abrazadas en silencio, me besó.

“Esto es un problema”- fueron mis palabras tras caer en la cuenta de lo que estaba haciendo. Y el paso de los días no ha hecho sino confirmar mis predicciones fusterianas.

La primera semana fue rápida y precipitada, la segunda rara y confusa, la tercera romántica y la cuarta desastrosa. Desastrosa porque hasta entonces había pasado por alto un pequeño detalle: soy la otra. La tercera, o sea, la última. Extraña tendencia la mía de ocupar siempre la tercera posición hasta para estos amoríos absurdos. Todo iba normal hasta que fui consciente de mi lugar en el ranking, hasta que sentí el click en mi cabeza y más adentro.

El pack incluía una compañera de trabajo con novio, inocencia pura, inexperiencia con mujeres, bondad, baja autoestima y muchas ganas de cambiar el rumbo de su vida. Y aparecí yo rompiendo esquemas, llenando sus carencias y dándole lo que el otro nunca le ofrecía. Su ánimo mejoró y su corazón se dividió. Yo tenía ganas de dar y ella se moría por recibir. Hasta que fue llegando el dilema, la mala conciencia, y la doble vida. Algo insostenible a largo plazo. Sobre todo para ella. Al fin y al cabo, yo pasaba por allí y no tenía otra cosa mejor que hacer. Creo que podría cerrar la puerta sin más, con total honestidad y sin dar explicaciones. La tercera en discordia siempre tiene derecho a elegir si quedarse o retirarse sin que le echen nada en cara. Sería fácil escudarme en excusas creíbles, marcharme por donde he venido sin más.

El problema es que no sé lo que quiero. Aunque con cierta molestia (o un poquito de dolor), acepto estar metida en este triángulo maldito, que, de alguna manera, es lo que hace que mantenga mi total libertad y siga renegando de cualquier compromiso moral con nadie. Posiblemente, en el caso que ella decidiera liarse la manta a la cabeza y abandonar su presente, mi reacción sería de absoluto rechazo. Por lo que, intuyo, no estoy, ni mucho menos, ante la sombra de lo que podría ser mi pareja ideal.

Así que ahora me pide tiempo, que es precisamente lo que yo necesito y no me atrevo a explicarle. Y, sin embargo, en medio de toda esta confusión, de querer pero no querer en realidad, a veces me siento triste y no acierto a saber qué es exactamente lo que hace que me acerque y me aleje constantemente, por qué subo y bajo, por qué un día me apetece y al siguiente salgo corriendo.

La única conclusión que saco, por rara que parezca, es que, por una vez, me alegro de ser la otra.

2 comentarios:

simplemente yo dijo...

No es raro, es muy simple, tú no quieres nada más con ella y de esta manera no te sientes culpable por no comprometerte al 100 por 100. Hagas lo q hagas, disfruta.. Besos http://curandoelcorazon.blogia.com/

Cars dijo...

El tiempo acaba colocando todo en su sitio... y a veces retirarse a tiempo, si una cree que es lo mejor, nos ahorra dolor y muchas comeduras de coco... Y si no quieres retirarte, disfrútalo! Muak