lunes, 5 de abril de 2010

COSAS QUE RECORDÉ MIENTRAS CONDUCÍA...

Tiendo a recordar mientras conduzco. Conduzco, pienso, recuerdo, contemplo el paisaje y escucho música. Son las únicas cosas que sé hacer a la vez. Para lo demás, o hago una cosa o hago otra, pero nunca dos al mismo tiempo, qué vena pena, por dios santo.

Y como tenía para rato, te colaste entre mis recuerdos.

Hace años, sí. Nos colgamos a lo tonto a una edad de poco libro y mucho alcohol y pajaritos, en esa etapa incierta e ingenua en la que yo me deshacía por regar todas las flores de mi jardín y tú bailabas entre lobos marcando el territorio. Aún hoy me pregunto por qué a veces dos personas viajan tan descompasadas en el tiempo, por qué los biorritmos emocionales no coinciden, por qué dos rectas paralelas no se cortan antes de llegar al infinito. Algo así como hoy te quiero yo y mañana me quieres tú, pero nunca nos pondremos de acuerdo en querernos el mismo día.

Aún así nos fue medianamente bien, la inmadurez en estos casos ayuda a no dar importancia a las cosas realmente importantes y el balanceo entre el viento y la marea se convierte en el estado natural de los inconscientes que se mueven entre olas sin arriesgar mar adentro ni permanecer en la orilla.

Crecimos prácticamente juntas, nos conocimos a la perfección, compartimos secretos de universitarias locas por comerse el mundo y la vida, y con ello, aprendimos a ser más amigas que amantes, dejando el romanticismo para aquéllos que de verdad lo practicaban sin medida. Nuestra vida paralela ya no necesitaba ese punto de unión, esa conexión que forzamos a lo largo de años sin fruto alguno. Hasta que apareció ella.

Al principio no tragaba a tu nueva novia, claro que era un encanto de niña, pero tenía la sensación de que me había arrebatado una pequeña parte de mi alma. Consideraba nuestra amistad por encima de todas las cosas, por lo que no me quedó más remedio que darme unas lecciones de autocontrol y aprendí a liberarte, liberándome yo al mismo tiempo de tus guiños esporádicos que tan hondo me calaban. Con el tiempo, esa niña de ojos claros no sólo empezó a caerme bien, sino que sin darse ni darme cuenta me sedujo hasta conquistarme.

Eráis la típica pareja que se comía con la mirada y que hablaba sin palabras. Tú compartías conmigo tu felicidad y yo compartía con mi almohada la tristeza de tantos sentimientos encontrados. A través de ti supe más de ella, el corazón se me agarrotaba y se me partía en varios pedazos, algunos me hablaban de ti y de mi mala conciencia, otros caían al vacío con cada suspiro que ella me provocaba cuando os imaginaba juntas, o cuando la fantasía me volaba rumbo a su cama. Creo que siempre supe hacer bien ese papel de ex amante y amiga, que no te diste cuenta del dolor que me causaba tu felicidad y de la felicidad que me causaba pasar unos segundos a su lado sin que tú estuvieras.

Concentré mis fuerzas en historias de ida y vuelta, de esas que duran un rato y a las que te agarras como un clavo ardiendo cuando tienes razones para olvidar, o aceptar y asumir, o pasar página. Pero me lo pusiste muy difícil porque siempre estuviste muy presente en mi día a día y, por ende, ella nunca dejaba de estar y era más que absurdo agotar todos los recursos para sacarla de mi vida.

Puede que fuera sugestión o paranoia, pero creo que acerté a ver algo especial entre nosotras que yo trataba de apartar y desear al mismo tiempo, que desechaba y ansiaba, que rechazaba y atraía hacia mí desesperadamente. Una tensión en el aire, rara, difusa, desconcertante.

¿Te contó algo de mí alguna vez?

Pasó el tiempo y cambié de ciudad y de suerte. Y esas líneas paralelas que nunca se cortaban se espaciaban cada vez más en el tiempo y en el espacio, afortunadamente para mí.

Una tarde, después de varias lluvias, tormentas y soles, tu niña de ojos claros me llamó por teléfono. Hacía noche en Madrid de camino a no sé qué país y nos pareció buena idea quedar para cenar y ponernos al día. Me habló de ti, de vuestra vida en común… no la recordaba tan guapa, tan especial, para qué engañarte. Me movió y me removió, me volvió a volver loca y en mi cabeza tú, tú, tú. Quise salir corriendo, tanto como quedarme y ahí nos tenías que ver, con unas cervezas de más sin parar de reírnos y de hacer el tonto, de acercarnos y separarnos, de mirarnos y rehuirnos.

La eterna, asquerosa y maldita contradicción.

Bajamos Gran Vía en busca de un par de taxis, no recuerdo haber ido más despacio en mi vida, a pesar del frío. Se me iba, otra vez, y ni podía ni quería hacer absolutamente nada para retenerla.

Pero fue ella la que, sin despedirse, se montó en el taxi y me dijo, bajito, agarrándome del brazo: ¿nos vamos?


4 comentarios:

Lorena Chavarría dijo...

si lo viviste, así fue perfecto para hacerte quien eres hoy...
Muy bueno nada más que decir

Anónimo dijo...

Buuuuuffff....ni siquiera un nombre podría haberme gustado más que esta historia, esta forma de contarla y esta banda sonora acompañándola.

Feliz día guapa! ;)

Lucía dijo...

Nunca pienso tanto como cuando voy en el coche, pero no sé, a mi me da cierta calma lo de ir viendo el paisaje, lo suelo ver todo de una manera más relajada, aunque cuando me baje del coche todo lo vea como una gran tragedia.

simplemente yo dijo...

Que putada encontrarte en esa situación. Y que hiciste al final? Te fuiste con ella? Besos