lunes, 31 de mayo de 2010

CÓMO DUELE

Tal y como estaba previsto, ha sido un fin de semana... difícil y largo, muy largo. Ni siquiera he podido cumplir con mis deberes como estudiante y es que no sé quién coño se ha empeñado en ponerme la pierna encima para que no levante cabeza (y no precisamente de los apuntes) y dejarme tirada en la cama sin poder moverme. Ah sí, la regla, debe ser. Entre unos dolores y otros me ha cundido cero patatero, pero en un nuevo intento de creer en los imposibles, que es lo que tiene ser una capulla optimista integral, aún me ronda la esperanza de acabar el curso con algo de suerte.

Y como no hay mal que por bien no venga, he hecho un descubrimiento de lo más interesante. Me ha dado por limpiar a fondo el portátil, dícese de borrar absurdeces y mierdas varias que me quitaban aire y espacio y he encontrado una carpeta por ahí perdida, de nombre "COSAS DE LA VIDA", que no sabía ni que existía (memorión, sí). Pues resulta que abro la carpeta pródiga y se me presentan no sé cuántos documentos ordenados por estricto orden cronológico y letras, millones de letras impresas, se supone que tecleadas por mí.

Me he trasladado a cuarenta mil épocas y ciclos y etapas y meses y años y segundos, he llorado, he reído y sonreído, he disfrutado y sufrido. El tiempo ordena, cura, entierra, apaga y enseña pero nunca te hace dejar de sentir, por más mínima que sea la emoción. El libro que hablara de montañas rusas sería una perfecta biografía de mi vida.

Ahora que de inspiración ando bien muerta podría ir dejando caer algunos trozos que hablaran más de mí y de mi alma y así despojarme un poquito del hermetismo que acostumbra a acompañarme... por miedo a seguir sufriendo.


Andaba entretenida escuchando música mientras curioseaba por internet. Dentro de mi perenne estado de intranquilidad estaba medianamente tranquila. Hasta que sentí una punzada en el alma que me trasladó a traición hasta ti. Se me vino a la cabeza una película interminable, una secuencia de imágenes en las que, por puro instinto de protección, apenas había reparado antes. Pero alguien quiso vengarse de mí aquella noche y me ofreció en bandeja una inyección letal que me clavó hasta dentro, sin piedad. Te imaginé con ella, en cualquier cama, en cualquier lugar. Te imaginé abrazándola, besándola y acariciándola, haciéndole el amor con toda tu alma. Apretaba los ojos, rota de desolación, gritaba en silencio, rabiaba agonizante, moría de angustia. Una auténtica tortura, ni en la peor de mis pesadillas podría haber tenido una sensación igual.

Me pregunté qué sentirías estando con ella. Me pregunté si ella colmaba tu sed insaciable, si se movía a tu son, si te daba lo que tú necesitabas y cuánto la deseabas, si sería generosa, si te hacía gritar de placer, si sus manos te hacían temblar, si su pasión caminaba junto a la tuya, si te deshacías en su cuerpo y sudabas, y jadeabas, y disfrutabas. Me pregunté si en algún momento tu imaginación se cruzó conmigo, si pensaste en mí y me deseaste y deseaste que estuviera allí contigo, excitada, entregándote el ser como siempre hice.

Traté de calmar mi ansiedad y arrancarte de mi pensamiento, pero no me acordaba de lo dentro y fuera que estabas de mí, de lo cerca y lo lejos, de lo imposible y lo posible, de lo soñado y lo real.

A día de hoy, sigue sin haber un ápice de cordura en esta locura de querer tenerte conmigo. Me resisto a perderte a sabiendas de que te perderé. Me muero porque eres tú quien me da la vida. Enloquezco de amargura presintiéndote en otra cama que no sea la mía. Me devora el miedo a no poder hacerte otra vez el amor, a mirarte a los ojos sin traspasarlos ni leerlos y descubrir que ya no sientes nada.

Después de varios cigarros y algunos nudos en el estómago, comprendí que ya dormías plácidamente, abrazada a su cuerpo hasta encontrarte con el amanecer atada a ella, y yo atada a ti, agotada de pensarte, desearte y amarte como jamás lo había hecho antes. Como si de una señal se tratara, adiviné tu último suspiro y fue entonces cuando escapé de los nervios y conseguí encontrar la calma entre tanto desasosiego.

Dormías, y mi dolor por fin dormía contigo.
 

viernes, 28 de mayo de 2010

JET LAG

Aquí estamos. Cuánto tiempo. El que me falta para tener más y el que me sobra para olvidar menos. No puedo doblar los minutos por más relojes que compre ni tirar a la basura los que se me hacen eternos. Creo que en algún momento me quedé sin palabras y sustituí la voz por el alma. Tal vez me haya convertido en alguien que sólo sabe contar cosas en silencio y cerrar los ojos mientras observa el mundo a su alrededor. Va a ser que este retiro espiritual me ha dejado más pallá que pacá, pero qué bueno ha sido desconectar y sobrevolar otros paisajes sin móviles ni cables varios, sin más necesidad que la de estar conmigo, redescubriéndome, sin anhelos ni mayor pretensión que reconocerme y sincerarme y saber a ciencia cierta, a pesar de las incertidumbres, que la vida puede ser maravillosa y que no hay que saltar demasiado para tocar el cielo sin más ayuda que la que nos revela el corazón.

El aterrizaje forzoso es lo más duro. No hay ganas de encender el ordenador ni de contestar las llamadas y los mensajes. Al otro lado no hay ruidos ni miedos sino una paz indescriptible. El despertador no molesta sino alegra, los días no pesan sino alivian, las noches en soledad no enfrían sino abrigan. Pero si antes el tiempo volaba y se descontrolaba ahora puedo adivinar cada minuto y las escenas se suceden con una previsibilidad que asusta. Apenas llevo una semana en Madrid y no he hecho otra cosa que estudiar, trabajar y dormir. Sota, caballo y rey, el trío más incompatible de la historia. El jet lag me mantiene totalmente desubicada, me aferro a la inercia como un clavo ardiendo pero ir por la vida en plan autómata nunca fue mi fuerte y sufro, sufro porque los jarros de agua congelada no hacen sino acercarme más al dolor. Dónde se comprará la frialdad...

Mañana acabo esta maldita y eterna semana jugando otra partida de ajedrez con mi psicóloga, estamos como para pagar cafelitos insípidos a sesenta euros y olé, al menos espero tener más ojo que otras veces, visualizar sus movimientos y adelantarme antes del toque de queda; es lo que tiene ser lentita, que cuando quieres reaccionar siempre es tarde. Y como ahora odio los fines de semana más que nunca (es lo que tiene encerrarse más de doce horas al día en una biblioteca) deseando estoy que sea lunes para... para... no sé.. para que me suene el otro despertador, el que molesta, o sea, para nada.

Nada, aquí, a verlas venir.