miércoles, 22 de diciembre de 2010

Y TÚ, ¿CABES POR LA PUERTA ó ERES MÁS DE POSTRE?

Ha caído en mis manos un artículo, así por casualidad, sobre la infidelidad. Es raro porque, ahora que me doy cuenta, nunca o casi nunca he escrito nada sobre este tema, máxime cuando es algo que me persigue y está muy presente en mi día a día. Y no precisamente por mi papel de infiel, sino por ser, sin ninguna duda, la Cornuda y la Tercera en Discordia de España y parte del extranjero.

Paso a exponer las causas que señala el dichoso artículo de por qué somos infieles:

- La infancia: la manera en cómo se vivió en la infancia determina las formas de conducta de la familia y la persona en la edad adulta. Por lo tanto, una persona que de niño fue desatendido, extremadamente sobreprotegido, inseguro, proveniente de una familia disfuncional o donde no hay promoción de valores y principios, es más probable que cuando se haga mayor sea infiel a su pareja.

- Vacío: la soledad, el aislamiento, desesperanza o una depresión sin explicación provocan inestabilidad en las parejas. Cuando aparece ese sentimiento de vacío en una de las partes, la persona tiende a seguir buscando a su "pareja ideal" y, aunque no sabe lo que realmente quiere, es infiel.

- Nos sentimos devaluados: una vez que ha pasado la etapa de enamoramiento en la pareja, ésta se enfrenta a la realidad, olvidando a aquella persona que tanto se idealizaba. Ahora sus conductas ya no son placenteras en la convivencia, por lo que se defraudan las expectativas. Por otro lado, hay un abandono mutuo en la pareja, centrándose cada uno en sus objetivos personales y no en los de ambos, así que si aparece otra persona que los haga sentir más valorados, se elige inconscientemente como nuevo compañero.

- La monotonía: Cuando se produce un distanciamiento y nos empezamos a sentir encadenados a pasar el resto de nuestros días en una relación que ha perdido su encanto, cuando se ha perdido la ilusión por innovar y nuestra pareja presta más atención a su rutina diaria que a alimentar la pasión, la opción de tener una aventura que nos saque del aburrimiento y nos aporte encanto, misterio, novedad y riesgo de los que carece nuestra relación, se hace cada vez más atractiva.

- Una vida sexual deficiente: El sexo es un elemento esencial en la pareja y si éste es defectuoso, quien se siente insatisfecho tiende a buscar fuera de la relación la satisfacción sexual que no encuentra en su pareja. Si a pesar de sentir un gran amor por la pareja, en la cama no encontramos nada excitante, nos "vengamos" teniendo relaciones sexuales con otra persona.

- Dependencia emocional de los padres: Si nuestra pareja no es emocionalmente independiente de sus padres y no establece límites respecto a ellos, esta conducta infantil nos hace sentir sin su apoyo, y nuestra necesidad insatisfecha de ser escuchados y atendidos nos impulsa a buscar una nueva relación.

- Buscamos nuevas sensaciones: Si se acaba la seducción del enamoramiento y se vive en el hastío de una relación, hay quienes necesitan seguir satisfaciendo su necesidad de seguir enamorados. La curiosidad de experimentar el sexo con otras personas y de vivir la aventura es un fuerte motor para buscar un affair. Una vez que la pasión y el enamoramiento inicial dan paso a la rutina, se despierta en muchas personas la necesidad de seguir experimentando la adrenalina del principio y, por ello, la buscan en terceras personas.

- Idealizamos a la pareja: Para continuar idealizando a nuestra pareja, muchas veces elegimos como amante a una persona totalmente opuesta. Hay quienes llevan a cabo todas sus fantasías sexuales con el amante y no con la pareja para sentir que la siguen manteniendo en el concepto de "decente".

- La pareja lo permite: Se dan casos en que la pareja está de acuerdo en que tengamos otras relaciones, porque es consciente de que necesitamos satisfacer las deficiencias que existen en nuestra propia relación.

- Sentimos amenazada nuestra libertad: Cuando la pareja es asfixiante o nos da pavor perder nuestra independencia y quedar atrapados en una relación, intentamos sentirnos libres cometiendo actos de infidelidad.

- Alarde de poder: Por haber obtenido poder, dinero y una posición social, hay quienes sienten que se han ganado el derecho a tener un mayor potencial sexual con el sexo opuesto.

- Crisis de autoestima: Tras una infidelidad siempre hay un componente de inseguridad, de necesidad de reafirmar tu poder de seducción a través de otra persona. Necesitas volver a sentirte importante y piensas que un hombre sabrá hacerte sentir especial de nuevo. Puede que tu pareja te haya descuidado o que seas tú la que arrastre un problema de inseguridad.

- Reafirmación de nuestra independencia: A medida que la relación va avanzando y se van asumiendo nuevos compromisos, hay gente que siente vértigo debido a cierta inmadurez o por falta de enamoramiento. Por temor a implicarse demasiado emocionalmente, la infidelidad es una salida rápida: muerto el perro, muerta la rabia.

- Ratificación de nuestro poder de seducción: Mientras que estás en pareja se reducen considerablemente las posibilidades de ser adulado en público o de entrar en el divertido juego de la seducción. Sólo tu pareja tiene derecho a “regalarte los oídos” y hay gente que necesita ser reconfortada constantemente debido a sus inseguridades.

TIPOS DE AVENTURA

- La aventura del barco que hace aguas: Cuando un miembro de la pareja siente cierta insatisfacción con la relación. La aventura es una manera inconsciente de llevar la atención al problema y sacar los problemas a la luz.

- La aventura de escape: Se produce cuando se utiliza un aventura amorosa para salir de una relación. En vez de afrontar el hecho de que una relación no está funcionando, la aventura fuerza la ruptura.

- La emoción de la aventura: La naturaleza ilícita de una infidelidad supone una subida de adrenalina. Si añadimos a esto la excitación del sexo con alguien nuevo y los escarceos románticos de una relación nueva, puede parecer irresistible.

- Dos mejor que uno/a: Puede darse durante años; o bien, puede tratarse de una cadena de aventuras sucesivas. Algunas personas encuentran difícil comprometerse a una sola persona; se sienten agobiadas por la monogamia y el miedo a poner todas sus emociones en la misma cesta. Tener una tercera persona en escena puede proporcionarles una salida para las emociones difíciles.

Como experta en la materia, puedo decir que algunas causas me suenan muuucho, otras no tanto… Y después de darle dos vueltas y media al articulito es cuestión llego a las siguientes conclusiones:

- Que si tantas veces me han puesto los cuernos, como pareja debo ser lo peor
- Que si tantas veces me eligen como tercera en discordia (o postre, que queda mejor), debo ser estupenda como amante
- Que si no acostumbro a ser infiel es porque soy gilipollas
- Que las payasas que me usan como amante: 1) o tienen la autoestima por los suelos y me utilizan para que se la suba y les solucione sus crisis existenciales; 2) o tienen claros problemas sexuales y aquí estoy yo para resolvérselos; 3) o están hasta los cojones de vetetúasaberqué y terminan volviéndome loca y hasta los cojones de ellas; 4) o las tres anteriores juntas (esta opción es la más probable)
- Que este mundo está tan lleno de infieles como de cobardes
- Que soy cornuda, un triste postre y una imbécil
- Que el 95% de las mujeres son unas cerdas (con perdón a los cerdos) y tienen un problema (detrás de otro)
- Que tengo que hablar con mi psicóloga de este tema porque lo mismo tengo un trauma y no me he enterado
- Que si mañana me toca El Gordo me van a salir mil parejas y dos mil amantes
- Que a partir de ahora quiero ser infiel

Y me surgen no pocas preguntas: ¿Por qué somos infieles? ¿Por qué dejamos que nos sean infieles? ¿Tendríamos los huevos de decírselo a nuestra pareja? ¿Por qué perdonamos o no una infidelidad? ¿Es la infidelidad un claro síntoma de crisis de pareja? ¡¿POR QUÉ LA GENTE SE EMPEÑA EN JODER/NOS LA VIDA A LOS DEMÁS?!

La verdad, me traen al pairo las respuestas porque mañana ¡¡¡SERÉ MILLONARIA!!!

viernes, 17 de diciembre de 2010

INFELIZ NAVIMIERDA

"Vengo del contenedor más al quinto pino de Madrid que he encontrado. Vengo de tirar tu regalo de Navimierda allá donde nadie pueda descubrirlo ni donde yo pueda volver a buscarlo arrepentida de romper la sonrisa de mi cara al dártelo. Vengo de caminar muerta de frío por las calles desiertas, con las emociones congeladas y la mirada perdida. Vengo destrozada, llorando como si fuera la primera vez que me hicieras llorar. Vengo de pasear por el subsuelo, sorda, muda, ciega, porque todos mis sentidos han dejado de sentir. Vengo de abrazar al aire y de hablar con las piedras, de gritar al cielo y clavar las rodillas en el asfalto sin percibir el más mínimo dolor. Vengo de echarme la bronca y de perdonarme, de preguntarme qué coño estoy haciendo, por qué caigo una y otra vez.

Hubiera tirado también todas las cosas que guardas en casa, pero tener el convencimiento de que puedo hacerlo en cualquier otro momento me resulta suficiente por ahora. Porque hoy, por fin, sé que puedo. Sé que puedo llenar una maleta y quemarla sin anestesia con tus fotos, con tus canciones, con tu ropa, con tu olor, con todos tus recuerdos. Contigo dentro si hace falta.

Todo este tiempo te he pedido por activa y por pasiva que te alejaras de mí, que si tanto me valorabas, que si tanto me querías me dejaras en paz, que te olvidaras de mí para yo poderte olvidar. Porque yo no tenía ni el valor ni la fuerza para intentarlo. Pero eras demasiado egoísta como para hacerlo. Ni conmigo ni sin mí. Ni comes ni dejas de comer. Tal vez nadie te haya dicho todavía que tienes una capacidad tremenda para volver loca a alguien, no loca de amor, sino loca de remate, de manicomio.

No sólo me conformaba con la mierda que me dabas, sino que me arrastraste contigo a tu desastre, como si yo no tuviera suficiente con el mío. No sólo no estuviste, sino que pides la compresión incomprensible, la tranquilidad que nadie más que tú debe encontrar, la justificación de tus actos. Pero me niego a excusarte una vez más porque tu actitud no tiene excusa, porque tus promesas son mentira, porque tus ganas no existen. Porque te has acostumbrado a que viva para ti, a que te vacíe de culpa, a que te perdone, a que te mire a los ojos sin rencor. Como un títere que has utilizado a tu antojo, como una marioneta sin personalidad que se mueve al son de los hilos que manejas. Pero tal vez no contabas con que podía levantarme de la silla y dejar de esperarte como una gilipollas, aún sabiendo que nunca tendría nada de ti, más que dos míseros abrazos mal dados y un polvo mal echado cada año bisiesto.

Te pedí que me hicieras estas navimierdas llevaderas, que estuvieras a mi lado de alguna manera, que no te escaparas estos días. Pero, quién soy yo para pedirte, ¿verdad?. No recuerdo un diciembre tan... duro de llevar. Te pedí que no me dijeras nada, si ibas o si venías, si estabas aquí o allá. Cada navimierda siempre había tenido un motivo por el que sonreír, si no era por un aliciente externo, alguno más absurdo que otro, era porque podía respirar sin la ayuda de nada ni de nadie, porque era feliz conmigo misma y no me hacía falta más. Pero te aseguro que no se me viene a la cabeza ni un diciembre con tanto dolor como el de este año, no sólo porque no estés, sino porque yo tampoco estoy conmigo, porque estoy bloqueada, frágil y muerta de miedo.

Sin embargo... si algo sé es que sí tengo el valor de cargar con esa maleta y tirarla a ese mismo contenedor y quemarlo vivo, con lo mejor y lo peor que viví contigo. Esperaría impaciente a la explosión, todos tus recuerdos por los aires junto con mis últimas lágrimas. Y después, la liberación. Porque por primera vez me veo capaz de mandarte a la mierda, de decirte hasta luego lucas, de desaparecer del mapa sin que jamás pudieras encontrarme. Y valorar esa posibilidad me alegra tanto como me entristece, porque la lucha ha sido difícil, el camino estrecho, los obstáculos imbatibles, las pausas demoledoras, la incertidumbre matadora, las treguas rotas, el equilibrio desequilibrado, la tranquilidad inexistente, la ansiedad por las nubes y el dolor, el dolor... inexplicable, incomparable, insuperable, descabellado, irracional e inadmisible.

No hay marcha atrás. No bastarán palabras, paja y más paja. No bastarán hechos. Llegaste tarde no porque no quiera aguantar más sino porque estoy consumida y mi alma extenuada. Ya es como pedir peras al olmo. Y el juego se acabó, no soy un juguete en manos de nadie ni un perro al que decir dónde tiene que cagar. Tú dejaste de ser tú porque así lo decidiste, pero yo dejé de ser yo porque aposté por ti, por una ilusión que empiezo a echarme en cara por haberme equivocado contigo. No por no haberme querido como yo te quise, sino porque nunca me demostraste que te importaba, porque cualquiera que me hubiera tenido algo de aprecio se hubiera ido de mi lado, con pena, pero se hubiera ido.

 Ya no tengo cartas que mostrarte. Todo te lo di, todo te entregué. Y a estas alturas, parece mentira que no te hayas dado cuenta de lo que dejas ir, de lo que has perdido.

Ni siquiera hay música, porque la música que nos acompañó en todo este tiempo se ha quedado hueca y no suena a nada, sólo ralla, aburre y enfurece. Porque hasta nuestra música ha dejado de tener sentido".

jueves, 9 de diciembre de 2010

EN CERO COMA

Para la próxima sesión de terapia tenía que buscar dos canciones de esas que me hicieran levantar de la silla y subir el ánimo, que evaden, que desconectan, que me hacen dejar la mente en blanco, olvidar los ratos grises y pintar de un plumazo la vida en color. No estoy muy convencida de mi apuesta, pero al final, me he decantado por un par que cuando escucho me transportan al mundo de la esperanza y la sonrisa. Me las he puesto a todo volumen y me he sentido bien, transformándome en inmune y poniéndome el mundo por montera. Dos canciones que no me hacen pensar en nada más que en mí, que me envuelven con su letra optimista y su música alegre. Dos canciones egoístas, risueñas y cargadas de euforia, ilusión, humor y aliento.

Pero lo malo de rebuscar entre tanta música es que corres el riesgo de topar con tu vida, con la realidad, con tu momento, este momento, hoy. Enfrentándote a la desgana y la apatía, al dolor, a la angustia. A cómo se puede llegar a echar tanto de menos...

De la exaltación de la alegría a la extenuación de la tristeza. En cero coma dos. Al agobio, al agobio de saber que algo no cuadra, que algo está fallando, que el corazón se contradice y te grita que no lo remates, que vivas sin tiritas pero no lo ahogues, suplicándote que no extingas la llama del todo, que no apagues lo que alguna vez tanto te hizo sentir. Y qué sería de un corazón con emociones muertas y sin nada que decir.

Me encanta esta canción, pero es de las pocas que no puedo escuchar a menudo porque al final, no falla, siempre termino rota en lágrimas. La delgada línea entre subir y bajar, entre querer y no querer, entre reír y llorar.

lunes, 6 de diciembre de 2010

EL ABRAZO MENOS ROTO

Me quedé clavada en el ascensor, justo antes de descender otra vez al mundo de los vivos y de los muertos en vida. Sabía que había cerrado su puerta con una especie de vacío casi imposible de llenar. Me había marchado rota, pero medio satisfecha. Sin embargo, esta vez necesitaba más. Algo que no tardé en adivinar. Tras un rato cuestionándome si era ridícula la idea, volví atrás y toqué su timbre. Su cara de extrañeza se convirtió en un poema al verme temblar:

- Estoooo... lo sientooo, tal vez no debería pedirte esto, pero es que... no sé... estaba ahí en el ascensor... y estaba pensando... jo, lo siento... te parecerá absurdo, no suelo hacer estas cosas, pero es que si no, no me iba tranquila... ¿podrías darme un abrazo, por favor?

- Pero... ¿estás tonta? Anda, entra que hace frío ahí fuera. Ven aquí, ven...

Y cuando me abrazó, me derrumbé. Dos segundos antes me estaba ahogando y entonces empecé a experimentar una paz difícil de describir. Perdí la noción del tiempo, del dolor, de la agonía y todo se hizo suave, la vida más bella y ella... ella más especial. Me retuvo al menos tres minutos, me acariciaba el pelo, me daba besos, me susurraba, me hablaba dulce y en silencio. Entre sus brazos no había miedo, sólo descanso, sosiego, calma absoluta. Hubiera querido retener ese momento, mejor prolongarlo horas más, hubiera querido tener siempre su abrazo, inmensamente reconfortante y reparador de almas rotas que vagan perdidas sin rumbo. Respiré profundamente, olvidando dónde y cómo estaba, borrando de un plumazo las ilusiones descosidas y las tiritas de mi cuerpo. Pensé que aún había esperanza, la esperanza de no quedarme atrás, de seguir luchando por curar las heridas, de levantarme y caminar.

Cerré su puerta aliviada, cogí el ascensor fortalecida, salí a la calle con una media sonrisa, a pesar de la lluvia.

Hacía tanto tiempo que no me daban un abrazo tan real, tan sincero, tan tierno, tan alentador, tan vivo... Y es que hay abrazos y abrazos. Los rotos, los cumplidos, los que se dan por que sí, sin pena ni gloria. Y los abrazos que te devuelven la vida, aunque después vuelvas al mundo de las mentiras y se esfumen de la faz de la tierra.

Es la fuerza del abrazo. Y algunos abrazos, los de verdad, pueden llegar a ser suficientes para sanarnos.

jueves, 2 de diciembre de 2010

QUÉ FÁCIL Y QUÉ DIFÍCIL FUE

Cuando ya no distingues el amor del odio, cuando la cabeza te baila al son de una melodía desafinada, cuando respiras y te ahogas al mismo tiempo, cuando sientes sin padecer, cuando crees reír y lloras, cuando la lluvia lucha contra el sol y los sueños contra las pesadillas, cuando te encuentras para volver a perderte, cuando callas por no gritar, cuando eres tan fría como cálida, cuando ya no esperas nada pero no te levantas de la silla, cuando corres y frenas, cuando piensas y ya no hay recuerdos que valgan, cuando te acostumbras a hablar con la pared, cuando te levantas y vuelves a acostarte, cuando gimes de dolor y de placer, cuando necesitas un abrazo y lo rechazas, cuando aprendes a escuchar pero sigues interrumpiendo, cuando bebes agua y tragas fuego, cuando aprecias el paisaje y ya no te gusta, cuando estás dispuesto a empezar y terminas, cuando tomas aire y te atragantas, cuando escribes y borras, cuando comes y vomitas, cuando disfrutas mientras sufres, cuando la hueles y te entran náuseas, cuando escuchas su voz y deseas acallarla, cuando te acuerdas y quieres olvidar, cuando pides sin querer que te den, cuando madrugas y Dios no te ayuda, cuando hay luz y tropiezas con la oscuridad, cuando vives malviviendo, cuando quieres besarla y abofetearla, cuando se acerca a ti y le das la espalda, cuando avanzas y quieres retroceder, cuando buscas la salida y te empeñas en no encontrarla, cuando te acuestas sola y te sientes llena, cuando te acuestas acompañada y te sientes vacía, cuando muere el dolor sin dejar que muera del todo... cuando eres feliz y sientes tristeza... porque en el fondo el alma te pide a gritos que no huyas, que no des cuatro saltos sin antes haber dado un paso. Que el proceso hay que vivirlo de principio a fin, con lo bueno, con lo malo, con lagunas, con dudas, con incertidumbre, con pena, porque más allá, al final del túnel, encontraremos la entrada a la tranquilidad del espíritu. Pero hasta entonces, al camino es largo, casi infinito, apenas un infierno.

Hazme el favor de pasarte por mi casa, abre la puerta a patadas y mírame... y así podré descubrir si lo que me pasa es que he empezado a odiarte o es que aún te sigo queriendo.

(NOTA: Me falta cero coma dos para explotar y joderla bien jodida, pero es que la ira me está comiendo por instantes, tanto que no me reconozco. Estoy perdiendo la cabeza y los nervios. Un puto click y salimos todos volando. ¿ALGUIEN PODRÍA PARARME, POR FAVOR?).