martes, 31 de diciembre de 2013

31 DE DICIEMBRE DE 2013

En contra de su voluntad y la mía, renuncié al amor.

Con rabia y miedo, lo dejé en brazos de 2013, con la esperanza de volver a verlo en 2014. Quiero el mismo amor, no quiero otro. Ni una virtud más, ni un defecto menos. No quiero niñas guapas, ni tontas que se las dan de listas ni listas que además son inteligentes, y que me resultan tan asquerosamente atractivas.

Quiero el mismo amor, el mismo. Básico, simple. Sin adornos. Austero. Sin más atrezzo que su esencia. Pero lleno de pasión.

jueves, 12 de diciembre de 2013

LLAMADA PERDIDA

Llevaba unas tres semanas recibiendo una media de 25 llamadas al día desde un número oculto. Al principio no le di importancia y lo dejé pasar. Pensé en cualquier empresa dando por saco con publicidad barata. Pero pronto empezó a sonar el teléfono cada madrugada. Llamaba a todas horas, por la mañana, por la tarde, por la noche. Compulsivamente, como si se le fuera la vida en ello. Le cogí un par de veces y me quedaba en silencio y quienquiera que estuviera al otro lado no decía ni media palabra. Mutismo absoluto. Después pasé a silenciar el móvil prácticamente todo el día. Me empezó a agotar la batería y la paciencia. Pensé en cogerle el teléfono cada vez que llamara para quitarle las ganas, o en decirle cuatro cositas bien dichas, pero no me seducían estas ideas, no iba a servir de nada. Ante todo, pensaba que la mejor estrategia era mostrar indiferencia, hasta que se cansara de llamar.

Pero no se cansó. Lejos de hacerlo, cada vez marcaba mi número con más frecuencia.

Y empecé a tener mis sospechas. 

Una vez, conocí a alguien con quien entablé una buena relación de amistad. A medida que fue pasando el tiempo, empecé a intuir ciertas actitudes extrañas. Casi sin darme cuenta, me arrebató toda la energía. No me pedía, me exigía. No me hablaba, me gritaba. No me escuchaba, me reprochaba. No me hacía bien, sino daño. Intenté comprender su conducta, justificar sus porqués, echar la culpa a sus carencias emocionales. Me pedía explicaciones por todo, me reñía si no hacía las cosas como ella quería. Invadió mi espacio, mi tiempo y mis fuerzas. Nos conocimos en un momento en que ella lo estaba pasando realmente mal, y yo le tendí mi mano desde el cariño y la buena fe, hasta que me quedé sin brazo. Me absorbió la energía de principio a fin. Sentí que me había otorgado el papel de madre, de pareja o de algo parecido. Intenté explicarle por activa y por pasiva que no podía darle más, que tenía una vida más allá de sus necesidades y que su actitud me estaba hiriendo, pero, lejos de comprenderme, no dejaba de machacarme y de echarme mierda encima, culpándome además de todos sus males. No encontré la manera de llegar a un acuerdo que pudiera poner paz ante semejante guerra, en un tira y afloja constante que acabó por desquiciarme y perder la objetividad de las cosas. En un intento desesperado por evitar volverme loca le supliqué respeto y distancia, para que el dolor amainara y se enfriara y, tal vez, poder retomar la relación más adelante, cuando nuestras emociones enfrentadas se hubieran dado la vuelta. Y entonces, desapareció de la faz de la tierra. Se esfumó. Quiso pagarme de la manera más cruel, haciéndome creer lo peor. Para que me preocupara, para que me sintiera culpable de mis pecados. La busqué por todas partes hasta encontrarla. Y por fin, decidí apartarla de mi vida.

De toda esta historia, afiancé e interioricé algunas conclusiones: no quiero vampiros de energía a mi lado, no quiero rodearme de gente que me haga sentir mal, no quiero egoístas, no quiero personas negativas ni pesimistas, no quiero gente que no me aporte nada positivo. 

Puedo entender las necesidades y deseos de los demás, sus carencias e inseguridades. Soy la primera que las tiene. Pero no puedo hacerme cargo de la vida de las personas, no soy responsable de sus problemas, no soy superwoman ni salvadora de nadie, ni lo pretendo. Intento ayudar, aconsejar, empatizar, estar al lado de quien lo necesita, pero de ahí a dedicarme en cuerpo y alma a alguien, hay un abismo. Ni siquiera creo que haya que hacerlo con la familia o la pareja, porque entonces ¿en qué lugar quedamos nosotros? ¿Estamos viviendo la vida que queremos vivir? ¿Nos estamos cuidando, valorando, queriendo? ¿Nos dejamos cuidar? ¿Hacemos lo que realmente queremos hacer cada día de nuestra vida? 

¿Y cómo terminó la historia de las llamadas? Tras mis sospechas, decidí mandarle un mensaje en forma de órdago a la persona en cuestión: "Hola, tengo muchas llamadas perdidas de tu móvil, ¿está todo bien?". Como respuesta, un "yo no te he llamado", un par de excusas de niño de seis años y poco más. Desde entonces, ni una llamada más. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

COSAS QUE NUNCA ENTENDERÉ...

Casi sin poder respirar. Así me quedo segundos después de que te vayas. Con la angustia del despertar de una pesadilla, con el llanto de un niño ante el miedo. Triste, perdida, derrotada por lo que podría haber sido mi mayor victoria. Aunque lejos, sigues cerca, porque nunca te separaste de mí, a pesar de echarte de mi vida de esa manera tan injusta. La injusticia de levantarme una mañana y creer que ya no sentía lo mismo por ti. La injusticia de pedirte un tiempo que para ti era oro y que no podías perder. La injusticia de no saber por qué, así, sin más, el corazón cambió de opinión sin previo aviso.

Tú, que fuiste la única mujer en mi vida que me quiso bien, que me aceptó, me guió, me dio luz en la oscuridad. La única capaz de hacerme soñar, de hacerme creer en el amor, en las relaciones sanas y las buenas personas. Tú, que me hiciste libre, me despojaste de lastres y me enseñaste a quererme un poco más. Tú, que quitabas importancia a mis errores y hacías gigantes mis logros; que con infinita paciencia aguantabas mi mal humor y hacías que me riera de mi lista de fracasos sentimentales; que me ayudabas a cerrar heridas de las payasas que me hicieron polvo. Tú, que sonreías siempre, que te levantabas y te ponías a bailar, que tenías cara de ángel mientras dormías, que de todo mal rato sacabas un lado bueno. Tú, tan llena de energía, tan vital, tan positiva, tan honesta y humilde, siempre humilde, a pesar de tener más que razones para flotar en vanidad. Tú, que dejaste toda una vida hecha para embarcarte conmigo, que fuiste valiente como yo jamás fui, que soñaste a mi lado cada segundo que estuvimos juntas...

Y ahora, ¿quién soy yo para pedirte nada? Y ahí estás, tan preciosa como siempre, tan viva, tan tierna, tan tú. Y minutos antes de volver a separarnos me derrumbo porque no entiendo, no acierto a entender, cómo he sido capaz de dejar marchar a la persona más bonita que ha pasado por mi vida. Y ahí sigues con tu sonrisa de niña, radiante, como si nadie te hubiera herido jamás. Ahí sigues con tu aplomo y tu fortaleza, fingiendo estar bien para mí y estando tan triste por dentro como yo por fuera. Porque no te vas de mi lado, porque eres tan grande que ni siquiera te alejas, aunque ya no caminemos juntas en la misma dirección. Me explicas que te quedas porque lo nuestro ha sido sincero, porque nunca faltó el respeto, porque jamás nos hicimos daño, porque no hay culpables.

Y respiro aliviada entre lágrimas, a pesar de sentirme culpable por no haber sido capaz de regalarle más tiempo a la única mujer que supo amarme de verdad. Y maldigo a las payasas que me dejaron cicatrices por las que no he vuelto a ser la misma. Y me maldigo a mí por no haber sabido gestionar tropiezo tras tropiezo.

Y después de tanta torpeza y confusión, sigo sin poder entender: ¿Quién tiene la culpa de que el corazón cambie de opinión?


jueves, 3 de octubre de 2013

BLANCO Y NEGRO

En ocasiones, uno ansía la felicidad y cuando la consigue es incapaz de mantenerla. Toda una vida rodeada de contradicciones y cuando el camino por fin se torna lúcido, me alejo del sol buscando la oscuridad. Enfrentarse a un mar en calma también puede ser complicado si has estado años cabalgando entre olas salvajes. Tanto tiempo bailando entre sombras puede hacer que no sepas convivir con la luz. Un corazón tan roto no puede recomponerse, por más que se hilen los pedazos con todo el cariño del mundo.

Un día, después de tanta tormenta, desaparecen las nubes y te sientes libre. Pero eres como el bebé que asoma la cabeza y está perdido, y no sabe qué hacer, adónde ir. Porque nadie le ha enseñado todavía en qué consiste eso de vivir sin sobrevivir. Y esa libertad tan pura que siempre anhelaste se vuelve contra ti, porque no sabes qué hacer con ella, cómo utilizarla. Incluso extrañas volver a las sombras, donde sabes manejarte, donde tantas veces te hiciste fuerte, donde conoces cada paso, cada proceso, donde te defiendes y te sostienes lamiendo tus heridas una y otra vez.

Yo quería paz y la tuve, pero la estoy tirando a la basura. Porque no sé qué hacer con ella, no sé gestionarla, se me escapa de las manos sin tampoco hacer nada por recuperarla. Quería estabilidad y me dieron tanta que me sobraba, porque lo mío eran las emociones fuertes, el subir y bajar de todas las montañas de la Tierra. Quería cariño y me regalaron el amor más puro y sincero, pero lo deseché porque me tiraban más los desengaños y los retos imposibles. Quería querer a quien se lo mereciera y cuando ella apareció me volqué tanto que un mal día me cansé de que todo fuera bien. Quería la perfección y cuando descubrí que la perfección existía me harté de ella. Quería ser feliz y cuando lo fui, una fuerza interior inexplicable me empujó a volver a mis abismos.

Ya sé, suena a locura. Tal vez, pienso, mi tendencia biológica sea la búsqueda permanente de retos, de subidones de adrenalina, de alimentarme de mezclas explosivas de emociones positivas y negativas. O quizás, mi experiencia en la vida no me ha enseñado todavía las instrucciones para aprender a ser feliz. Tal vez no sepa vivir otra cosa de la que he vivido siempre, un caos emocional permanente. O tal vez sea mi sino. O quizás, simplemente, sea una completa gilipollas.

Y ahora me lamento por haber salido del negro para conseguir llegar al blanco y volver al negro por méritos propios, porque no he sabido sobrevivir en un blanco limpio, sin ataduras, sin complicaciones y demás mierdas. Y desde aquí, desde el gris oscuro, quiero retornar al blanco y no puedo, por más que quiera, no puedo.

viernes, 5 de julio de 2013

DESAPRENDIENDO DEL PASADO

Cuánto amor desperdiciado entre cubos de basura. Cuánta ilusión malgastada en promesas que nunca se cumplieron. Cuántas palabras mal usadas, cuánta espera, cuántas lágrimas... Crecí rodeada de fracaso, de llantos que no acababan, con un corazón que no aprendía, que gritaba en la agonía muerto de miedo y de rabia. Cuánta emoción torpe, cuántas piedras, cuánto dolor.

Un pasado medio enterrado, con algunas heridas abiertas, también con cicatrices de guerra que me cuentan que sigo aquí, que he salido adelante, que he ganado cientos de batallas ante enemigos invencibles que me robaban el tiempo y la energía, mis ganas de luchar. Qué poca paz... Cuento en segundos, tal vez en minutos, las dosis de felicidad. Una pizca de alegría, otra de placer, muchas de incoherencia, de ingenuidad, más todavía de abismos.

Qué manía de enredarnos en dolores innecesarios con la misma pasión que la primera vez, como si no hubiera final. Cuánto empeño en arriesgarnos a salir escaldados, rotos por todas partes, agarrándonos a una esperanza irreal, fantasma, absurda, que nos arrastra hacia la perdición. Sabiendo que nos caeremos, decidimos caernos, porque sí, porque nos anulamos, nos menospreciamos, nos maltratamos. La cabeza nunca fue mi fuerte, pocas veces me acompañó, me ayudó, me socorrió ante la evidencia del precipicio.

Y después de tanto aprendizaje frustrado, en el que sólo hablan los restos de un alma rota, llega un día en el que, al contrario de lo que siempre ha ocurrido, algo empieza a ir mejor. Porque en la calma no hace falta buscar la razón, no hay que agotarse ni caer una y otra vez. La paz trae consigo otras ilusiones, nueva energía, deseos y necesidades que nada tienen que ver con los del pasado. Porque no hace falta luchar, ni sufrir ni llorar para ser feliz.

Pero, después de tantos años conviviendo con el dolor y el fracaso, es difícil enfrentarse a lo bonito, porque estamos tan acostumbrados a vivir con tantas mochilas a nuestras espaldas que no sabemos manejar las instrucciones del sabor de una nueva oportunidad. Porque arrastramos los miedos y las inseguridades que el pasado nos hizo pagar a un precio muy caro. Toda esa gente que nos hizo daño no son más que meras piedras en el camino, en ocasiones, difíciles de saltar. Pero debemos más listos que todo eso, mirar hacia delante, sacar nuestra esencia y aprender de nuestros propios errores para no volver a cometerlos, para no volver a caer en las garras de aquellos que jamás merecieron estar en nuestra vida.

viernes, 21 de junio de 2013

MI LADO OSCURO

No logro enfrentarme a ese punto de oscuridad en mí que me impide apreciar las cosas buenas de la vida. No se trata de tirar cohetes, pero me encuentro ante un interior conflictivo, lleno de dudas y miedos, harto de luchar contra uno mismo. No es justo que los días se me vayan porque sí, que las horas las mate a golpe de quebraderos de cabeza, con o sin sentido. No logro darme de bruces con la racionalidad que necesito, por suerte o por desgracia, todo en mí es puramente emocional, no hay lugar para un brote de razón que me ayude a ver las cosas con más claridad, que me saque de este túnel sin salida.

En estas últimas semanas, meses incluso, siento que no he dejado de luchar contra mis propios fantasmas, que siempre me recuerdan que ganan más que pierden. Busco un resquicio de luz que se me apaga al segundo de iluminar mi alma, que se marcha sin causa aparente. Mis días terminan rotos, teñidos de dolor ante la injusticia de no alcanzar a saber qué me está pasando.

La vida puede ser bella, pero yo he desaprendido a apreciarla. Las horas están llenas de cosas bonitas, pero yo no siento la emoción esperada. El sol brilla con fuerza, pero a mí me da igual, no siento la energía de sus rayos, la alegría de su color amarillo. Me levanto deseando volver a acostarme. Mis pies no caminan hacia delante, se frenan en seco ante una incipiente apatía, que no desaparece a pesar de los esfuerzos. Empieza el día y yo sólo pienso en que llegue la noche.

Yo me evado de mis conflictos durmiendo. Soy capaz de dormir todas las horas que hagan falta y despertarme lo más tarde posible, lo más cerca a la caída del día para poder fantasear otra vez con la idea de volver a dormir. Esta misma semana he tenido la horrible de necesidad de no salir de la cama, porque sé que los fantasmas aguardan ahí fuera para ganarme otra batalla. Llega la madrugada y entonces respiro, porque sé que es el único momento del día en el que no pierdo el tiempo, en que toca dormir. El único momento en el que no me siento culpable por no estar aprovechando los minutos que me brinda la vida.

También lloro a menudo. A veces es un llanto contenido, como lleno de rabia o ira, que explota porque ya no puede sostenerse más ahí dentro y sale furioso, quejándose de todo y nada, preguntándose los porqués pendientes. Otras veces son lágrimas de pura tristeza, una detrás de otra, que caen sin cesar, suaves, sin quejido alguno, sin fuerza, sin ningún ímpetu.

Sé que algo no va bien porque me duele constantemente la cabeza. Aunque padezco de fuertes jaquecas desde los diecisiete años, los dolores se me acentúan cuando estoy preocupada o nerviosa. Es como si las sienes me fueran a reventar de un momento a otro. No es que sea fan de las pastillas, pero por más paracetamoles e ibuprofenos que me tome, no consigo apaciguar el dolor, ni el de dentro ni el de fuera.

Otra de las cosas que sufro cuando lo paso mal es que me aislo del mundo y comienzo a vivir en el mío propio. Me cierro tanto que no quiero saber nada de nadie. No sé si es que soy muy torpe para pedir ayuda o simplemente no quiero que me ayuden. Los años me han hecho fuerte y estoy acostumbrada a protegerme yo sola, lo cual se convierte en un arma de doble filo, porque me maltrato más que me cuido. Dicen de mí que soy muy injusta conmigo misma, intransigente y exigente. Demasiada caña para un alma herida. Pero me enorgullece levantarme sola y seguir siempre adelante. Y sí, tal vez debería contar más con los demás en los malos momentos, pero el motivo real por el que creo que no lo hago es porque tengo unas expectativas demasiado altas de la gente a la que quiero y pienso que si no las cumplen me sentiré decepcionada, y hasta traicionada. Siempre fui de extremos, puedo pasar de ser la persona más confiada del mundo a la más desconfiada y de la más feliz a la más triste en cuestión de segundos.

Así que, después de todo este repaso que me estoy dando, llego a la firme conclusión de que algo no va bien. Sé que hay mucha angustia dentro de mí, pero no acierto a saber por qué. Sé que, sobre todo, tengo miedo. Ese miedo que nos paraliza, que nos impide ver con claridad y objetividad, que nos confunde y nos hace tantísimo daño. Tal vez sienta que mi horizonte está lleno de incertidumbre. Y si Kant decía que "la inteligencia de una persona se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar", está claro que a mí, en este período de mi vida, me ha tocado ser la más torpe del lugar.

miércoles, 19 de junio de 2013

ME MOLESTA

Me molesta profundamente que uno no sepa valorar lo que tiene. En concreto, me molesta mucho, muchísimo, que haya gente que se permita comparar el estar quemado en un trabajo con no tener trabajo. Me repatea escuchar constantemente quejas, que si cobro una mierda, que si el horario, que si el sinvergüenza de mi jefe, que si el mal ambiente entre compañeros, que si vaya mierda, que si me quiero ir... Pues si te quieres ir, ¿por qué no te vas y dejas tu lugar a alguien que realmente quiera trabajar? Pues si te quieres ir, ¿por qué no te autoinvitas a marcharte y cedes tu puesto a quien se desvive por aprender, crecer o simplemente por solventar su situación económica para poder llevarse un trozo de pan a la boca? Puedo entender que la gente esté crispada, amargada, frustrada y todo lo que acabe en -ada en estos tiempos que corren, pero lo que me indigna es la queja gratuita, la falta de empatía y solidaridad del ser humano, de los que tienen el gran privilegio de trabajar hacia los que que están en la calle, sin paro, sin ayudas, sin recursos de ningún tipo.

Todos podemos tener mil problemas en el trabajo, todos echamos pestes de las condiciones laborales y los superiores. Pecamos de haber convertido la queja en algo innato, habitual, nada extraordinario. Hasta ahí de acuerdo. Pero me parece una falta de sensibilidad insoportable que, personas a las que no les falta de nada, acomodadas y sin grandes riesgos económicos, intenten hacer ver a gente que no tiene donde caerse muerta, que su situación no es mucho mejor que la de aquellos que se patean ciudades y están pegados día y noche a una pantalla de ordenador echando currículums a diestro y siniestro sin ninguna suerte. Gente preparada, entusiasta, inteligente, motivada, con ganas de hacer cosas, de aportar, que por culpa de esta maldita crisis, se encuentran en situaciones límites, ya no sólo con ruinas económicas a sus espaldas, sino con graves trastornos del estado de ánimo que les ha llevado a la más absoluta de las desesperanzas.

Sé perfectamente lo que es estar quemado en el trabajo y estar sin trabajo, he vivido las dos experiencias, y por eso sé distinguir ambas cosas y conocer el gran abismo que separa una cosa de la otra. Me cabrea enormemente que se cuestione que el hecho de estar trabajando y con síndrome de bournot se equipare a tener una depresión de caballo por estar más de uno, dos o más años sin encontrar trabajo. ¿De verdad es lo mismo? Porque quien tiene oficio y beneficio puede elegir, tiene la libertad de decidir si estar allí o marcharse, su situación sí tiene solución, porque depende exclusivamente de uno mismo. Otra cosa es que te acobardes y no te atrevas a salir a la calle con una mano delante y otra detrás, porque lo cómodo es quejarse, cagarse en todo y en todos y seguir en territorio hostil, sin plantearse siquiera cambiar de actitud, tomar perspectiva, ser más positivo. Es más fácil comerse la mierda desde dentro, claro. En cambio, ¿cuál es la solución para el que no encuentra trabajo? ¿Estará en el aire, en el azar, en el humor de la persona que tropiece con su CV? ¿Realmente puede hacer algo para cambiar su mala suerte?

A veces nos empeñamos en no ver más allá de lo que experimentamos, y si no lo vivimos, no lo comprendemos. Me da la sensación de que pecamos de falta de empatía, de que rebosamos de egocentrismo y nos importa poco intentar entender el punto de vista ajeno. No creo que sea tan difícil escuchar sin rebatir la opinión de los demás, respetando sentimientos, sin dar lecciones de sabiduría y moral. Qué bien nos vendría a todos una cura de humildad en según qué situaciones. Y que nadie, ni mi peor enemigo, tenga que quedarse sin trabajo para saber y sufrir lo que es y para valorar realmente todo lo que tiene.

sábado, 8 de junio de 2013

VIEJOS RECUERDOS

Yo, que tengo la mala costumbre de olvidar aquello que me rompió, que trato de cuidar los recuerdos bonitos, que cierro libros con más cariño que dolor, que miro atrás sin rencor y a las personas a la cara que alguna vez me rompieron el corazón... Yo, que aprendo del pasado para pensar en el presente, que sonrío a los que me traicionaron, que voy y vengo de este mundo en un vaivén de emociones, que estaba condenada a agonizar por amor y desamor...

De repente, alguien que una vez me partió, se acuerda de mí desde el otro lado del mundo. Y me recuerda fechas que enterré, canciones que borré, recuerdos que ahogué, momentos que maté, palabras que jamás volví a escribir... 

Sonrío, y pienso que, tal vez, en algún instante de la vida, llené el alma de quien me vació. Y descubro que amé y que, aunque ya no recuerde fechas, ni canciones, ni recuerdos, ni momentos ni palabras, sentí por encima de todo. 

Es bonito que alguien, después de tantos años, te recupere de la memoria lo feliz que fue a tu lado. Sólo por ese gesto, merece la pena lo vivido tiempo atrás, con su cielo y su infierno. Con amor, al fin y al cabo.

martes, 26 de febrero de 2013

BUCLE

No he hecho el intento de irme a la cama a soñar con los angelitos porque de antemano sé que no podré dormir. Así que me he quedado en vela más tiempo de lo normal a pesar de tener que madrugar mañana. Tampoco es profundo tratar de escribir unas líneas con algún sentido mientras de fondo, en la tele, los grandes hermanos se están tirando de los pelos, pero no quería dejar de marcar este día en mi nuevo calendario, aunque no diga nada.

No sabía que gestionar las cosas buenas que te pasan en la vida fuera tan difícil. Me he hecho a mí misma desde que era una niña, siempre protegiéndome de los golpes y fortaleciéndome ante la incertidumbre. Estoy acostumbrada a torear, capear, sortear, pelear y, aunque no pocas veces he ganado, también he perdido en incontables ocasiones. Por eso, tal vez esté más acostumbrada a rehacerme, reconstruirme y renacer. Tanto que me cuesta manejar el éxito, las buenas noticias, la paz y, en definitiva, todo aquello que ansiamos tener para llevar una vida equilibrada, sin tensiones de ningún tipo, sin contratiempos ni sobresaltos.

Y tal vez, por paradójico que parezca, me resulta complicado llevar la vida ordenada que siempre he deseado. Puede que el propio equilibrio me desequilibre, no sé si porque no ha sido la tónica habitual en mi vida o porque vengo con la tara de la contradicción, de necesitar enredarme yo sola y buscar entrar constantemente en bucle para salir de él por mis propios medios y así, hacerme más fuerte. No es que eche de menos mis laberintos sin salida, quizás lo que eche en falta sea sentir mi poder para levantarme una y otra vez, para empezar de cero y saber que puedo creer en mí, que, a pesar de toda la mierda que pueda comerme, siempre salgo adelante. 

Ahora la vida se ordena o yo he ordenado a la vida y aún así, a veces me siento perdida y me encuentro buscando mi pequeño bucle para poder vencerlo y seguir creciendo y sintiendo que puedo con todo, que soy invencible.


domingo, 17 de febrero de 2013

SEÑALES DE HUMO

Pasa el tiempo y las tormentas amainan y los dolores se tornan suaves hasta desaparecer. Pasa el tiempo y se van escapando, una a una, las mariposas del estómago, y ya no sueñas con encuentros furtivos ni miradas valientes. Pasa el tiempo y el cielo ya no es tan oscuro como pensabas que sería cuando ella se marchara sin decir adiós. Pasa el tiempo y el tiempo vuela y los recuerdos dejan de ser amargos, y las caricias se rompen, y los besos pierden la exclusividad.

Pasa el tiempo y con él se borran las huellas, se apagan los gritos, se duermen las súplicas. El mar está en calma, ya no amenazan las olas, bravas, enfadadas, llenas de rabia. El tiempo cura heridas pero no las cierra. Es aquí cuando entramos en juego las personas, si estamos dispuestas a perdonar, a olvidar, a escuchar, a aceptar las consecuencias.

La vida no siempre nos sorprende con regalos, a veces nos pega golpes a los que tenemos que hacer frente de la mejor manera posible. Unos rompen radicalmente, otros sufren hasta el último suspiro y otros cuantos, como yo, se toman un tiempo para respirar, levantarse, recomponerse y prepararse para los nuevos acontecimientos. No me gusta tirar a la basura a aquellas personas que alguna vez fueron importantes para mí, a pesar de haberme hecho tantísimo daño y haberme roto el corazón en mil pedazos. He llegado a entender que las circunstancias no pueden darse a imagen y semejanza de cómo nos gustaría que fueran. Hay idas y venidas, complicaciones, factores que están muy por encima de lo que nosotros entendemos que era una relación importante con alguien por quien estábamos dispuestos a luchar hasta el final. Pero bien es cierto que si alguien no quiere estar contigo es porque no te merece. A partir de ahí, elige tu camino, podrías optar por enterrarla o por mantenerla en tu vida, qué difícil valorar algo así cuando ha habido tanto amor de por medio.

Yo luché hasta el final, hasta el punto en que empecé a sentir que me volvía loca. Por eso tuve que retirarme, porque lo primero era yo y porque alguien que no mueve un dedo por mí no era digno de tenerme. Pero estando tan mal, no te das cuenta de eso porque te ciegas y no hay nada ni nadie que te haga ver lo contrario, la realidad. Sólo cuando pasa el tiempo y se ven las cosas con perspectiva, te das cuenta de la cantidad de tiempo y energía que perdiste con alguien a quien amabas mientras tú eras su segundo plato.

Y sigue pasando el tiempo y, cuando recuperas una vida sana, equilibrada, rodeada de cosas positivas, echas la vista atrás y te das cuenta de que hay capítulos en tu vida que no pudiste cerrar bien. Y miras con rabia, con pena, con rencor, con una mezcla agridulce empapada de malos recuerdos y de recuerdos no tan malos. Porque al final, lo que impera, lo que permanece, lo que se hace más grande que pequeño son esos instantes en los que fuiste feliz al lado de esa persona, ganando la batalla a todo ese dolor que te generó en su día.

Aunque ya no es imprescindible, sí es una espina clavada en el corazón que a veces me recuerda que no me gusta estar así con alguien a quien he querido mucho y que, por equis circunstancias, no supo hacer bien las cosas conmigo. Porque he aprendido a mirar más allá del dolor y a atreverme a perdonarla, y así poder empezar una nueva andadura, a otros niveles, con otras perspectivas y nuevos objetivos.

Después de caer muerta y marcharme un tiempo a lamerme las heridas, ya son muchas las señales de humo que le he enviado, pero pocas las respuestas y el interés recibido por su parte. Ni siquiera pretendo mantener una relación de amistad, sólo quiero cerrar este maldito capítulo de una vez, darnos una tregua, sacar una bandera blanca. Ya que ni siquiera se digna a mirarme a la cara, al menos un pacto de no agresión, sin más. Y después, una vez cerrado el libro, tú por tu camino y yo por el mío.

miércoles, 16 de enero de 2013

EL VACÍO DE LA PLENITUD

La vida va cobrando sentido a medida que vamos consiguiendo cosas, ampliando horizontes, batiendo récords, sorteando obstáculos, retando al destino. Pero, ¿qué pasa cuando se alcanzan todas las metas? ¿Cuál es el siguiente objetivo? ¿Estamos preparados para sabernos completos? ¿Para apreciar el sabor de cada victoria? ¿Sabemos encontrar el sentido a la plenitud, a la pequeña perfección de sentirnos realizados?

Me contaba hoy una amiga su angustia, su decepción por tenerlo todo. Se siente perdida, rota entre tantas expectativas y sueños. Peca de impaciencia, de egoísmo, de querer más todavía, más de lo que cualquier persona pudiera aspirar. Se pierde una y otra vez, y no sabe gestionar algo tan sencillo como ser feliz. Qué extraño sentimiento, el del vacío en medio de la plenitud. Un ser que conoce muy pocas limitaciones, con una familia maravillosa, un trabajo que le permite comprarse casas, coches y viajes a las Maldivas, alguien a quien le sobra inteligencia cognitiva y le falta inteligencia emocional. 

¿Qué pasa cuando ya lo tienes todo, cuando tocas el cielo y ya es imposible bajar a la realidad? Tal vez entonces sea cuando se roza el infierno, donde se pierde el sentido y accedes a un laberinto que te impide ver la luz, disfrutar con calma de las cosas más sencillas, sobrevolar las pequeñas dificultades, saborear un paisaje, un libro, una charla con amigos, un paseo por la montaña o a la orilla del mar. 

Se pierde la magia de resucitar cuando te caes, de sentirte orgulloso por los pequeños avances, de ver la luz al final del túnel. Se ignora el esfuerzo y su recompensa, el premio a los deberes hechos. Se sonríe por inercia. Se mira al cielo porque parece que llueve, no para sentir el frescor de las gotas al caer. Se mira sin contemplaciones, no para captar los matices. Se desaprende lo aprendido, se olvida lo que un día tanto costó, se sueña durmiendo, se ríe en silencio, se echa la vista atrás sin recuerdos.

Me pregunto por qué tanto vacío cuando creíamos haber alcanzado la gloria, qué sentirá nuestra alma  cuando lo tenemos todo, o lo que es lo mismo, cuando no tenemos nada...