martes, 26 de febrero de 2013

BUCLE

No he hecho el intento de irme a la cama a soñar con los angelitos porque de antemano sé que no podré dormir. Así que me he quedado en vela más tiempo de lo normal a pesar de tener que madrugar mañana. Tampoco es profundo tratar de escribir unas líneas con algún sentido mientras de fondo, en la tele, los grandes hermanos se están tirando de los pelos, pero no quería dejar de marcar este día en mi nuevo calendario, aunque no diga nada.

No sabía que gestionar las cosas buenas que te pasan en la vida fuera tan difícil. Me he hecho a mí misma desde que era una niña, siempre protegiéndome de los golpes y fortaleciéndome ante la incertidumbre. Estoy acostumbrada a torear, capear, sortear, pelear y, aunque no pocas veces he ganado, también he perdido en incontables ocasiones. Por eso, tal vez esté más acostumbrada a rehacerme, reconstruirme y renacer. Tanto que me cuesta manejar el éxito, las buenas noticias, la paz y, en definitiva, todo aquello que ansiamos tener para llevar una vida equilibrada, sin tensiones de ningún tipo, sin contratiempos ni sobresaltos.

Y tal vez, por paradójico que parezca, me resulta complicado llevar la vida ordenada que siempre he deseado. Puede que el propio equilibrio me desequilibre, no sé si porque no ha sido la tónica habitual en mi vida o porque vengo con la tara de la contradicción, de necesitar enredarme yo sola y buscar entrar constantemente en bucle para salir de él por mis propios medios y así, hacerme más fuerte. No es que eche de menos mis laberintos sin salida, quizás lo que eche en falta sea sentir mi poder para levantarme una y otra vez, para empezar de cero y saber que puedo creer en mí, que, a pesar de toda la mierda que pueda comerme, siempre salgo adelante. 

Ahora la vida se ordena o yo he ordenado a la vida y aún así, a veces me siento perdida y me encuentro buscando mi pequeño bucle para poder vencerlo y seguir creciendo y sintiendo que puedo con todo, que soy invencible.


domingo, 17 de febrero de 2013

SEÑALES DE HUMO

Pasa el tiempo y las tormentas amainan y los dolores se tornan suaves hasta desaparecer. Pasa el tiempo y se van escapando, una a una, las mariposas del estómago, y ya no sueñas con encuentros furtivos ni miradas valientes. Pasa el tiempo y el cielo ya no es tan oscuro como pensabas que sería cuando ella se marchara sin decir adiós. Pasa el tiempo y el tiempo vuela y los recuerdos dejan de ser amargos, y las caricias se rompen, y los besos pierden la exclusividad.

Pasa el tiempo y con él se borran las huellas, se apagan los gritos, se duermen las súplicas. El mar está en calma, ya no amenazan las olas, bravas, enfadadas, llenas de rabia. El tiempo cura heridas pero no las cierra. Es aquí cuando entramos en juego las personas, si estamos dispuestas a perdonar, a olvidar, a escuchar, a aceptar las consecuencias.

La vida no siempre nos sorprende con regalos, a veces nos pega golpes a los que tenemos que hacer frente de la mejor manera posible. Unos rompen radicalmente, otros sufren hasta el último suspiro y otros cuantos, como yo, se toman un tiempo para respirar, levantarse, recomponerse y prepararse para los nuevos acontecimientos. No me gusta tirar a la basura a aquellas personas que alguna vez fueron importantes para mí, a pesar de haberme hecho tantísimo daño y haberme roto el corazón en mil pedazos. He llegado a entender que las circunstancias no pueden darse a imagen y semejanza de cómo nos gustaría que fueran. Hay idas y venidas, complicaciones, factores que están muy por encima de lo que nosotros entendemos que era una relación importante con alguien por quien estábamos dispuestos a luchar hasta el final. Pero bien es cierto que si alguien no quiere estar contigo es porque no te merece. A partir de ahí, elige tu camino, podrías optar por enterrarla o por mantenerla en tu vida, qué difícil valorar algo así cuando ha habido tanto amor de por medio.

Yo luché hasta el final, hasta el punto en que empecé a sentir que me volvía loca. Por eso tuve que retirarme, porque lo primero era yo y porque alguien que no mueve un dedo por mí no era digno de tenerme. Pero estando tan mal, no te das cuenta de eso porque te ciegas y no hay nada ni nadie que te haga ver lo contrario, la realidad. Sólo cuando pasa el tiempo y se ven las cosas con perspectiva, te das cuenta de la cantidad de tiempo y energía que perdiste con alguien a quien amabas mientras tú eras su segundo plato.

Y sigue pasando el tiempo y, cuando recuperas una vida sana, equilibrada, rodeada de cosas positivas, echas la vista atrás y te das cuenta de que hay capítulos en tu vida que no pudiste cerrar bien. Y miras con rabia, con pena, con rencor, con una mezcla agridulce empapada de malos recuerdos y de recuerdos no tan malos. Porque al final, lo que impera, lo que permanece, lo que se hace más grande que pequeño son esos instantes en los que fuiste feliz al lado de esa persona, ganando la batalla a todo ese dolor que te generó en su día.

Aunque ya no es imprescindible, sí es una espina clavada en el corazón que a veces me recuerda que no me gusta estar así con alguien a quien he querido mucho y que, por equis circunstancias, no supo hacer bien las cosas conmigo. Porque he aprendido a mirar más allá del dolor y a atreverme a perdonarla, y así poder empezar una nueva andadura, a otros niveles, con otras perspectivas y nuevos objetivos.

Después de caer muerta y marcharme un tiempo a lamerme las heridas, ya son muchas las señales de humo que le he enviado, pero pocas las respuestas y el interés recibido por su parte. Ni siquiera pretendo mantener una relación de amistad, sólo quiero cerrar este maldito capítulo de una vez, darnos una tregua, sacar una bandera blanca. Ya que ni siquiera se digna a mirarme a la cara, al menos un pacto de no agresión, sin más. Y después, una vez cerrado el libro, tú por tu camino y yo por el mío.