viernes, 21 de junio de 2013

MI LADO OSCURO

No logro enfrentarme a ese punto de oscuridad en mí que me impide apreciar las cosas buenas de la vida. No se trata de tirar cohetes, pero me encuentro ante un interior conflictivo, lleno de dudas y miedos, harto de luchar contra uno mismo. No es justo que los días se me vayan porque sí, que las horas las mate a golpe de quebraderos de cabeza, con o sin sentido. No logro darme de bruces con la racionalidad que necesito, por suerte o por desgracia, todo en mí es puramente emocional, no hay lugar para un brote de razón que me ayude a ver las cosas con más claridad, que me saque de este túnel sin salida.

En estas últimas semanas, meses incluso, siento que no he dejado de luchar contra mis propios fantasmas, que siempre me recuerdan que ganan más que pierden. Busco un resquicio de luz que se me apaga al segundo de iluminar mi alma, que se marcha sin causa aparente. Mis días terminan rotos, teñidos de dolor ante la injusticia de no alcanzar a saber qué me está pasando.

La vida puede ser bella, pero yo he desaprendido a apreciarla. Las horas están llenas de cosas bonitas, pero yo no siento la emoción esperada. El sol brilla con fuerza, pero a mí me da igual, no siento la energía de sus rayos, la alegría de su color amarillo. Me levanto deseando volver a acostarme. Mis pies no caminan hacia delante, se frenan en seco ante una incipiente apatía, que no desaparece a pesar de los esfuerzos. Empieza el día y yo sólo pienso en que llegue la noche.

Yo me evado de mis conflictos durmiendo. Soy capaz de dormir todas las horas que hagan falta y despertarme lo más tarde posible, lo más cerca a la caída del día para poder fantasear otra vez con la idea de volver a dormir. Esta misma semana he tenido la horrible de necesidad de no salir de la cama, porque sé que los fantasmas aguardan ahí fuera para ganarme otra batalla. Llega la madrugada y entonces respiro, porque sé que es el único momento del día en el que no pierdo el tiempo, en que toca dormir. El único momento en el que no me siento culpable por no estar aprovechando los minutos que me brinda la vida.

También lloro a menudo. A veces es un llanto contenido, como lleno de rabia o ira, que explota porque ya no puede sostenerse más ahí dentro y sale furioso, quejándose de todo y nada, preguntándose los porqués pendientes. Otras veces son lágrimas de pura tristeza, una detrás de otra, que caen sin cesar, suaves, sin quejido alguno, sin fuerza, sin ningún ímpetu.

Sé que algo no va bien porque me duele constantemente la cabeza. Aunque padezco de fuertes jaquecas desde los diecisiete años, los dolores se me acentúan cuando estoy preocupada o nerviosa. Es como si las sienes me fueran a reventar de un momento a otro. No es que sea fan de las pastillas, pero por más paracetamoles e ibuprofenos que me tome, no consigo apaciguar el dolor, ni el de dentro ni el de fuera.

Otra de las cosas que sufro cuando lo paso mal es que me aislo del mundo y comienzo a vivir en el mío propio. Me cierro tanto que no quiero saber nada de nadie. No sé si es que soy muy torpe para pedir ayuda o simplemente no quiero que me ayuden. Los años me han hecho fuerte y estoy acostumbrada a protegerme yo sola, lo cual se convierte en un arma de doble filo, porque me maltrato más que me cuido. Dicen de mí que soy muy injusta conmigo misma, intransigente y exigente. Demasiada caña para un alma herida. Pero me enorgullece levantarme sola y seguir siempre adelante. Y sí, tal vez debería contar más con los demás en los malos momentos, pero el motivo real por el que creo que no lo hago es porque tengo unas expectativas demasiado altas de la gente a la que quiero y pienso que si no las cumplen me sentiré decepcionada, y hasta traicionada. Siempre fui de extremos, puedo pasar de ser la persona más confiada del mundo a la más desconfiada y de la más feliz a la más triste en cuestión de segundos.

Así que, después de todo este repaso que me estoy dando, llego a la firme conclusión de que algo no va bien. Sé que hay mucha angustia dentro de mí, pero no acierto a saber por qué. Sé que, sobre todo, tengo miedo. Ese miedo que nos paraliza, que nos impide ver con claridad y objetividad, que nos confunde y nos hace tantísimo daño. Tal vez sienta que mi horizonte está lleno de incertidumbre. Y si Kant decía que "la inteligencia de una persona se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar", está claro que a mí, en este período de mi vida, me ha tocado ser la más torpe del lugar.

miércoles, 19 de junio de 2013

ME MOLESTA

Me molesta profundamente que uno no sepa valorar lo que tiene. En concreto, me molesta mucho, muchísimo, que haya gente que se permita comparar el estar quemado en un trabajo con no tener trabajo. Me repatea escuchar constantemente quejas, que si cobro una mierda, que si el horario, que si el sinvergüenza de mi jefe, que si el mal ambiente entre compañeros, que si vaya mierda, que si me quiero ir... Pues si te quieres ir, ¿por qué no te vas y dejas tu lugar a alguien que realmente quiera trabajar? Pues si te quieres ir, ¿por qué no te autoinvitas a marcharte y cedes tu puesto a quien se desvive por aprender, crecer o simplemente por solventar su situación económica para poder llevarse un trozo de pan a la boca? Puedo entender que la gente esté crispada, amargada, frustrada y todo lo que acabe en -ada en estos tiempos que corren, pero lo que me indigna es la queja gratuita, la falta de empatía y solidaridad del ser humano, de los que tienen el gran privilegio de trabajar hacia los que que están en la calle, sin paro, sin ayudas, sin recursos de ningún tipo.

Todos podemos tener mil problemas en el trabajo, todos echamos pestes de las condiciones laborales y los superiores. Pecamos de haber convertido la queja en algo innato, habitual, nada extraordinario. Hasta ahí de acuerdo. Pero me parece una falta de sensibilidad insoportable que, personas a las que no les falta de nada, acomodadas y sin grandes riesgos económicos, intenten hacer ver a gente que no tiene donde caerse muerta, que su situación no es mucho mejor que la de aquellos que se patean ciudades y están pegados día y noche a una pantalla de ordenador echando currículums a diestro y siniestro sin ninguna suerte. Gente preparada, entusiasta, inteligente, motivada, con ganas de hacer cosas, de aportar, que por culpa de esta maldita crisis, se encuentran en situaciones límites, ya no sólo con ruinas económicas a sus espaldas, sino con graves trastornos del estado de ánimo que les ha llevado a la más absoluta de las desesperanzas.

Sé perfectamente lo que es estar quemado en el trabajo y estar sin trabajo, he vivido las dos experiencias, y por eso sé distinguir ambas cosas y conocer el gran abismo que separa una cosa de la otra. Me cabrea enormemente que se cuestione que el hecho de estar trabajando y con síndrome de bournot se equipare a tener una depresión de caballo por estar más de uno, dos o más años sin encontrar trabajo. ¿De verdad es lo mismo? Porque quien tiene oficio y beneficio puede elegir, tiene la libertad de decidir si estar allí o marcharse, su situación sí tiene solución, porque depende exclusivamente de uno mismo. Otra cosa es que te acobardes y no te atrevas a salir a la calle con una mano delante y otra detrás, porque lo cómodo es quejarse, cagarse en todo y en todos y seguir en territorio hostil, sin plantearse siquiera cambiar de actitud, tomar perspectiva, ser más positivo. Es más fácil comerse la mierda desde dentro, claro. En cambio, ¿cuál es la solución para el que no encuentra trabajo? ¿Estará en el aire, en el azar, en el humor de la persona que tropiece con su CV? ¿Realmente puede hacer algo para cambiar su mala suerte?

A veces nos empeñamos en no ver más allá de lo que experimentamos, y si no lo vivimos, no lo comprendemos. Me da la sensación de que pecamos de falta de empatía, de que rebosamos de egocentrismo y nos importa poco intentar entender el punto de vista ajeno. No creo que sea tan difícil escuchar sin rebatir la opinión de los demás, respetando sentimientos, sin dar lecciones de sabiduría y moral. Qué bien nos vendría a todos una cura de humildad en según qué situaciones. Y que nadie, ni mi peor enemigo, tenga que quedarse sin trabajo para saber y sufrir lo que es y para valorar realmente todo lo que tiene.

sábado, 8 de junio de 2013

VIEJOS RECUERDOS

Yo, que tengo la mala costumbre de olvidar aquello que me rompió, que trato de cuidar los recuerdos bonitos, que cierro libros con más cariño que dolor, que miro atrás sin rencor y a las personas a la cara que alguna vez me rompieron el corazón... Yo, que aprendo del pasado para pensar en el presente, que sonrío a los que me traicionaron, que voy y vengo de este mundo en un vaivén de emociones, que estaba condenada a agonizar por amor y desamor...

De repente, alguien que una vez me partió, se acuerda de mí desde el otro lado del mundo. Y me recuerda fechas que enterré, canciones que borré, recuerdos que ahogué, momentos que maté, palabras que jamás volví a escribir... 

Sonrío, y pienso que, tal vez, en algún instante de la vida, llené el alma de quien me vació. Y descubro que amé y que, aunque ya no recuerde fechas, ni canciones, ni recuerdos, ni momentos ni palabras, sentí por encima de todo. 

Es bonito que alguien, después de tantos años, te recupere de la memoria lo feliz que fue a tu lado. Sólo por ese gesto, merece la pena lo vivido tiempo atrás, con su cielo y su infierno. Con amor, al fin y al cabo.