martes, 31 de diciembre de 2013

31 DE DICIEMBRE DE 2013

En contra de su voluntad y la mía, renuncié al amor.

Con rabia y miedo, lo dejé en brazos de 2013, con la esperanza de volver a verlo en 2014. Quiero el mismo amor, no quiero otro. Ni una virtud más, ni un defecto menos. No quiero niñas guapas, ni tontas que se las dan de listas ni listas que además son inteligentes, y que me resultan tan asquerosamente atractivas.

Quiero el mismo amor, el mismo. Básico, simple. Sin adornos. Austero. Sin más atrezzo que su esencia. Pero lleno de pasión.

jueves, 12 de diciembre de 2013

LLAMADA PERDIDA

Llevaba unas tres semanas recibiendo una media de 25 llamadas al día desde un número oculto. Al principio no le di importancia y lo dejé pasar. Pensé en cualquier empresa dando por saco con publicidad barata. Pero pronto empezó a sonar el teléfono cada madrugada. Llamaba a todas horas, por la mañana, por la tarde, por la noche. Compulsivamente, como si se le fuera la vida en ello. Le cogí un par de veces y me quedaba en silencio y quienquiera que estuviera al otro lado no decía ni media palabra. Mutismo absoluto. Después pasé a silenciar el móvil prácticamente todo el día. Me empezó a agotar la batería y la paciencia. Pensé en cogerle el teléfono cada vez que llamara para quitarle las ganas, o en decirle cuatro cositas bien dichas, pero no me seducían estas ideas, no iba a servir de nada. Ante todo, pensaba que la mejor estrategia era mostrar indiferencia, hasta que se cansara de llamar.

Pero no se cansó. Lejos de hacerlo, cada vez marcaba mi número con más frecuencia.

Y empecé a tener mis sospechas. 

Una vez, conocí a alguien con quien entablé una buena relación de amistad. A medida que fue pasando el tiempo, empecé a intuir ciertas actitudes extrañas. Casi sin darme cuenta, me arrebató toda la energía. No me pedía, me exigía. No me hablaba, me gritaba. No me escuchaba, me reprochaba. No me hacía bien, sino daño. Intenté comprender su conducta, justificar sus porqués, echar la culpa a sus carencias emocionales. Me pedía explicaciones por todo, me reñía si no hacía las cosas como ella quería. Invadió mi espacio, mi tiempo y mis fuerzas. Nos conocimos en un momento en que ella lo estaba pasando realmente mal, y yo le tendí mi mano desde el cariño y la buena fe, hasta que me quedé sin brazo. Me absorbió la energía de principio a fin. Sentí que me había otorgado el papel de madre, de pareja o de algo parecido. Intenté explicarle por activa y por pasiva que no podía darle más, que tenía una vida más allá de sus necesidades y que su actitud me estaba hiriendo, pero, lejos de comprenderme, no dejaba de machacarme y de echarme mierda encima, culpándome además de todos sus males. No encontré la manera de llegar a un acuerdo que pudiera poner paz ante semejante guerra, en un tira y afloja constante que acabó por desquiciarme y perder la objetividad de las cosas. En un intento desesperado por evitar volverme loca le supliqué respeto y distancia, para que el dolor amainara y se enfriara y, tal vez, poder retomar la relación más adelante, cuando nuestras emociones enfrentadas se hubieran dado la vuelta. Y entonces, desapareció de la faz de la tierra. Se esfumó. Quiso pagarme de la manera más cruel, haciéndome creer lo peor. Para que me preocupara, para que me sintiera culpable de mis pecados. La busqué por todas partes hasta encontrarla. Y por fin, decidí apartarla de mi vida.

De toda esta historia, afiancé e interioricé algunas conclusiones: no quiero vampiros de energía a mi lado, no quiero rodearme de gente que me haga sentir mal, no quiero egoístas, no quiero personas negativas ni pesimistas, no quiero gente que no me aporte nada positivo. 

Puedo entender las necesidades y deseos de los demás, sus carencias e inseguridades. Soy la primera que las tiene. Pero no puedo hacerme cargo de la vida de las personas, no soy responsable de sus problemas, no soy superwoman ni salvadora de nadie, ni lo pretendo. Intento ayudar, aconsejar, empatizar, estar al lado de quien lo necesita, pero de ahí a dedicarme en cuerpo y alma a alguien, hay un abismo. Ni siquiera creo que haya que hacerlo con la familia o la pareja, porque entonces ¿en qué lugar quedamos nosotros? ¿Estamos viviendo la vida que queremos vivir? ¿Nos estamos cuidando, valorando, queriendo? ¿Nos dejamos cuidar? ¿Hacemos lo que realmente queremos hacer cada día de nuestra vida? 

¿Y cómo terminó la historia de las llamadas? Tras mis sospechas, decidí mandarle un mensaje en forma de órdago a la persona en cuestión: "Hola, tengo muchas llamadas perdidas de tu móvil, ¿está todo bien?". Como respuesta, un "yo no te he llamado", un par de excusas de niño de seis años y poco más. Desde entonces, ni una llamada más.