jueves, 16 de enero de 2014

ANTES DE DORMIR...

Soy lo peor. Sé que me tengo que levantar a las 6:30, pero aquí estoy con la ansiedad de querer acostarme y no morirme mañana en el intento, la ansiedad de llevar a cabo la disciplina de escribir y, finalmente, la ansiedad de expresar en dos líneas cualquier cosa, lo primero que se me venga a la cabeza. Me abruma tanta inquietud de golpe.

Hoy me preguntaba, por millonésima vez, si las cosas pasan porque tienen que pasar. Si las vidas que una vez se separaron pueden volver a cruzarse. Si todo lo que ocurre es fruto de la casualidad o la causalidad. Si existe el destino o forzamos la marcha. Si el presente es la consecuencia de nuestro pasado y el antecedente de nuestro futuro. Si el cielo es azul y el amor cosa de ingenuos. Si es bueno mostrarse frágil, si es bello enseñar la esencia aunque nos haga vulnerables.

Hoy pensaba si merece la pena ser uno mismo al cien por cien, sin capas ni barreras. Sin máscaras. Totalmente limpio. Si la transparencia es una arma de doble filo, la autenticidad del ser y la debilidad de la delicadeza.

Hoy he sentido rabia, ira, impotencia, mierda, tristeza, decepción. Pero también he sentido alegría, ilusión, entusiasmo, tranquilidad, seguridad. La ambivalencia de la asquerosa y bonita vida.

martes, 7 de enero de 2014

TENGO QUE ESCRIBIR MÁS

Cada día me lo recuerdo: debería escribir más a menudo. No cada dieciocho años, como ahora. Y digo DEBERÍA porque tendría que tomármelo como una obligación. Básicamente por dos motivos:

1) Escribir cada poco tiempo me daría la disciplina que necesito. Porque la pasión sí entiende de normas. Si progresivamente vamos dejando de hacer algo que nos apasiona, las ganas y la motivación se van perdiendo. Hacer algo que nos guste no es equivalente a querer hacerlo a todas horas, sino que precisa de un orden, de una educación, de cierto rigor. El amor al arte por las cosas esconde un duro entrenamiento, un esfuerzo, gotas de sudor. Y yo, que peco de caótica en ciertos aspectos, a veces necesito impulso y sacrificio incluso para mis pasiones. Así que, a partir de ahora, quisiera autoimponerme mis propias reglas, eso sí, para cumplirlas. Esto es, escribir más, aunque sea para decir dos tonterías y media; prefiero que me tiren tomates a dejar el folio en blanco.

2) Escribir, aunque sean esas dos tonterías y media, me ayudará a recordar. Y es que, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que estoy perdiendo la memoria. No quiero tomármelo como algo serio, aspiro a pensar que tengo demasiada información en la cabeza, o que estoy dispersa, o que tengo una memoria extraordinariamente selectiva... algo así. Jamás creeré que tengo lagunas mentales porque empiece a sufrir cierto deterioro cognitivo. Eso es impensable. Lo cierto es que me estoy dando cuenta de que cada vez me acuerdo menos de cosas que ocurrieron tiempo atrás. Y me refiero a cosas relevantes, significativas, de las que es imposible borrar de la mente de quien las ha vivido. Me asusta pensar que, poco a poco, mis huellas en esta vida se irán difuminando y que cada vez tendré menos que contar, porque no podré recordarlo. Soy mucho de escribir en cualquier papel lo primero que se asoma por mi cabeza, pensamientos, emociones, sentimientos... El otro día leí miles de palabras que he escrito en muchos momentos de mi vida, de hace años y más actuales. Y se me encogía el corazón al leer cosas que no podía reproducir en mi mente, que no podía imaginarlas porque las había olvidado completamente. Es por ello por lo que querría escribir más a menudo, para dejar plasmadas las cosas que sueño y siento, para leerlas una y otra vez y poder combatir esos despistes de amnesia sin el riesgo de perder la memoria, y después la cabeza.

jueves, 2 de enero de 2014

EXPECTATIVAS Y DECEPCIONES

Ya lo decía Confucio: "Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos".

Pero es inevitable esperar. Y a pesar de tanto disgusto, pocas veces bajamos el listón, nos seguimos creando expectativas aun sabiendo que no seremos correspondidos al mismo nivel. Tenemos esa imperante necesidad de creer en esas personas más rezagadas que ya se despistaron alguna vez o que incluso nos fallaron. Esas personas a las que le damos cien mil oportunidades y siguen regalándonos decepciones.

De todos estos remolones, a mí los que más me molestan (y me duelen) son los que se tiran no sé cuánto tiempo llorando en tu hombro día y noche y de repente desaparecen de la faz de la tierra. Ésos que se olvidan de que existes cuando todo les va de lujo. Ésos que te felicitan el año con dos palabras después de tú haberles escrito un parrafón con tanto cariño. Ésos que sufren de amnesia al no recordar ni valorar las veces que estuviste ahí escuchándoles, animándoles, apoyándoles, haciéndoles entrar en razón... aguántandoles. No sé si es que son egoístas y les importa un carajo lo que en su día hiciste por ellos, o simplemente se han quedado sin memoria, si es que alguna vez la tuvieron.

Esta gente me molesta y mucho. Porque, por una cosa u otra, alguna vez les cogí cariño y es un afecto sincero que se mantiene en el tiempo por encima de todas las cosas, independientemente del estado de ánimo. Yo no soy de coger pañuelos y tirarlos según se me pase la pena. Pero parece ser que por ahí están estos rezagados que ni siquiera reparan en saber el daño que causan, porque nunca han sido capaces de pensar en los demás, o bueno, sí, sólo cuando necesitaban descargar sus iras y sus tristezas.

La de veces que trato de interiorizar lo de las expectativas, el gran consejo de Confucio advirtiéndonos de grandes decepciones... pero qué difícil es perder la esperanza de que cualquier día, en algún momento, recibiremos el gesto o la palabra que esperamos de aquéllos que tan poco nos demuestran y tanto nos hacen sufrir.

miércoles, 1 de enero de 2014

TORMENTA DE NOMBRES

He cerrado 2013 vistiéndome de amarillo para llevarle la contraria a la superstición. He roto mi dieta psicológica cenando solomillo hasta reventar. En contra de mis propósitos para el nuevo año, he decidido continuar con mi onicofagia. Apenas he escrito unos mensajes de fin de año, prefiero felicitar lo que está por llegar.

A partir de las 00:01 del día 1 de enero de 2014 mi cabeza ha sufrido una tormenta de nombres. Son minutos, horas, en los que uno se acuerda de un montón de gente, tanta, que al final tiene que echar mano de la agenda de contactos del móvil. Pero hay nombres en los que ya piensas incluso antes de las uvas, porque siempre están ahí. Algunos por derecho, otros por narices y otros que sobrevuelan nuestra mente sin merecerlo. 

Luego llegan los whatsapp. Primero a los que se te han adelantado para felicitarte el año y después a las personas más especiales. O los que escribes con cierto temor a no ser respondidos, en un intento por sellar la paz y acortar distancia con quien tienes un conflicto que perdura en el tiempo. Cada 1 de enero es el mejor día para hacer un nuevo amago por llevar a buen puerto los asuntos pendientes. Aunque luego te manden a la mierda, pero por ti no será.

Tal vez releyendo los contactos del teléfono nos resuenen nombres que teníamos perdidos u olvidados. Y que de repente, nos remuevan por dentro. Al fin y al cabo, es el único día del año en el que dedicamos un segundo de nuestra existencia a acordarnos de todo el mundo, aunque sea con una agenda por delante. Quizás así, sin esperarlo, podamos recuperar cosas del pasado que ya dábamos por perdidas. Quién sabe.

Me seduce intentarlo.

FELIZ 2014.