miércoles, 26 de marzo de 2014

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL LENGUAJE NO VERBAL

Deberían bastarme tus miradas y, sin embargo, me faltan las palabras. Las que no sirven ni ofrecen garantía de algo porque se las lleva el viento, las que caen al vacío y se pierden entre silencios que no demuestran nada. Necesito leer tus ojos, traducir tus besos y descifrar cada uno de tus abrazos para saber mucho más de lo que unas simples letras pueden expresar. Esa guerra continua entre la perfección de tu lenguaje no verbal y la carencia de tu lenguaje verbal.

Tú callas y me haces callar, porque si digo algo y tú no dices nada, mi voz quiere desaparecer o volver atrás para no volver a pronunciar alguna imprudencia de las nuestras, algo que ni por asomo hable de sentimientos. Porque ni tú ni yo queremos saber nada del amor, aunque se nos vaya la vida en ello. Y me callo mucho más de lo que te enseño para que no te asustes, lo justo para que leas que te cuido sin invadirte, te miro sin agobiarte y te espero sin desesperarme.

Dicen que el lenguaje no verbal expresa más del 80% de la información que transmitimos al receptor. Y yo me empeño en buscarte detrás de las pocas palabras que te animas a revelarme. Parece que olvidara todas las cosas que me cuentas cuando te quedas mirándome en silencio más minutos que segundos. Y eso que es inexplicable describir, también con palabras, lo que creo que sientes y me haces sentir. Vuelo y me pierdo en ti y contigo, suspiro porque percibo tu esencia que no engaña y me apuro al besarte por si se acabara el tiempo entre tus brazos.

Sigues robando mi tranquilidad cuando te dejo arropada cada noche y por la mañana te vas sin avisar. Te resistes a desayunar conmigo y tal vez apareces, rezagada, a tomarte un café rápido y sin liarte demasiado, por si acaso no puedes detener el impulso de quedarte. Queremos quedarnos y, sin embargo, salimos corriendo en direcciones opuestas cada vez que nos acercamos, cuando saltan las alarmas y nos recordamos que algo se está moviendo por dentro. Yo acelero más y tú pisas más el freno. Entonces es cuando te escapas y ahí te dejo libre, respirando, suspendida en un aire confuso que se va tornando más claro y seguro, y es entonces cuando decides volver. Hasta que llegue otra mañana en que te marches sin avisar.

Y entonces qué hago yo sin tus palabras, cómo grabar a fuego cada una de tus miradas para recordarlas cuando tenga miedo y me haga pequeña. Cómo sentir tu boca en la distancia y tus manos en mi cara si tú no estás. Cómo olerte, saborearte, recorrerte y no parar de desearte si mi café se queda frío esperándote. Cómo sentir que estás aquí conmigo, sin estarlo. 

viernes, 14 de marzo de 2014

CÓMO TE ECHO DE MENOS

Se hace el silencio. Abrupto. Limpio. Honesto. Doloroso. No estoy de acuerdo, pero es tu decisión y la respeto. Necesitas tiempo. Para recomponerte y entregarte. Para salir a flote y volcarte. Para protegerte y curarte. Para saber algo más que nada.

Te echo jodidamente de menos. A pesar de que ese muro al que nos sometes se alza por segundos. No trato de treparlo, aguardo tras él todo lo mansa que sé ser, a veces en pie y otras con las rodillas clavadas en el suelo mirando hacia arriba por si asomaras la cabeza.

Yo también guardo el silencio que me has pedido. No te sigo ni pregunto por ti. No te escribo, no me empeño en saber de ti. Vigilo el móvil de reojo y con disimulo, más callado que nunca. Miro tu foto y sonrío, y suspiro, y me escueces, y te vuelvo a echar jodidamente de menos. No estás y, sin embargo, no te has movido del mismo sitio, pero no me dejas llegar a ti.

Tampoco quiero dejarme ver y que hablen mis silencios. Simplemente, confío en tu llegada cuando menos me lo espere. Y que me des esa sorpresa que tenías guardada para mí con la misma emoción que transmites al abrazarnos. Y que te plantes cualquier tarde en mi puerta.

Tus ruinas nos lo ponen difícil. Tienes miedo a llorar cuando ni siquiera terminas de secarte las lágrimas, miedo a soñar cuando aún no despiertas de tu pesadilla, miedo a hacerme daño con tus flechas y escudos, miedo a vagar entre nieblas cuando aún no encuentras la salida a tu laberinto, miedo a sufrir cuando todavía estas sufriendo.

Cómo cuidarte sin que me huelas, cómo guardarte los besos sin que me sientas, cómo estar a tu lado en alma. Y te espero con la misma paciencia que impaciencia y tan vacía como llena mientras hilas los retazos de tu vida y reconstruyes cada pequeño trozo de un corazón que apenas respira.

Vuelve pronto, no te imaginas cómo y cuánto te echo de menos, niña.

sábado, 8 de marzo de 2014

CAL Y ARENA

Los encuentros se alargan entre silencios y miradas que dicen todo. Resulta que piensas como yo, que te doy una de cal y otra de arena. Me has copiado mi resumen sobre ti. Tal vez tus emociones sean muy parecidas a las mías, pero tú, fiel a tus barreras, las callas mientras yo les pongo voz. Echo de menos tus devoluciones, ese gesto de complicidad que afirma que vamos a la par y mantenemos el mismo ritmo. Pero a veces callas tanto que me vuelvo loca pensando si todas las sensaciones que recorren mi cuerpo y mi cabeza son las mismas que sientes y padeces tú.

Después de cada noche en tus brazos sin despertar en ellos, me levanto con una especie de resaca emocional que acentúa la ausencia de tus señales de humo. No desapareces, pero apenas dejas unas cuantas migajas de pan que me hacen seguirte desorientada. Y me desordeno otra vez cuando intento acceder a tu pensamiento, que no dice nada. Me desordeno porque acostumbras, sospecho que de forma inconsciente, a salir corriendo un rato para luego volver al punto donde nos habíamos quedado. Intuyo tu necesidad de respirar lejos de mí para amueblar pausadamente toda esta montaña de emociones que revives cada vez que nos acercamos y nos miramos a los ojos.

Lo cierto es que, en determinados momentos, me comen las dudas aunque después consiga apaciguarlas. Y te dejo de sentir tan rápido como te vuelvo a sentir. Y cuando me callo por prudente, eres tú la imprudente que hace que me deje llevar otra vez al compás que van marcando nuestros miedos y nuestras ganas. Y al final siempre nos encontramos en cada beso y todo fluye, y sobra todo.

Para paliar estas dudas momentáneas, echo mano de todos esos instantes en los que me pides que te abrace y que no deje de abrazarte, de esa tranquilidad que siento cuando te quedas dormida encima de mí como un bebé que no entiende de dolor, de tus besos interminables, de tus cálidas caricias, de esa mirada que me parte en dos y de tus palabras cuando te atreves a expresar lo que sientes. Y lo haces con cautela porque tu alma herida no te permite más. Y trato de comprenderte, respetarte y apoyarte.

Cuando me notes perdida, recuérdame que tu corazón está hecho trizas, que apenas tienes nada que ofrecerme porque te dejaron exhausta y vacía. Recuérdame que estás hecha de escudos y capas, que sacas la espada porque tienes miedo a que te hieran más, que lloras por dentro aunque rías por fuera, y que tu cama y tu alma están en ruinas. Recuérdame que te disfrazas de coraza para protegerte, que eres inaccesible por obligación, fría porque temes calentarte y dura para poder respirar. Que das un paso adelante y dos atrás porque no te hace bien complicarte, porque hay demasiado que curar y no menos que romper y enterrar. Recuérdame que tu implicación es mínima no porque no quieres sino porque no puedes, porque no sabes nada. No sabes dónde estás ni hacia donde ir. Apenas piensas, sólo vives, disfrutas e improvisas y, cuando nadie te ve, luchas contra tus fantasmas.

Háblame y recuérdame todas estas cosas cuando me veas flaquear. Porque será casi la única forma de no dejar de estar a tu lado.


sábado, 1 de marzo de 2014

CLICK

Contaba con el dolor de cabeza de la resaca, pero no con esta especie de extraño vacío que me está provocando tu ausencia en estas horas muertas en las que procuro no saber de ti. En todo este tiempo, he sabido torear con cierto atino el vendaval de emociones que me suben y me bajan cada dos por tres de las nubes al subsuelo y viceversa. Pero hoy, la cabeza me ha hecho un click que me está volviendo loca de inquietud. Temo empezar a perder las riendas, temo que me gustes más y me disgustes menos. Temo mirarte y no volver a ver ese brillo en tus ojos que dicen más de lo que quiero escuchar por si las emociones se convierten en sentimientos. Casi estaba convencida de que si alguien se iba a complicar la existencia no sería yo aunque fuera injusto, y eso me hacía estar tranquila. En cuestión de horas pienso todo lo contrario y me da pánico pensar que seré yo la que en algún momento empiece a necesitarte, incluso a no ser correspondida. Casi tenía claro que esto explotaría algún día, que nos cansaríamos de tanto dolor innecesario y que terminaríamos eligiendo caminos opuestos por una cuestión de supervivencia. Tú eres más práctica, más lista y más racional que yo. Y por primera vez me siento vulnerable y apta para sufrir más de lo que jamás hubiera imaginado. He jugado con el morbo y con un montón de emociones, algunas divertidas y otras más oscuras; lo cierto es que llega un momento en el que dejas de controlar el juego porque entiendes que algo tan pequeño y sin importancia ha pasado a transformarse, de repente, en algo más grande y sincero. Y es ahí cuando la cagas de verdad.

Lo que iba a ser un encuentro sin más entre dos personas que sólo pueden entenderse cara a cara, terminó convirtiéndose en una nube de doce horas sin parar llena de agradables sorpresas. Tal vez lo menos asombroso fue ese último momento en el que ya no podíamos con nuestros cuerpos, repletos de alcohol y rotos de cansancio. Fue lo menos reseñable. El resto fue magia pura, esas largas miradas de deseo y complicidad, los abrazos en la fría noche, los interminables besos, tú sobre mí y yo, tímida, escondiéndome de ti. Nos contamos un montón de cosas y nos regalamos confidencias y experiencias. La cerveza también tuvo su encanto, aunque luego desencantara el final.

Y yo me pregunto, ¿cómo se hace para que alguien que empieza a gustarte te deje de gustar? ¿En qué momento hay que frenar para evitar sufrir? ¿Por qué si antes pensaba que tenía todo bajo control ahora creo que se me ha ido de las manos? Quiero parar, quiero olvidar, quiero fingir que no ha pasado nada, que todo está bien, que fue emocionante y divertido, pero sin más, sin más pretensión que la de dos personas que se han cruzado un momento y han compartido minutos especiales, pero sin más. Y que aquí me quiero plantar, porque mi paso no es firme sino dudoso, porque necesito protegerme para avanzar y no perderme en alguien que ni siquiera sé si podría perderse en mí. 

Necesito procesar y, sobre todo, respirar.