martes, 13 de mayo de 2014

ESTUPIDECES

Cuando estás en lo más alto, cuando decides saltar el precipicio sin saber lo que te espera abajo, cuando te atreves a guardar los escudos y traspasar los límites que te habías marcado, te invade una sensación de plena libertad superior a cualquier freno que te impida parar lo que ya has empezado.

Pero también acecha el miedo. Porque cuando has roto las barreras se desbordan todas las emociones acumuladas. Y cuando la miras a los ojos ya no sientes lo de ayer, sientes más que ayer. Y te mueres de nervios y de ganas de decirle que se quede a tu lado. Y el corazón te bombea a velocidades inalcanzables y los besos que le das no tienen nada que ver a los que le diste, porque en cada uno de ellos dejas el alma y tu esencia, y un sentimiento que ya no deja de crecer. Y te asustas pero te da igual, te da igual porque estás con ella en ese momento, sin importarte qué pasará un rato después. Sólo vale ese instante y te desvives en él, el resto te sobra, no existe.

Y de repente, ella se aleja y sientes cómo te vas rompiendo por dentro. Sabías que podía pasar, estaba en tus planes, contabas con que ella también podía asustarse y dar un paso atrás, pero siempre se te olvida aprenderte el manual de instrucciones para saber qué hacer ante este tipo de imprevistos, aunque los hayas vivido cien millones de veces. Entonces optas por quedarte quieta, no tienes muy claro si esperándola o tomando impulso para desviarte por otro camino.

Sin hacer ruido, recoges tus palabras y tus recuerdos y sales corriendo donde nadie pueda encontrarte. A ratos te sientes ridícula, otras triste y otras medianamente tranquila porque diste cuanto pudiste y eso nunca puede pesar sino aliviar. Respiras y sueltas lo que hay dentro. Sientes frío y entonces recuerdas que te quedaste completamente desnuda y, apresuradamente, comienzas a vestirte con tus barreras, con tus miedos, con tu intranquilidad, con tus frenos y con tus escudos.

Respiras de nuevo pero ahora te cuesta y duele más. Y vuelves a empezar de cero.

5 comentarios:

Mynorita Cris dijo...

A veces el amor duele pero vale la pena despojarse de los escudos para vivirlo al 100% a pesar del riesgo que uno corre de acabar rasgándose las vestiduras.

Vale la pena dar lo que uno es, sin barreras, y sentir la magia, el palpitar del corazón, las mariposas en el estómago... pues en el peor de los casos, siempre podremos lamernos las heridas y seguir adelante.

Preciosa entrada!

Saludos,

pensamientos del corazon dijo...

yo soy de las q piensa q a la hora de arrepentirse de algo mas vle hacerlo por haberlo intentado q por haberte qedado estancada, es mejor ariesgarse q qedarse con los molestos y si....
salio mal, pero podia haberte salido bien, recoje lo q has aprendido, empieza de cero y a seguir caminando. tu hora llegara, creeme amiga
un abrazo

Anónimo dijo...

Profunda y reflexiva entrada.Incluso los más valientes tienen momentos de flaqueza... Mucho ánimo¡ seguro que encuentras la forma de conseguir lo que quieres.

Anónimo dijo...

Profunda y reflexiva entrada.Incluso los más valientes tienen momentos de flaqueza... Mucho ánimo¡ seguro que encuentras la forma de conseguir lo que quieres.

pseudosocióloga dijo...

¿Y dónde están las estupideces?