martes, 14 de julio de 2015

COSAS QUE ALGUNA VEZ SOÑÉ...

Fui a tu encuentro sin apenas expectativas. Aquella primera discusión nos apagó las ganas pero no la emoción, y supimos tirar de ella para suavizar los ánimos. Recuerdo perfectamente el primer segundo como si lo hubiera vivido hace un momento. Todo lo primero es especial: la primera mirada, la primera cerveza, el primer roce, el primer olor. Y el primer amanecer acompañado del primer beso, tímido, breve, sencillo, sin adornos. ¿Te acuerdas? Casi nos dieron las siete de la tarde del día siguiente porque ninguna de las dos se atrevía a lanzarse.

Después vinieron más cervezas. Y la confianza. Los besos se hacían caricias y terminaban en abrazos interminables. Tu voz al otro lado del teléfono se me hacía tan cálida que empezaba a echarla de menos cuando no estabas. Conociste todos los colores de mis sábanas. Nos mandábamos callar para que no nos echaran de los hoteles mientras las paredes de las habitaciones por las que pasábamos se rendían a nuestra pasión.

Sin saber por qué, o tal vez sí, nos encontramos embarcadas en una aventura. Un viaje a veces atropellado y herido de tanta ola y vaivén. Un camino en el que yo te empujaba con fuerza para delante y tú te resistías a avanzar. Nos quedábamos en alta mar, a veces con la paz por bandera y otras a la deriva luchando por no ahogarnos. "No me salves"- me decías una y otra vez. Y yo no hacía más que tragar agua por intentar salvarte, hasta que llegábamos a tierra, aún muy vivas, pero arrastrando los restos del naufragio y con ellos, los primeros síntomas de cansancio. Nada que no pudiera solucionarse, porque nuestro amor eran tan fuerte, tan de verdad, que la derrota siempre tenía que coger su camino de vuelta.

Siempre estuvieron ahí las dificultades, pero la lucha era infinitiva. Hasta nos dimos un tiempo de espera para ordenar los muebles; infernal al principio, alentador al final. Recuerdo cómo contaba los días para verte y lo feliz que era sin tenerte porque sabía que te tendría. Me inquietaba el silencio, pero me podía la ilusión de una vida contigo. Y así, fui tachando las horas y los minutos, deseando que llegara ese final de diciembre que nos llevó a nuestra casita con chimenea perdida en mitad de la montaña, donde no paramos de olernos, de tocarnos, de besarnos, de reírnos, de sentirnos, de devolvernos la sonrisa y la vida.

Recuerdo nuestros viajes, al norte, al sur, al centro y al infinito. Cogidas de la mano, paseando por las calles, disfrutando paisajes, haciendo fotos preciosas, durmiendo pegadas. ¿Te acuerdas cuando te asfixiaba de lo cogida que te tenía? No nos gustaba separarnos, éramos adictas al contacto físico. En todo aquel tiempo, no pasamos ni una sola noche sin hacernos el amor. Y alargando por la mañana. Nos quedó pendiente aprender a salir de los hoteles a las 12 sin que nos lo recordara un timbrazo de teléfono.

Ni tú ni yo necesitábamos hablar nada para decirnos todo. Nos volvía locas el lenguaje no verbal, nos volvíamos locas entre nosotras. Nos leíamos con una mirada y nos callábamos ante la fuerza de nuestros besos. Los más sinceros que di nunca. Nuestra entrega cogía forma en cada abrazo. Nos divertía cualquier tontería, por mínima que fuera. Disfrutábamos de los pequeños placeres de la vida a golpe de carcajadas. Nos contábamos batallas, hablábamos de cualquier cosa, nos dábamos consejos. Nos completábamos y encajábamos a la perfección como las piezas de un puzzle bien acabado. Saltábamos vallas sin cesar, a veces agotadas, pero siempre terminábamos encontrándonos en la meta. Si caíamos, nos levantábamos con más fuerza. Si me echabas de tu espacio me agarraba al clavo más ardiente mientras me sentaba a esperar paciente, pues tenía claro que sólo quería respirar de ti y que, más tarde o más temprano, nuestras miradas nos reinventarían, y harían el resto.

No puedo dejar de recordar los abrazos que nos dábamos. Como si la paz realmente existiera. Nos protegíamos de los fantasmas, tú limpiabas mis alas manteniendo intacto el polvo de mariposas y yo cuidaba las tuyas con obsesiva delicadeza para que pudieras volar por aires más sanos hacia otro rumbo. Cuando flaqueábamos siempre nos topábamos con una medio sonrisa nada más vernos que nos hacía olvidarnos de todo lo demás. Nuestro código era implacable. Porque nosotras teníamos nuestro propio mundo, lo nuestro era de otro planeta. El que construimos con tanta paciencia y a trocitos, con tanto mimo que no había fuerza sobrenatural que pudiera destruirlo con el paso del tiempo.

Una de las cosas más fascinantes que recuerdo es lo que aprendíamos juntas. Tú me enseñabas mucho más que yo a ti, que para eso eras la lista (y la guapa). Nos alimentábamos a base de risas y conocimientos, de inquietudes. Teníamos muchas cosas en común. Tus pasatiempos coincidían con los míos, nuestras aficiones preferidas eran frenar enero y hacer música, música que quita el sentido, de la que eriza la piel. ¿Te acuerdas lo que me decías siempre de la piel? 

Hablábamos mucho. Nos gustaba conversar. Nos encantaba confesarnos con dos cervezas de más. Yo, defensora acérrima de la expresión verbal, aprovechaba para tirarte de la lengua y te dejaras caer con cuatro palabras bonitas. "Dime algo"- era una de mis frases favoritas. A veces colaba. Es tan necesario decir, comunicar y expresar lo que sientes a la persona amada...

En ocasiones, sueño que hablas en presente. Que hablas para decirme que me quieres y que te quedas conmigo. Hablas para explicarme las razones por las que deseas que me quede a tu lado y te viva con la intensidad de los recién enamorados. Hablas para contarme que Pablito no sale de tu cabeza y que sólo concibes un futuro conmigo. Alguna vez me he visto ahí, en tu terraza, apurando un cigarro y disfrutando de tus vistas. Con una maletita que entra y sale de tu casa cargada de poca ropa, mucha vida y apenas distancia. Siempre me imaginé corriendo detrás de tu hija, las dos muertas de risa, tú regañándonos y yo maleducándola, burlándonos de ti sin que tú pudieras evitar sonreír después de cagarte en nosotras. O aquellas tres entradas sin usar para el parque de atracciones. Pero a veces se me olvida que esto no es presente. Hoy no, hoy no se me olvida.

Vuelvo atrás y casi te huelo como aquella noche de febrero. ¿Recuerdas? El famoso "hueles bien, tía" fue mi primer ataque a tu piel. Después de aquello, me moría por que me tocaras la cara. Casi puedo llegar a respirarte si pienso en nuestros besos. Casi me calmo si recuerdo tu abrazo. Casi tiemblo si te miro a los ojos desde la oscuridad de los míos. Casi te rozo... pero te me escapaste.

Y si ya no puedo rozarte, yo me pido vida.

viernes, 22 de mayo de 2015

ÉRASE UNA VEZ ESTE MALDITO CUENTO

Entonces llega un momento en el que luchas por inercia porque es lo que has aprendido a hacer últimamente, aunque sepas que ya no tiene sentido. Y sigues al pie del cañón pero con la cabeza baja y la mirada perdida, buscando otros parajes en los que refugiarte. Porque el cañón disparará la última munición con tanta fuerza como desidia. Ya no coges la espada que te hacía invencible sino cualquiera que tengas a mano, el preludio de una derrota anunciada, las ganas rotas, la esperanza incierta. Y esperas tranquilamente a que el monstruo se te abalance y te arranque el corazón, el único que te sostuvo en los momentos más duros, el que te mantuvo en pie mientras caías y te saciaba cuando morías de sed. Ese corazón que te devolvía la cordura en los desvaríos y te curaba las heridas hasta olvidarlas.

Luchas pero tampoco te resistes a perder. Esperas con ansia desplomarte mientras te sigues enamorando. Entiendes que darte cabezazos contra un muro será el revulsivo que te ayude a escapar. Y que las palizas mentales te despertarán de la nube en la que estás. Tienes más ganas de marcharte que de quedarte. Pero exprimes las de quedarte para luego irte bien, segura y sin media duda. Amas hasta el final ya serena, con la conciencia en paz. Aguantas los últimos golpes pero más entera. Deseas que acabe ya, que te empujen al otro lado, allá donde se respira. Donde te podrás cuidar, donde te podrás querer y también hasta te querrán otra vez.

Entonces llega ese momento en que peleas sin fe, que la miras sin ilusión y la besas con dolor. Y presientes, y hasta sientes, que el siguiente abrazo será el último, el siguiente encuentro una despedida, aunque haya más. Que hagas lo que hagas, divino y humano, nada cambiará. Que a medida que sumas días restas dolor en tu vida. Y la vida no es dicotómica, no es todo o nada, 0 o 10, blanco o negro. No es hoy te he visto y mañana no me acuerdo ni hoy te hago el amor y mañana ya nos vamos. Porque los fuegos se apagan muy lentamente, las guerras no se pierden de repente, los olores tardan en olvidarse. Todo es gradual. También lo es dejar de quererte.

Me siento a esperar tan paciente como impaciente.

miércoles, 15 de abril de 2015

SIEMPRE A VECES

Parece que a veces murieras de amor y viera en tus ojos un reflejo de felicidad infinita. Parece que desearas con todas tus fuerzas que el mundo se congelara y que no quisieras que la realidad rozara el instante en el que nos encontramos con la mirada. Las horas vuelan, la gente pasa y la vida no pesa estando juntas. Somos fieles admiradoras de nuestras conversaciones, que nos atrapan y elevan. Somos fans de recorrer las calles cogidas de la mano, de brindarnos en cada cerveza y entregarnos en cada beso nuestro.

Parece que a veces estuvieras enamorada de mí, cuando desatas la garganta y salen palabras que suelen callarse para no comprometerte. También a veces parece que quisieras quedarte a respirar en mis brazos con una tranquilidad pasmosa y sin intención de escapar. Como si por fin hubieras tomando la decisión de quedarte.

Parece que a veces me incluyeras en tu vida con total firmeza. Como si quisieras seguir mis pasos, ni delante ni detrás, a mi lado, y estuvieras dispuesta a embarcarte en una aventura infinita en el tiempo. Como si despertar conmigo te hiciera feliz y al separarnos notaras el vacío de mi ausencia y las ganas locas de volver a sentirnos.

Es tremendamente bonito. 

A veces hemos paseado por los cielos, saltando nubes desde las que hemos divisado océanos enteros y valles en calma. Cuántas veces soñamos despiertas, dormidas y abrazadas, y despertamos en mares de besos y sonrisas que iluminaban nuestra mirada y nos invitaban a hacernos el amor con la pasión y el mimo de una primera vez, con tanto deseo como amor.

Qué bien se está en la estrella más alta del firmamento. Es maravilloso estar a tu lado. A veces.

La parte fea es que sólo ocurre a veces. Y a veces nunca es suficiente para alguien que no entiende de a veces sino de siempres.

Aquí abajo, en cambio, está la realidad. La que nos acecha constantemente y nos aleja. La realidad que va minando las fuerzas para seguir resistiendo a los golpes de la incertidumbre maldita. Aquí sólo fluye el desconsuelo y las heridas tardan cada vez más en cicatrizar. Aquí la vida sí pesa, las ausencias se vuelven insoportables, el aire no corre limpio y las ganas se pierden en cualquier lugar. Aquí no te huelo, no te intuyo, no te puedo respirar y no te puedo abrazar. Las horas también pasan, los días, la vida, y yo siempre me quedo paralizada en el andén, justo antes de subir a mi tren. Pero me vuelvo a quedar en territorio hostil por si volvieras, aunque fuera a veces.

Yo también tengo mis a veces. A veces te suelto sin venir a cuento que te echo de menos, que te quiero. Pero no te das ni cuenta. Precisamente porque no viene a cuento no reparas en que son los te quiero más sentidos, los que nacen cuando intuyo que todo está perdido, los que se pronuncian por si fueran los últimos y ya es absurdo callarlos. Pero tú me sigues hablando del tiempo. Y yo vuelvo a desgarrarme porque no tengo muchas más palabras bonitas guardadas, porque sé que pronto sólo te podré ofrecer silencio sin siquiera nuestra banda sonora sonando de fondo, amada y desterrada.

Soy consciente de todo lo que está pasando y por eso he comenzado mi duelo. Hay gente que se tira una vida para cerrar una historia y por eso no puede abrir ni vivir otra. Yo no voy a esperar a que muramos para echarte en falta o soltar la rabia. Sufro mi duelo, aun estando contigo, para levantarme un día envuelta por fin en tranquilidad sin que tú estés. Me lo he negado una y otra vez, no quise ver, no quise escuchar, no quise saber, me aislé. Me he quedado sin lágrimas de tanto llorarte. He intentado adaptarme a ti, pactar ritmos y necesidades, treguas, tiempos de espera. He perdido las formas de tanta ira y frustración. Me he sentido culpable. He seguido llorando. Pero ahora sé que sólo me queda asumirlo, interiorizarlo. Y aquí estoy parada, en la puerta de la aceptación, de la distancia, lejos del dolor. Sólo tengo que dar un paso y atravesarla sin mirar atrás. Sólo así, de repente un día, sin esperarlo, cuando despierte ya no te echaré de menos, ya no te necesitaré, me habré esfumado de tu vida, y entonces, sólo entonces, puede que te des cuenta de que me has perdido.

Yo sabía que tenía que encontrarte y estar contigo. Sabía que tenía que vivirte al máximo y quererte. Has entrado en mí porque así debía ser. Pero tal vez, como tú a veces me dices, sea tiempo de recogida. Me has vuelto loca de amor, pero también me he vuelto loca de tristeza y frustración. Me sigues demostrando que no quepo en tu vida ni en tus planes. Que no hay sitio para mí en tu casa, en tu rutina, en tu ocio. Cuánto duele sentir que alguien es nuestro centro del universo y que tú para ese alguien no eres más que un espectro que aparece y desaparece porque así se lo mandan. Cuánto duele escuchar que ese alguien te dice por activa y por pasiva que quiere estar contigo y al día siguiente se marcha. Cuántas veces. Tantas que dejas de creerte el cuento. Y aún así sigues cayendo en lo mismo y cayendo en la cuenta de que cada vez eres más mierda por maltratarte así. Y que también eres mierda pinchada en un palo para ese alguien, porque si no, te habría acogido con los brazos abiertos, con heridas e infinidad de temores, pero te habría acogido con decisión y esperanza.

No quiero ser más tu sombra, no quiero andar detrás de ti, no quiero minutos sueltos, no quiero restos ni migajas, no quiero más silencios, más incertidumbre, más impotencia. Quiero un plan contigo, a corto, medio o largo plazo, sin etiquetas, qué más da. Pero no quiero más recesos, más jarros de agua fría, no quiero más hoy sí, mañana no. No quiero irme de viaje contigo y a la vuelta sólo aciertes a contestar con monosílabos. No quiero más a veces. Quiero mi lugar en tu vida, mi hueco, pequeñito aunque sea, juntas lo haríamos haciendo grande. No quiero que vayas a lo tuyo, que me tomes por cualquier cosa menos por tu compañera de equipo. No quiero suplicarte ni un solo más de los te quiero que antes me gritabas y repetías sin cesar. Quiero que compartas tus cosas conmigo, que te abras a mí, que te comuniques conmigo sin miedo porque te apoyo incondicionalmente. No quiero más hermetismo, más ausencias. Quiero amainar el dolor de tus desastres, quiero comprender lo incomprensible y cuidar tus dolores y tus dudas. Creo que aunque nuestras necesidades fueran distintas, nunca te pedí demasiado, siempre bailé a tu son, conformándome con lo que podías darme. Pero, a estas alturas, ya no puedo hacer nada más, todo, absolutamente todo lo que he podido hacer, hecho está. Aunque removiera cielo y tierra, nada cambiaría a menos que quisieras cambiarlo tú.

Por eso me resigno y me voy despidiendo de ti, poco a poco. Volveremos a vernos y a sentirnos, volveremos a exprimirnos. O no. Pero la fuerza del corazón también se agota y entonces no tendré donde sostenerme y ya no habrá más, y los restos de la hoguera se apagarán sin más, y con ellos mis sentimientos.

Y desde aquí abajo, desde la calma podré decirte que no me tomes a mal, corazón, si te abrazo, te beso y me voy.

Tú eres a veces.
Yo soy siempre.
Así nunca seremos.

15 de abril de 2015
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domingo, 5 de abril de 2015

IMPERFECCIONES DEL AMOR

Parece que sólo servimos para enamorarnos de las cosas que nos gustan de la persona que queremos y no estamos hechos para adaptarnos a sus defectos o carencias. Entonces, ¿dónde está el amor? ¿Qué es lo que nos lleva a sentirnos poderosamente atraídos por alguien si no somos capaces de aceptar y convivir con sus imperfecciones? Me da la impresión de que no explotamos suficiente los grandes momentos y, en cambio, intensificamos el azote de los malos. Siempre he creído que la pasión por la vida se construye a base de compensaciones. Que detrás de lo malo hay algo bueno que le sigue, y que sólo hay que ser un poco paciente para alcanzar las mieles del triunfo, las que se consiguen tras superar los obstáculos que pueden interponerse entre dos personas que supuestamente se aman.

A veces, las relaciones no son fáciles aun cuando hay amor. Se dan discrepancias, malos entendidos, discusiones, perspectivas y necesidades diferentes. Hay baches que obligan a darse la media vuelta para respirar un rato. Hay choques frontales que invaden de silencio la inmensidad y la pureza del sentimiento. Inquietud por la incertidumbre y el miedo a perder a la persona amada. Palabras fuera de lugar, mal pronunciadas o sin pronunciar a tiempo. Resquicios de dolor que van encallándose tras un enfrentamiento. También pasa que, en ocasiones, la comunicación no es fluida o no se comparte, se traga. Se traga hasta tener un nudo en la garganta que se desata a través de la ira o el orgullo, porque no se hizo bien en su momento. Aparece el hermetismo, los nervios, la frialdad y los reproches, porque la secuencia no ha seguido su curso natural y la gestión es pésima cuando llega tarde. Y hasta parece tan irrevocable que antes de cambiar de estrategia, prefieres mandarlo todo a la mierda. Como si no hubieras trabajado duro para llegar donde estás, como si nada importara. Prefieres cerrar la puerta porque es el alivio a corto plazo. Y entonces no recuerdas los esfuerzos y cada gota de sudor que derramaste apostando por alguien que tantas veces te hizo feliz.

Pero para qué sirve ser feliz si a continuación te sientes desgraciado. Si siempre habrá algo que enturbie la paz y te arranque de cuajo de un cielo que ha costado la vida elevar y seguir elevando.

Me parece que somos muy poco expertos en relativizar el dolor, y que ni siquiera hacemos el intento de ser aprendices. En concreto, creo que nos hundimos demasiado ante las adversidades que se entrometen en una relación. Que no miramos más allá sino que, muchas veces, nos regodeamos en la amargura que nos genera la persona de la que estamos enamorados. Y de repente se nos olvidan los motivos por los que queremos estar con ella y viajar a los confines del universo. Es como si el mundo se nos cayera encima y la piedra que nos golpea la cabeza nos lapidara hasta dejarnos sin fuerzas para ver la luz y seguir avanzando.

Parece que nos rindiéramos a la primera de cambio en vez de afrontar las dificultades con una inteligencia emocional que nos permitiera mantener el equilibrio aun caminando sobre un finísimo hilo. Parece que nos cerráramos en banda y nos aisláramos de nuestra propia pareja, sintiéndola como extraña y ajena a nosotros.

A veces pasa que pesan las dudas y los miedos más que el propio amor. Y salimos corriendo sin sentido cuando lo que necesitamos realmente es refugiarnos bajo los brazos y la mirada tranquila de quien nos hace sentir la persona más especial de la tierra.

Yo puedo enamorarme de tu inteligencia, de tu conversación o de tu calor. Tú puedes enamorarte de mi sonrisa, de mi sensibilidad o de mi sentido del humor. Pero yo no puedo enamorarme de esa frialdad que desprendes a veces. Y tú no puedes enamorarte de mi forma de expresar el dolor. Y aquí empiezan los problemas. Porque, por más que nos queramos, si no somos capaces de aceptarnos completamente, con lo bueno y lo malo, si sólo nos vamos a enamorar de las cosas que nos llenan y no de las que nos roban la energía, no podremos funcionar. Porque cuando nos enamoramos debemos enamorarnos de la persona entera, de los pies a la cabeza, de sus cualidades y manías, de sus formas, de sus mierdas y de sus grandezas. Y si llegan los choques y las incompatibilidades, habrá que sentarse, ceder, acercar posturas y acercarse, comunicarse, pactar, llegar a acuerdos, fijar metas, tomar decisiones y ejecutarlas, hacer por mejorar, por adaptarnos mutuamente e integrar en nuestra vida a la persona que hemos elegido tal como es, como un todo, en vez de coger exclusivamente las piezas del puzzle que más nos encajan.

Por eso, cuando después de pasar unos días mágicos con la persona con la que quiero estar, se produce un silencio abrupto como consecuencia de una discusión que tiene la fuerza como para echar por tierra todo el camino andado y me hace sentirla como una completa extraña, me surgen todas estas dudas. ¿Lo malo siempre gana a lo bueno? ¿Por qué a veces no somos capaces de reconducir determinadas situaciones minimizando el dolor y maximizando la pura esencia del sentimiento? ¿Dónde se encuentra el amor cuando sentimos que algo se rompe en nuestro corazón?

Hay días que no entiendo nada. Y hoy es uno de ellos.

lunes, 19 de enero de 2015

TE QUISE COMO SI NO ME FUERAS A ROMPER EL CORAZÓN

Lo odio.
Odio tu fantasma.

El que te impide ser y estar, el que no te deja ver, vivir ni sentir.
El que te agarra del cuello y no te deja escapar para que reconstruyas tu camino.
El que te recuerda a cada tanto que sigue ahí, que no se irá, del que no podrás desprenderte.
El que te suplica con tanto egoísmo, reteniéndote, removiéndote, frenándote.
El que te condena a estar encadenada a tu pasado, robándote el presente.
El que daña y te hiere sin cesar. El que te revuelve las tripas y te hace mirar atrás.
El que te mira con desprecio, te chantajea, te llora y te sonríe.
Ese fantasma que nos separa constantemente, que nos asfixia las fuerzas para volver a volver. Que va minando la magia, que va destrozando el amor, que va quebrando las almas y esparciendo los restos por la galaxia entera para que no podamos volver a unirlos. Ni a unirnos.
El fantasma que estrangula sueños y planes, que los ahoga sin piedad, sin un ápice de brisa ni mar que respirar.
El que parte en un millón de pedazos las ilusiones y los proyectos.
El que nunca se marcha ni puedes esquivar. El que aparece de la nada apoderándose de todo.
El que tiñe de gris nuestros mejores días, el que arrasa con los mejores recuerdos, descuartizándolos.
El fantasma que desgarra canciones y desbarata futuras melodías dejándolas a la mitad. El que destripa cada acorde de la música de nuestra vida.
El que te hace desaparecer, correr, huir, escaparte de mis brazos, desertar de esta misión, rendirte a los pies de nadie. Abandonarme.

El fantasma que te separa de mí.
El que te jode la vida.

Lo odio.
Odio tu fantasma.

El que no me deja escuchar nuestra banda sonora sin que haya lágrimas.
El que me hiela el corazón cada vez que me dices que no puedes más.
El que me hace gritar y brotarme, el que me enfada y me sume en un letargo infernal.
El que juega con mi salud y mi felicidad.
El que me consume la energía y me apedrea, e impone distancia infinita.
El que hace que desee despertarme una mañana habiéndote olvidado.
El fantasma que me empuja a la indiferencia y a desviarme de la meta. El que juega a borrarte de mi mente, a echarte de mi vida. El que me arrastra hasta un final. Porque yo tampoco puedo más.
El que me obliga a marcharme a mí también, porque ya no sueño, ya no suspiro, ya no confío, ya no espero, ya no quiero sentir más.
Ese puto fantasma que hace que odie el amor. Que me invade de dudas y me hace renegar de tus sentimientos, que ya son mentira.
El que te hace cómplice de romperme el corazón.

El fantasma que me separa de ti.
El que me jode la vida.

Lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas.
Pero es lo único que odio de ti.
Prefiero que me odies tú a que me quieras sin tenerte.

Voy a dejarlo morir, sin más.