viernes, 22 de mayo de 2015

ÉRASE UNA VEZ ESTE MALDITO CUENTO

Entonces llega un momento en el que luchas por inercia porque es lo que has aprendido a hacer últimamente, aunque sepas que ya no tiene sentido. Y sigues al pie del cañón pero con la cabeza baja y la mirada perdida, buscando otros parajes en los que refugiarte. Porque el cañón disparará la última munición con tanta fuerza como desidia. Ya no coges la espada que te hacía invencible sino cualquiera que tengas a mano, el preludio de una derrota anunciada, las ganas rotas, la esperanza incierta. Y esperas tranquilamente a que el monstruo se te abalance y te arranque el corazón, el único que te sostuvo en los momentos más duros, el que te mantuvo en pie mientras caías y te saciaba cuando morías de sed. Ese corazón que te devolvía la cordura en los desvaríos y te curaba las heridas hasta olvidarlas.

Luchas pero tampoco te resistes a perder. Esperas con ansia desplomarte mientras te sigues enamorando. Entiendes que darte cabezazos contra un muro será el revulsivo que te ayude a escapar. Y que las palizas mentales te despertarán de la nube en la que estás. Tienes más ganas de marcharte que de quedarte. Pero exprimes las de quedarte para luego irte bien, segura y sin media duda. Amas hasta el final ya serena, con la conciencia en paz. Aguantas los últimos golpes pero más entera. Deseas que acabe ya, que te empujen al otro lado, allá donde se respira. Donde te podrás cuidar, donde te podrás querer y también hasta te querrán otra vez.

Entonces llega ese momento en que peleas sin fe, que la miras sin ilusión y la besas con dolor. Y presientes, y hasta sientes, que el siguiente abrazo será el último, el siguiente encuentro una despedida, aunque haya más. Que hagas lo que hagas, divino y humano, nada cambiará. Que a medida que sumas días restas dolor en tu vida. Y la vida no es dicotómica, no es todo o nada, 0 o 10, blanco o negro. No es hoy te he visto y mañana no me acuerdo ni hoy te hago el amor y mañana ya nos vamos. Porque los fuegos se apagan muy lentamente, las guerras no se pierden de repente, los olores tardan en olvidarse. Todo es gradual. También lo es dejar de quererte.

Me siento a esperar tan paciente como impaciente.